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Title: El Señor y los demás son Cuentos
Author: Alas, Leopoldo
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Señor y los demás son Cuentos" ***

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Bowitts (Carolina), María C. Fenández Q. and the Online
                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando esta
obra fue publicada por primera vez, en 1919, eran diferentes a las
existentes cuando se realizó la transcripción.

Por ejemplo vió, fué, dió en esa época llevaban acento ortográfico,
mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortográfico,
como "reír" y "oír", cuando la obra fue publicada no llevaban acento
ortográfico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha
sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes
en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de
Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido
corregidos.

La cubierta del libro en la versión HTML fue creada por el Transcriptor
y ha sido puesta en el dominio público.

El Índice de capítulos ha sido trasladado al principio de la obra a
continuación del prólogo.

                   *       *       *       *       *

                          COLECCIÓN UNIVERSAL


                        Leopoldo Alas (Clarín)

                    EL SEÑOR Y LO DEMÁS SON CUENTOS


                                MCMXIX


                                                 ES PROPIEDAD
                                          Copyright by Leopoldo Alas
                                               Argüelles. 1919.


       Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA.


                          COLECCIÓN UNIVERSAL

                             LEOPOLDO ALAS
                               (CLARÍN)



                               El Señor
                        y lo demás son cuentos

                            [Illustration]

                           MADRID-BARCELONA
                                MCMXIX


          «Tipográfica Renovación» (C. A.), Larra, 8.--MADRID



_Uno de los nombres más admirados--y temidos--de nuestra literatura
contemporánea ha sido el de Leopoldo Alas, que hizo famoso el seudónimo
de_ Clarín. _Fué profesor de Derecho, escribió tratados de Filosofía
del Derecho, artículos de crítica, cuentos, novelas, y en todo cuanto
hizo, en sus escritos, en sus clases, en sus conversaciones, dejó
la huella de un alto espíritu de sinceridad moral, de un ingenio
agudísimo, de una honda sensibilidad, de un dominio absoluto del arte
literario._

_Nació en 1852 en Zamora, siendo su padre gobernador civil de aquella
provincia. La familia, asturiana de origen, regresó pronto a la
tierra cantábrica, cuando_ Clarín _contaba aún pocos meses de edad.
En Asturias se crió_ Clarín; _allí estudió y terminó la carrera de
Derecho. Aficionado a la literatura desde niño, pasó a Madrid a
estudiar Filosofía y Letras, por los años del reinado de D. Amadeo. En
la corte, no sólo se entregó a sus estudios, sino que se dedicó también
al cultivo de la crítica en los periódicos satíricos más conocidos
entonces. Comenzó a firmar sus trabajos con el seudónimo de_ Clarín
_en_ El Solfeo.

_En 1881 obtuvo, por oposición, la cátedra de Economía política de la
Universidad de Zaragoza. Poco tiempo después consiguió trasladarse a
Oviedo, ciudad en que vivió hasta su muerte. Explicó Derecho romano y
Derecho natural. Desde la capital asturiana prosiguió su labor crítica
y literaria, escribiendo los maravillosos cuentos que reedita ahora la_
"Colección Universal"; _sus novelas_ La regenta, Su único hijo, _los
artículos de crítica, en fin, amontonando esa tan copiosa como valiosa
producción, cuyos caracteres, originales y profundos, aguardan aún un
estudio detenido que determine la aportación de_ Clarín _al patrimonio
de nuestra cultura_.

_Fué su personalidad complejísima. No cabe analizarla en esta breve
reseña. Crítico severo, implacable, derribó muchas reputaciones
ficticias y alentó juveniles méritos. Cuentista incomparable, supo
apresar en la brevedad de unas páginas la emoción tierna o fuerte.
Novelista, ha dejado en_ La Regenta _una de nuestras mejores obras
modernas. Por último fué maestro, un maestro tan sugestivo como
apasionado, que derramaba en los espíritus jóvenes, con la sal de su
ingenio, la fecunda lluvia de su ciencia y la ternura de su corazón.
Los que han tenido la fortuna de ser discípulos de_ Clarín _guardan de
él un recuerdo imborrable_.



                                ÍNDICE


                                                            PÁG.

        El Señor                                             7

        ¡Adiós, Cordera!                                    34

        Cambio de luz                                       49

        El Centauro                                         70

        Rivales                                             77

        Protesto                                            96

        La yernocracia                                     108

        Un viejo verde                                     116

        Cuento futuro                                      127

        Un Jornalero                                       165

        Benedictino                                        178

        La Ronca                                           196

        La rosa de oro                                     210



                               EL SEÑOR

                                   I

No tenía más consuelo temporal la viuda del capitán Jiménez que la
hermosura de alma y de cuerpo que resplandecía en su hijo. No podía
lucirlo en paseos y romerías, teatros y tertulias, porque respetaba
ella sus tocas; su tristeza la inclinaba a la iglesia y a la soledad,
y sus pocos recursos la impedían, con tanta fuerza como su deber,
malgastar en galas, aunque fueran del niño. Pero no importaba: en la
calle, al entrar en la iglesia, y aun dentro, la hermosura de Juan
de Dios, de tez sonrosada, cabellera rubia, ojos claros, llenos de
precocidad amorosa, húmedos, ideales, encantaba a cuantos le veían.
Hasta el señor Obispo, varón austero que andaba por el templo como
temblando de santo miedo a Dios, más de una vez se detuvo al pasar
junto al niño, cuya cabeza dorada brillaba sobre el humilde trajecillo
negro como un vaso sagrado entre los paños de enlutado altar; y sin
poder resistir la tentación, el buen místico, que tantas vencía, se
inclinaba a besar la frente de aquella dulce imagen de los ángeles,
que cual un genio familiar frecuentaba el templo.

Los muchos besos que le daban los fieles al entrar y al salir de la
iglesia, transeúntes de todas clases en la calle, no le consumían ni
marchitaban las rosas de la frente y de las mejillas; sacábanles como
un nuevo esplendor, y Juan, humilde hasta el fondo del alma, con la
gratitud al general cariño, se enardecía en sus instintos de amor a
todos, y se dejaba acariciar y admirar como una santa reliquia que
empezara a tener conciencia.

Su sonrisa, al agradecer, centuplicaba su belleza, y sus ojos acababan
de ser vivo símbolo de la felicidad inocente y piadosa al mirar en los
de su madre la misma inefable dicha. La pobre viuda, que por dignidad
no podía mendigar el pan del cuerpo, recogía con noble ansia aquella
cotidiana limosna de admiración y agasajo para el alma de su hijo, que
entre estas flores, y otras que el jardín de la piedad le ofrecía en
casa, iba creciendo lozana, sin mancha, purísima, lejos de todo mal
contacto, como si fuera materia sacramental de un culto que consistiese
en cuidar una azucena.

Con el hábito de levantar la cabeza a cada paso para dejarse acariciar
la barba, y ayudar, empinándose, a las personas mayores que se
inclinaban a besarle, Juan había adquirido la costumbre de caminar con
la frente erguida; pero la humildad de los ojos quitaba a tal gesto
cualquier asomo de expresión orgullosa.


                                  II

Cual una abeja sale al campo a hacer acopio de dulzuras para sus
mieles, Juan recogía en la calle, en estas muestras generales de lo
que él creía universal cariño, cosecha de buenas intenciones, de ánimo
piadoso y dulce, para el secreto labrar de místicas puerilidades, a
que se consagraba en su casa, bien lejos de toda idea vana, de toda
presunción por su hermosura; ajeno de sí propio, como no fuera en el
sentir los goces inefables que a su imaginación de santo y a su corazón
de ángel ofrecía su único juguete de niño pobre, más hecho de fantasías
y de combinaciones ingeniosas que de oro y oropeles. Su juguete único
era su altar, que era su orgullo.

O yo observo mal, o los niños de ahora no suelen tener altares.
Compadezco principalmente a los que hayan de ser poetas.

El altar de Juan, _su fiesta_, como se llamaba en el pueblo en que
vivía, era el poema místico de su niñez, poema hecho, si no de piedra,
como una catedral, de madera, plomo, talco, y sobre todo, luces de
cera. Teníalo en un extremo de su propia alcoba, y en cuanto podía,
en cuanto le dejaban a solas, libre, cerraba los postigos de la
ventana, cerraba la puerta, y se quedaba en las tinieblas amables,
que iba así como taladrando con estrellitas, que eran los puntos de
luz amarillenta, suave, de las velas de su santuario, delgadas como
juncos, que pronto consumía, cual débiles cuerpos virginales que
derrite un amor, el fuego. Hincado de rodillas delante de su altar,
sentado sobre los talones, Juan, artista y místico a la vez, amaba
su obra, el tabernáculo minúsculo con todos sus santos de plomo, sus
resplandores de talco, sus misterios de muselina y crespón, restos de
antiguas glorias de su madre cuando brillaba en el mundo, digna esposa
de un bizarro militar; y amaba a Dios, el Padre de sus padres, del
mundo entero, y en este amor de su misticismo infantil también adoraba,
sin saberlo, su propia obra, las imágenes de inenarrable inocencia,
frescas, lozanas, de la religiosidad naciente, confiada, feliz,
soñadora. El universo para Juan venía a ser como un gran nido que
notaba en infinitos espacios; las criaturas piaban entre las blandas
plumas pidiendo a Dios lo que querían, y Dios, con alas, iba y venía
por los cielos, trayendo a sus hijos el sustento, el calor, el cariño,
la alegría.

Horas y más horas consagraba Juan a su altar, y hasta el tiempo
destinado a sus estudios le servía para su _fiesta_, como todos los
regalos y obsequios en metálico, que de vez en cuando recibía, los
aprovechaba para la _corbona_ o el gazofilacio de su iglesia. De sus
estudios de catecismo, de las fábulas, de la historia sagrada y aun de
la profana, sacaba partido, aunque no tanto como de su imaginación,
para los sermones que se predicaba a sí mismo en la soledad de su
alcoba, hecha templo, figurándose ante una multitud de pecadores
cristianos. Era su púlpito un antiguo sillón, mueble tradicional en
la familia; que había sido como un regazo para algunos abuelos caducos
y último lecho del padre de Juan. El niño se ponía de rodillas sobre
el asiento, apoyaba las manos en el respaldo, y desde allí predicaba
al silencio y a las luces que chisporroteaban, lleno de unción,
arrebatado a veces por una elocuencia interior que en la expresión
material se traducía en frases incoherentes, en gritos de entusiasmo,
algo parecido a la _glosolalia_ de las primitivas iglesias. A veces,
fatigado de tanto sentir, de tanto perorar, de tanto imaginar, Juan de
Dios apoyaba la cabeza sobre las manos, haciendo almohada del antepecho
de su púlpito; y, con lágrimas en los ojos, se quedaba como en éxtasis,
vencido por la elocuencia de sus propios pensares, enamorado de aquel
mundo de pecadores, de ovejas descarriadas que él se figuraba delante
de su cátedra apostólica, y a las que no sabía cómo persuadir para que,
cual él, se derritiesen en caridad, en fe, en esperanza, habiendo en el
cielo y en la tierra tantas razones para amar infinitamente, ser bueno,
creer y esperar. De esta precocidad sentimental y mística apenas sabía
nadie; de aquel llanto de entusiasmo piadoso, que tantas veces fué
rocío de la dulce infancia de Juan, nadie supo en el mundo jamás: ni su
madre.


                                  III

Pero sí de sus consecuencias; porque, como los ríos van a la mar, toda
aquella piedad corrió naturalmente a la Iglesia. La pasión mística del
niño hermoso de alma y cuerpo fué convirtiéndose en cosa seria; todos
la respetaron; su madre cifró en ella, más que su orgullo, su dicha
futura; y sin obstáculo alguno, sin dudas propias ni vacilaciones de
nadie, Juan de Dios entró en la carrera eclesiástica; del altar de su
alcoba pasó al servicio del altar de veras, del altar _grande_ con que
tantas veces había soñado.

Su vida en el seminario fué una guirnalda de triunfos de la virtud,
que él apreciaba en lo que valían, y de triunfos académicos que,
con mal fingido disimulo, despreciaba. Sí; fingía estimar aquellas
coronas que hasta en las cosas santas se tejen para la vanidad; y
fingía por no herir el amor propio de sus maestros y de sus émulos.
Pero, en realidad, su corazón era ciego, sordo y mudo para tal casta
de placeres; para él, ser más que otros, valer más que otros, era
una apariencia, una diabólica invención; nadie valía más que nadie;
toda dignidad exterior, todo grado, todo premio eran fuegos fatuos,
inútiles, sin sentido. Emular glorias era tan vano, tan soso, tan
inútil como discutir; la fe defendida con argumentos le parecía
semejante a la fe defendida con la cimitarra o con el fusil. Atravesó
por la filosofía escolástica y por la teología dogmática sin la sombra
de una duda; supo mucho, pero a él todo aquello no le servía para
nada. Había pedido a Dios, allá cuando niño, que la fe se la diera de
granito, como una fortaleza que tuviese por cimientos las entrañas de
la tierra, y Dios se lo había prometido con voces interiores, y Dios no
faltaba a su palabra.

A pesar de su carrera brillante, excepcional, Juan de Dios, con humilde
entereza, hizo comprender a su madre y a sus maestros y padrinos que
con él no había que contar para convertirle en una _lumbrera_, para
hacerle famoso y elevarle a las altas dignidades de la Iglesia. Nada
de púlpito; bastante se había predicado a sí mismo desde el sillón de
sus abuelos. La altura de la _cátedra_ era como un despeñadero sobre
una sima de tentación: el orgullo, la vanidad, la falsa ciencia estaban
allí, con la boca abierta, monstruos terribles, en las obscuridades
del abismo. No condenaba a nadie; respetaba la vocación de obispos y
de Crisóstomos que tenían otros, pero él no quería ni medrar ni subir
al púlpito. No quiso pasar de coadjutor de San Pedro, su parroquia.
"¡Predicar! ¡ah! sí--pensaba.--Pero no a los creyentes. Predicar...
allá... muy lejos, a los infieles, a los salvajes; no a las Hijas de
María que pueden enseñarme a mí a creer y que me contestan con suspiros
de piedad y cánticos cristianos: predicar ante una multitud que me
contesta con flechas, con tiros, que me cuelga de un árbol, que me
descuartiza."

La madre, los padrinos, los maestros, que habían visto claramente
cuán natural era que el niño de aquella _fiesta_, de aquel altar,
fuera sacerdote, no veían la última consecuencia, también muy natural,
necesaria, de semejante vocación, de semejante vida... el martirio:
la sangre vertida por la fe de Cristo. Sí, ése era su destino, ésa su
elocuencia viril. El niño había predicado, jugando, con la boca; ahora
el hombre debía predicar, de una manera más seria, por las bocas de
cien heridas...

Había que abandonar la patria, dejar a la madre; le esperaban las
misiones de Asia; ¿cómo no lo habían visto tan claramente como él su
madre, sus amigos?

La viuda, ya anciana, que se había resignado a que su Juan no fuera
_más que santo_, no fuera una columna muy visible de la Iglesia, ni un
gran sacerdote, al llegar este nuevo desengaño, se resistió con todas
sus fuerzas de madre.

"¡El martirio no! ¡La ausencia no! ¡Dejarla sola, imposible!"

La lucha fué terrible; tanto más, cuanto que era lucha sin odios, sin
ira, de amor contra amor: no había gritos, no había malas voluntades;
pero sangraban las almas.

Juan de Dios siguió adelante con sus preparativos; fué procurándose la
situación propia del que puede entrar en el servicio de esas avanzadas
de la fe, que tienen casi seguro el martirio... Pero al llegar el
momento de la separación, al arrancarle las entrañas a la madre viva...
Juan sintió el primer estremecimiento de la religiosidad humana, fué
caritativo con la sangre propia, y no pudo menos de ceder, de sucumbir,
como él se dijo.


                                  IV

Renunció a las misiones de Oriente, al martirio probable, a la poesía
de sus ensueños, y se redujo a buscar las grandezas de la vida buena
ahondando en el alma, prescindiendo del espacio. _Por fuera_ ya no
sería nunca nada más que el coadjutor de San Pedro. Pero en adelante
le faltaba un resorte moral a su vida interna; faltaba el imán que
le atraía; sentía la nostalgia enervante de un porvenir desvanecido.
"No siendo un mártir de la fe, ¿qué era él? Nada." Supo lo que era
melancolía, desequilibrio del alma, por la primera vez. Su estado
espiritual era muy parecido al del amante verdadero que padece el
desengaño de un único amor. Le rodeaba una especie de vacío que le
espantaba; en aquella nada que veía en el porvenir cabían todos los
misterios peligrosos que el miedo podía imaginar.

Puesto que no le dejaban ser mártir, verter la sangre, tenía terror al
enemigo que llevaría dentro de sí, a lo que querría hacer la sangre que
aprisionaba dentro de su cuerpo. ¿En qué emplear tanta vida? "Yo no
puedo ser, pensaba, un ángel sin alas; las virtudes que yo podría tener
necesitaban espacio; otros horizontes, otro ambiente: no sé portarme
como los demás sacerdotes, mis compañeros. Ellos valen más que yo, pues
saben ser buenos en una jaula."

Como una expansión, como un ejercicio, buscó en la clase de trabajo
profesional que más se parecía a su vocación abandonada una especie
de consuelo: se dedicó principalmente a visitar enfermos de dudosa
fe, a evitar que las almas se despidieran del mundo sin apoyar la
frente el que moría en el hombro de Jesús, como San Juan en la
sublime noche eucarística. Por dificultades materiales, por incuria
de los fieles, a veces por escaso celo de los clérigos, ello era que
muchos morían sin todos los Sacramentos. Infelices heterodoxos de
superficial incredulidad, en el fondo cristianos; cristianos tibios,
buenos creyentes descuidados, pasaban a otra vida sin los consuelos
del _oleum infirmorum_, sin el aceite santo de la Iglesia..., y como
Juan creía firmemente en la espiritual eficacia de los Sacramentos, su
caridad fervorosa se empleaba en suplir faltas ajenas, multiplicándose
en el servicio del Viático, vigilando a los enfermos de peligro y a
los moribundos. Corría a las aldeas próximas, adonde alcanzaba la
parroquia de San Pedro; aun iba más lejos, a procurar que se avivara
el celo de otros sacerdotes en misión tan delicada e importante. Para
muchos esta especialidad del celo religioso de Juan de Dios no ofrecía
el aspecto de grande obra caritativa; para él no había mejor modo de
reemplazar aquella otra gran empresa a que había renunciado por amor a
su madre. Dar limosna, consolar al triste, aconsejar bien, todo eso lo
hacía él con entusiasmo...; pero lo principal era lo otro. Llevar _el
Señor_ a quien lo necesitaba. Conducir las almas hasta la puerta de la
salvación, darles para la noche obscura del viaje eterno la antorcha
de la fe, el Guía Divino... ¡el mismo Dios! ¿Qué mayor caridad que ésta?


                                   V

Mas no bastaba. Juan presentía que su corazón y su pensamiento
buscaban vida más fuerte, más llena, más poética, más ideal. Las
lejanas aventuras apostólicas con una catástrofe santa por desenlace
le hubieran satisfecho; la conciencia se lo decía: aquella poesía
bastaba. Pero esto de acá no. Su cuerpo robusto, de hierro, que parecía
predestinado a las fatigas de los largos viajes, a la lucha con los
climas enemigos, le daba gritos extraños con mil punzadas en los
sentidos. Comenzó a observar lo que nunca había notado antes, que sus
compañeros luchaban con las tentaciones de la carne. Una especie de
remordimiento y de humildad mal entendida le llevó a la aprensión de
empeñarse en sentir en sí mismo aquellas tentaciones que veía en otros
a quien debía reputar más perfectos que él. Tales aprensiones fueron
como una sugestión, y por fin sintió la carne y triunfó de ella, como
los más de sus compañeros, por los mismos sabios remedios dictados por
una santa y tradicional experiencia. Pero sus propios triunfos le daban
tristeza, le humillaban. Él hubiera querido vencer sin luchar; no saber
en la vida de semejante guerra. Al pisotear a los sentidos rebeldes, al
encadenarlos con crueldad refinada, les guardaba rencor inextinguible
por la traición que le hacían; la venganza del castigo no le apagaba
la ira contra la carne. "Allá lejos--pensaba--no hubiera habido esto;
mi cuerpo y mi alma hubieran sido una armonía."


                                  VI

Así vivía, cuando una tarde, paseando, ya cerca del obscurecer, por la
plaza, muy concurrida de San Pedro, sintió el choque de una mirada que
parecía ocupar todo el espacio con una infinita dulzura. Por sitios
de las entrañas que él jamás había sentido, se le paseó un escalofrío
sublime, como si fuera precursor de una muerte de delicias: o todo iba
a desvanecerse en un suspiro de placer universal, o el mundo iba a
transformarse en un paraíso de ternuras inefables. Se detuvo; se llevó
las manos a la garganta y al pecho. La misma conciencia, una muy honda,
que le había dicho que _allá lejos_ se habría satisfecho brindando
con la propia sangre al amor divino, ahora le decía, no más clara: "O
aquello o esto." Otra voz, más profunda, menos clara, añadió: "Todo es
uno." Pero "no"--gritó el alma del buen sacerdote--: "Son dos cosas;
ésta más fuerte, aquélla más santa. Aquélla para mí, ésta para otros."
Y la voz de antes, la más honda, replicó: "No se sabe."

La mirada había desaparecido. Juan de Dios se repuso un tanto y siguió
conversando con sus amigos, mientras de repente le asaltaba un recuerdo
mezclado con la reminiscencia de una sensación lejana. Olió, _con la
imaginación_, a agua de colonia, y vió sus manos blancas y pulidas
extendiéndose sobre un grupo de fieles para que se las besaran. Él era
un misacantano, y entre los que le besaban las manos perfumadas, las
puntas de los dedos, estaba un niña rubia, de abundante cabellera de
seda rizada en ondas, de ojos negros, pálida, de expresión de inocente
picardía mezclada con gesto de melancólico y como vergonzante pudor.
Aquéllos eran los que acababan de mirarle. La niña era ya una joven
esbelta, no muy alta, delgada, de una elegancia como enfermiza, como
una diosa de la fiebre. El amor por aquella mujer tenía que ir mezclado
con dulcísima caridad. Se la debía querer también para cuidarla. Tenía
un novio que no sabía de estas cosas. Era un joven muy rico, muy
fatuo, mimado por la fortuna y por sus padres. Tenía la mejor jaca de
la ciudad, el mejor tílburi, la mejor ropa; quería tener la novia más
bonita. Los diez y seis años de aquella niña fueron como una salida
del sol, en que se fijó todo el mundo, que deslumbró a todos. De los
diez y seis a los diez y ocho la enfermedad que de años atrás ayudaba
tanto a la hermosura de la rubia, que tanto había sufrido, desapareció
para dejar paso a la juventud. Durante estos dos años, Rosario, así
se llamaba, hubiera sido en absoluto feliz... si su novio hubiese
sido otro; pero el de la mejor jaca, el del mejor coche la quiso por
vanidad, para que le tuvieran envidia; y aunque para entrar en su
casa (de una viuda pobre también, como la madre de Juan, también de
costumbres cristianas) tuvo que prometer seriedad, y muy pronto se vió
obligado a prometer próxima y segura coyunda, lo hizo aturdido, con
la vaga conciencia de que no faltaría quien le ayudara a faltar a su
palabra. Fueron sus padres, que querían algo mejor (más dinero) para su
hijo.

El pollo se fué a viajar, al principio de mala gana; volvió y al
emprender el segundo viaje ya iba contento. Y así siguieron aquellas
relaciones, con grandes intermitencias de viajes, cada vez más largos.
Rosario estaba enamorada, padecía... pero tenía que perdonar. Su madre,
la viuda, disimulaba también, porque si el caprichoso galán dejaba a su
hija el desengaño podía hacerla mucho mal; la enfermedad, acaso oculta,
podía reaparecer, tal vez incurable. A los diez y ocho años Rosario era
la rubia más espiritual, más hermosa de su pueblo; sus ojos negros,
grandes y apasionados dolorosamente, los más bellos, los más poéticos
ojos...; pero ya no era el sol que salía. Estaba acaso más interesante
que nunca, pero al vulgo ya no se lo parecía. "Se seca"--decían
brutalmente los muchachos que la habían admirado, y pasaban ahora de
tarde en tarde por la solitaria plazoleta en que Rosario vivía.


                                  VII

Entonces fué cuando Juan de Dios tropezó con su mirada en la plaza de
San Pedro. La historia de aquella joven llegó a sus oídos, a poco que
quiso escuchar, por boca de los mismos amigos suyos, sacerdotes y todo.
Estaba el novio ausente; era la quinta o sexta ausencia, la más larga.
La enfermedad volvía. Rosario luchaba; salía con su madre porque no
dijeran; pero la rendía el mal, y pasaba temporadas de ocho y quince
días en el lecho.

Las tristezas de la niñez enfermiza volvían, más ahora con la nueva
amargura del amor burlado, escarnecido. Sí, escarnecido; ella lo
iba comprendiendo; su madre también, pero se engañaban mutuamente.
Fingían creer en la palabra y en el amor del que no volvía. Las cartas
del ricacho escaseaban, y como era él poco escritor, dejaban ver la
frialdad, la distracción con que _se redactaban_. Cada carta era una
alegría al llegar, un dolor al leerla. Todo el bien que las recetas y
los consejos higiénicos del médico podían causar en aquel organismo
débil, que se consumía entre ardores y melancolías, quedaba deshecho
cada pocos días por uno de aquellos infames papeles.

Y ni la madre ni la hija procuraban un rompimiento que aconsejaba la
dignidad, porque cada una a su modo, temían una catástrofe. Había, lo
decía el doctor, que evitar una emoción fuerte. Era menos malo dejarse
matar poco a poco.

La dignidad se defendía a fuerza de engañar al público, a los
maliciosos que acechaban.

Rosario, cuando la salud lo consentía, trabajaba junto a su balcón,
con rostro risueño, desdeñando las miradas de algunos adoradores que
pasaban por allí; pero no el trato del mundo como en los mejores días
de sus amores y de su dicha. A veces la verdad podía más que ella y se
quedaba triste y sus miradas pedían socorro para el alma...

Todo esto, y más, acabó por notarlo Juan de Dios, que para ir a muchas
partes pasaba desde entonces por la plazoleta en que vivía Rosario. Era
una rinconada cerca de la iglesia de un convento que tenía una torre
esbelta, que en las noches de luna, en las de cielo estrellado y en las
de vaga niebla, se destacaba romántica, tiñendo de poesía mística todo
lo que tenía a su sombra, y sobre todo el rincón de casas humildes que
tenía al pie como a su amparo.


                                 VIII

Juan de Dios no dió nombre a lo que sentía, ni aun al llegar a verlo en
forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el egoísmo
invencible del placer, no hizo más que gozar de su estado. Nada pedía,
nada deseaba; sólo veía que ya había para qué vivir, sin morir en Asia.

Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvió a encontrarse
con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balcón,
Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensación
dulcísima, y aplicó groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En
cuanto la palabra interior pronunció tales nombres, la conciencia se
puso a dar terribles gritos, y también dictó sentencia con palabras
terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aquéllos. "Amor
sacrílego, tentación de la carne." "¡De la carne!" Y Juan estaba
seguro de no haber deseado jamás ni un beso de aquella criatura: nada
de aquella _carne_, que más le enamoraba cuanto más se desvanecía.
"¡Sofisma, sofisma!", gritaba el moralista oficial, el teólogo...
y Juan se horrorizaba a sí mismo. No había más remedio. Había que
confesarlo. ¡Esto era peor!

Si la plasticidad tosca, grosera, injusta con que se representaba a
sí propio su sentir era ya cosa tan diferente de la verdad inefable,
_incalificable_ de su pasión, o lo que fuera, ¿cuánto más impropio,
injusto, grosero, desacertado, incongruente había de ser el juicio que
_otros_ pudieran formar al _oirle_ confesar lo que sentía, pero sin
_oirle_ sentir? Juan, confusamente, comprendía estas dificultades:
que iba a ser injusto consigo mismo, que iba a alarmar excesivamente
al padre espiritual... ¡No cabía explicarle la cosa bien! Buscó un
compañero discreto, de experiencia. El compañero no le comprendió. Vió
el pecado mayor, por lo mismo que era _romántico_, _platónico_. "Era
que el diablo se disfrazaba bien; pero allí andaba el diablo."

Al oir de labios ajenos aquellas imposturas que antes se decía él a
sí mismo, Juan sintió voces interiores que salían a la defensa de
su idealidad herida, profanada. Ni la clase de penitencia que se le
imponía, ni los consejos de higiene moral que le daban, tenían nada
que ver con su _nueva vida_: era otra cosa. Cambió de confesor y
no cambió de sentencia ni de pronósticos. Más irritada cada vez la
conciencia de la justicia en él, se revolvía contra aquella torpeza
para entenderla. Y, sin darse cuenta de lo que hacía, cambió el rumbo
de su confesión; presentaba el caso con nuevo aspecto, y los nuevos
confesores llegaron a convencerse de que se trataba de una tontería
sentimental, de una ociosidad pseudomística, de una cosa tan insulsa
como inocente.

Llegó día en que al abordar este capítulo el confesor le mandaba pasar
a otra materia, sin oirle aquellos _platonismos_. Hubo más. Lo mismo
Juan que sus sagrados confidentes, llegaron a notar que aquel ensueño
difuso, inexplicable, coincidía, si no era causa, con una disposición
más refinada en la moralidad del penitente: si antes Juan no caía en
las tentaciones groseras de la carne, las sentía a lo menos; ahora,
no... jamás. Su alma estaba más pura de esta mancha que en los mejores
tiempos de su esperanza de martirio en Oriente. Hubo un confesor, tal
vez indiscreto, que se detuvo a considerar el caso, aunque se guardó de
convertir la observación en receta. Al fin, Juan acabó por callar en el
confesonario todo lo referente a esta situación de su alma; y pues él
sólo en rigor podía comprender lo que le pasaba, porque lo sentía, él
solo vino a ser juez y espía y director de sí mismo en tal aventura.
Pasó tiempo, y ya nadie supo de la tentación, si lo era, en que Juan
de Dios vivía. Llegó a abandonarse a su adoración como a una delicia
lícita, edificante.

De tarde en tarde, por casualidad siempre, pensaba él, los ojos de la
niña enferma, asomada a su balcón de la rinconada, se encontraban con
la mirada furtiva, de relámpago, del joven místico, mirada en que había
la misma expresión tierna, amorosa de los ojos del niño que algún día
todos acariciaban en la calle, en el templo.

Sin remordimiento ya, saboreaba Juan aquella dicha sin porvenir, sin
esperanza y sin deseos de mayor contento. No pedía más, no quería más,
no podía haber más.

No ambicionaba correspondencia que sería absurda, que le repugnaría
a él mismo, y que rebajaría a sus ojos la pureza de aquella mujer a
quien adoraba idealmente como si ya estuviera allá en el cielo, en
lo inasequible. Con amarla, con saborear aquellos rápidos choques
de miradas tenía bastante para ver el mundo iluminado de una luz
purísima, bañándose en una armonía celeste llena de sentido, de
vigor, de promesas ultraterrenas. Todos sus deberes los cumplía con
más ahinco, con más ansia; era un refresco espiritual sublime, de una
virtud mágica, aquella adoración muda, inocente adoración que no era
idolátrica, que no era un fetichismo, porque Juan sabía supeditarla al
orden universal, al amor divino. Sí; amaba y veneraba las cosas por su
orden y jerarquía, sólo que al llegar a la niña de la rinconada de las
Recoletas, el amor que se debía a todo se impregnaba de una dulzura
infinita que transcendía a los demás amores, al de Dios inclusive.

Para mayor prueba de la pureza de su idealidad, tenía el dolor que le
acompañaba. ¡Ah, sí! Padecía ella, bien lo observaba Juan, y padecía
él. Era, en lo profano (¡qué palabra!--pensaba Juan), como el amor a la
Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En rigor, todo el amor cristiano
era así: amor doloroso, amor de luto, amor de lágrimas.


                                  IX

"Bien lo veía él; Rosario iba marchitándose. Luchaba en vano, fingía
en vano." Juan la compadecía tanto como la amaba. ¡Cuántas noches, al
mismo tiempo, estarían ella y él pidiendo a Dios lo mismo: que volviera
aquel hombre por quien se moría Rosario!--"Sí, se decía Juan, que
vuelva; yo no sé lo que será para mí verle junto a ella, pero de todo
corazón le pido a Dios que vuelva. ¿Por qué no? Yo no aspiro a nada;
yo no puedo tener celos; yo no quiero su cuerpo, ni aun de su alma más
que lo que ella da sin querer en cada mirada que por azar llega a la
mía. Mi cariño sería infame si no fuera así."--Juan no maldecía sus
manteos; no encontraba una cadena en su estado; no, cada vez era mejor
sacerdote, estaba más contento de su destino. Mucho menos envidiaba
al clero protestante. Un discípulo de Jesús casado... ¡Ca! Imposible.
Absurdo. El protestantismo acabaría por comprender que el matrimonio
de los clérigos es una torpeza, una fealdad, una falsedad que
desnaturaliza y empequeñece la idea cristiana y la misión eclesiástica.
Nada; todo estaba bien. Él no pedía nada para sí; todo para ella.

Rosario debía estar muy sola en su dolor. No tenía amigas. Su madre no
hablaba con ella de la pena en que pensaban siempre las dos. El mundo,
la _gente_, no compadecía, espiaba con frialdad maliciosa. Algunas
voces de lástima humillante con que los vecinos apuntaban la idea de
que Rosario se quedaba sin novio, enferma y pobre, más valía, según
Juan, que no llegasen a oídos de la joven.

Sólo él compartía su dolor, sólo él sufría tanto como ella misma. Pero
la ley era que esto no lo supiera ella nunca. El mundo era así. Juan no
se sublevaba, pero le dolía mucho.

Días y más días contemplaba los postigos del balcón de Rosario,
entornados. El corazón se le subía a la garganta: "era que guardaba
cama; la debilidad la había vencido hasta el punto de postrarla."
Solía durar semanas aquella tristeza de los postigos entornados;
entornados, sin duda, para que la claridad del día no hiciese daño a
la enferma. Detrás de los vidrios de otro balcón, Juan divisaba a la
madre de Rosario, a la viuda enlutada, que cosía por las dos, triste,
meditabunda, sin levantar cabeza. ¡Qué solas estaban! No podían
adivinar que él, un transeúnte, las acompañaba en su tristeza, en su
soledad, desde lejos... Hasta sería una ofensa para todos que lo
supieran.

Por la noche, cuando nadie podía sorprenderle, Juan pasaba dos, tres,
más veces por la rinconada; la torre poética, misteriosa, o sumida
en la niebla, o destacándose en el cielo como con un limbo de luz
estelar, le ofrecía en su silencio místico un discreto confidente; no
diría nada del misterioso amor que presenciaba ella, canción de piedra
elevada por la fe de las muertas generaciones al culto de otro amor
misterioso. En la casa humilde todo era recogimiento, silencio. Tal vez
por un resquicio salía del balcón una raya de luz. Juan, sin saberlo,
se embelesaba contemplando aquella claridad. "Si duerme ella, yo velo.
Si vela... ¿quién le diría que un hombre, al fin soy un hombre, piensa
en su dolor y en su belleza espiritual, de ángel, aquí, tan cerca... y
tan lejos; desde la calle... y desde lo imposible? No lo sabrá jamás,
jamás. Esto es absoluto: jamás. ¿Sabe que vivo? ¿Se ha fijado en mí?
¿Puede sospechar lo que siento? ¿Adivinó ella esta compañía de su
dolor?" Aquí empezaba el pecado. No, no había que pensar en esto. Le
parecía, no sólo sacrílega, sino ridícula, la idea de ser querido... a
lo menos así, como las mujeres solían querer a los hombres. No, entre
ellos no había nada común más que la pena de ella, que él había hecho
suya.


                                   X

Una tarde de julio un acólito de San Pedro buscó a Juan de Dios, en su
paseo solitario por las alamedas, para decirle que corría prisa volver
a la iglesia para administrar el Viático. Era la escena de todos los
días. Juan, según su costumbre, poco conforme con la general, pero sí
con las amonestaciones de la Iglesia, llevaba, además de la Eucaristía,
los Santos Óleos. El acólito que tocaba la campanilla delante del
triste cortejo, guiaba. Juan no había preguntado _para quién era_; se
dejaba llevar. Notó que el farol lo había cogido un caballero y que los
cirios se habían repartido en abundancia entre muchos jóvenes conocidos
de buen porte. Salieron a la plaza y las dos filas de luces rojizas que
el bochorno de la tarde tenía como dormidas, se quebraron, paralelas,
torciendo por una calle estrecha. Juan sintió una aprensión dolorosa;
no podía ya preguntar a nadie, porque caminaba solo, aislado, por medio
del arroyo, con las manos unidas para sostener las Sagradas Formas.
Llegaron a la plazuela de las Descalzas, y las luces, tras el triste
lamento de la esquila, guiándose como un rebaño de espíritus, místico
y fúnebre, subieron calle arriba por la de Cereros. En los Cuatro
Cantones, Juan vió una esperanza: si la campanilla seguía de frente,
bajando por la calle de Platerías, bueno; si tiraba a la derecha,
también; pero si tomaba la izquierda... Tomó por la izquierda, y por la
izquierda doblaban los cirios desapareciendo.

Juan sintió que la aprensión se le convertía en terrible
presentimiento, en congoja fría, en temblor invencible. Apretaba
convulso su sagrada carga para no dejarla caer; los pies se le
enredaban en la ropa talar. El crepúsculo en aquella estrechez, entre
casas altas, sombrías, pobres, parecía ya la noche. Al fin de la calle,
larga, angosta, estaba la plazuela de las Recoletas. Al llegar a ella
miró Juan a la torre como preguntándole, como pidiéndole amparo...
Las luces tristes descendían hacia la rinconada, y las dos filas se
detuvieron a la puerta a que nunca había osado llegar Juan de Dios en
sus noches de vigilia amorosa y sin pecado. La comitiva no se movía;
era él, Juan, el sacerdote, el que tenía que seguir andando. Todos le
miraban, todos le esperaban. Llevaba a Dios.

Por eso, porque llevaban en sus manos _el Señor_, la salud del alma,
pudo seguir, aunque despacio, esperando a que un pie estuviera bien
firme sobre el suelo para mover el otro. No era él quien llevaba el
Señor, era el Señor quien le llevaba a él: iba agarrado al sacro
depósito que la Iglesia le confiaba como a una mano que del cielo le
tendieran. "¡Caer, no!" pensaba. Hubo un instante en que su dolor
desapareció para dejar sitio al cuidado absorbente de no caer.

Llegó al portal, inundado de luz. Subió la escalera, que jamás había
visto. Entró en una salita pobre, blanqueada, baja de techo. Un
altarcico improvisado estaba enfrente, iluminado por cuatro cirios.
Le hicieron torcer a la derecha, levantaron una cortina; y en una
alcoba pequeña, humilde, pero limpia, fresca, santuario de casta
virginidad, en un lecho de hierro pintado, bajo una colcha de flores
de color de rosa, vió la cabeza rubia que jamás se había atrevido a
mirar a su gusto, y entre aquel esplendor de oro vió los ojos que le
habían transformado el mundo mirándole sin querer. Ahora le miraban
fijos, a él, sólo a él. Le esperaban, le deseaban; porque llevaba el
bien verdadero, el que no es barro, el que no es viento, el que no es
mentira. ¡Divino Sacramento! pensó Juan que, a través de su dolor, vió
como en un cuadro, en su cerebro, la última Cena y al apóstol de su
nombre, al dulce San Juan, al bien amado, que desfalleciendo de amor
apoyaba la cabeza en el hombro del Maestro que les repartía en un poco
de pan su cuerpo.

El sacerdote y la enferma se hablaron por la vez primera en la vida.
De las manos de Juan recibió Rosario la Sagrada Hostia, mientras a los
pies del lecho, la madre, de rodillas, sollozaba.

Después de comulgar, la niña sonrió al que le había traído aquel
consuelo. Procuró hablar, y con voz muy dulce y muy honda dijo que le
conocía, que recordaba haberle besado las manos el día de su primera
misa, siendo ella muy pequeña; y después, que le había visto pasar
muchas veces por la plazuela.

--"Debe usted de vivir por ahí cerca..."

Juan de Dios contemplaba tranquilo, sin vergüenza, sin remordimiento,
aquellos pálidos, aquellos pobres músculos muertos, aniquilados.
"He aquí _la carne_ que yo adoraba, que yo adoro", pensó sin miedo,
contento de sí mismo en medio del dolor de aquella muerte. Y se acordó
de las velas como juncos que tan pronto se consumían ardiendo en su
altar de niño.

Rosario misma pidió la Extremaunción. La madre dijo que era lo
convenido entre ellas. Era malo esperar demasiado. En aquella casa
no asustaban como síntomas de muerte estos santos cuidados de
la religión solícita. Juan de Dios comprendió que se trataba de
cristianas verdaderas, y se puso a administrar el último sacramento sin
preparativos contra la aprensión y el miedo; nada tenía que ver aquello
con la muerte, sino con la vida eterna. La presencia de Dios unía en un
vínculo puro, sin nombre, aquellas almas buenas. Este tocado último, el
supremo, lo hizo Rosario sonriente, aunque ya no pudo hablar más que
con los ojos. Juan la ayudó en él con toda la pureza espiritual de su
dignidad, sagrada en tal oficio. Todo lo meramente humano estaba allí
como en suspenso.

Pero hubo que separarse. Juan de Dios salió de la alcoba, atravesó la
sala, llegó a la escalera... y pudo bajarla porque llevaba _el Señor_
en sus manos. A cada escalón temía desplomarse. Haciendo eses llegó
al portal. El corazón se le rompía. La transfiguración de allá arriba
había desaparecido. Lo humano, puro también a su modo, volvía a
borbotones.

"¡No volvería a ver aquellos ojos!" Al primer paso que dió en la
calle, Juan se tambaleó, perdió la vista y vino a tierra. Cayó sobre
las losas de la acera. Le levantaron; recobró el sentido. El _oleum
infirmorum_ corría lentamente sobre la piedra bruñida. Juan, aterrado,
pidió algodones, pidió fuego; se tendió de bruces, empapó el algodón,
quemó el líquido vertido, enjugó la piedra lo mejor que pudo. Mientras
se afanaba, el rostro contra la tierra, secando la losa, sus lágrimas
corrían y caían, mezclándose con el óleo derramado. Cesó el terror. En
medio de su tristeza infinita se sintió tranquilo, sin culpa. Y una voz
honda, muy honda, mientras él trabajaba para evitar toda profanación,
frotando la piedra manchada de aceite, le decía en las entrañas:

"¿No querías el martirio por amor Mío? Ahí le tienes. ¿Qué importa en
Asia o aquí mismo? El dolor y Yo estamos en todas partes."



                           ¡ADIÓS, CORDERA!


¡Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pinín y la _Cordera_.

El _prao_ Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde
tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus
ángulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a
Gijón. Un palo del telégrafo, plantado allí como pendón de conquista,
con sus _jícaras_ blancas y sus alambres paralelos, a derecha e
izquierda, representaba para Rosa y Pinín el ancho mundo desconocido,
misterioso, temible, eternamente ignorado. Pinín, después de pensarlo
mucho, cuando a fuerza de ver días y días el poste tranquilo,
inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea
y parecerse todo lo posible a un árbol seco, fué atreviéndose con él,
llevó la confianza al extremo de abrazarse al leño y trepar hasta cerca
de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que
le recordaba las _jícaras_ que había visto en la rectoral de Puao. Al
verse tan cerca del misterio sagrado, le acometía un pánico de respeto,
y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el césped.

Rosa, menos audaz, pero más enamorada de lo desconocido, se contentaba
con arrimar el oído al palo del telégrafo, y minutos, y hasta cuartos
de hora, pasaba escuchando los formidables rumores metálicos que el
viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre.
Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapasón, que,
aplicado al oído, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para
Rosa los _papeles_ que pasaban, las _cartas_ que se escribían por los
_hilos_, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo
ignorado; ella no tenía curiosidad por entender lo que los de allá,
tan lejos, decían a los del otro extremo del mundo. ¿Qué le importaba?
Su interés estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su
misterio.

La _Cordera_, mucho más formal que sus compañeros, verdad es que,
relativamente, de edad también mucho más madura, se abstenía de toda
comunicación con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del
telégrafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta,
inútil, que no le servía siquiera para rascarse. Era una vaca que
había vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos,
sabía aprovechar el tiempo, meditaba más que comía, gozaba del placer
de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como
quien alimenta el alma, que también tienen los brutos; y si no fuera
profanación, podría decirse que los pensamientos de la vaca matrona,
llena de experiencia, debían de parecerse todo lo posible a las más
sosegadas y doctrinales odas de Horacio.

Asistía a los juegos de los pastorcicos encargados de _llindarla_,
como una abuela. Si pudiera, se sonreiría al pensar que Rosa y Pinín
tenían por misión en el prado cuidar de que ella, la _Cordera_, no se
extralimitase, no se metiese por la vía del ferrocarril ni saltara a la
heredad vecina. ¡Qué había de saltar! ¡Qué se había de meter!

Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada día menos, pero con
atención, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad
necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, después, sentarse
sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el
deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella tenía
que hacer, y todo lo demás aventuras peligrosas. Ya no recordaba cuándo
le había picado la mosca.

"El _xatu_ (el toro), los saltos locos por las praderas adelante...
¡todo eso estaba tan lejos!"

Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la
inauguración del ferrocarril. La primera vez que la _Cordera_ vió pasar
el tren, se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte,
corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose,
más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera
vecina. Poco a poco se fué acostumbrando al estrépito inofensivo.
Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una
catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en
pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo;
más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y
desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.

En Pinín y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones más
agradables y persistentes. Si al principio era una alegría loca, algo
mezclada de miedo supersticioso, una excitación nerviosa, que les
hacía prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, después
fué un recreo pacífico, suave, renovado varias veces al día. Tardó
mucho en gastarse aquella emoción de contemplar la marcha vertiginosa,
acompañada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro
de sí tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extrañas.

Pero telégrafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente
pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el _prao_
Somonte. Desde allí no se veía vivienda humana; allí no llegaban
ruidos del mundo más que al pasar el tren. Mañanas sin fin, bajo los
rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y
los niños esperaban la proximidad del mediodía para volver a casa. Y
luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado,
hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la
altura. Rodaban las nubes allá arriba, caían las sombras de los árboles
y de las peñas en la loma y en la cañada, se acostaban los pájaros,
empezaban a brillar algunas estrellas en lo más obscuro del cielo
azul, y Pinín y Rosa, los niños gemelos, los hijos de Antón de Chinta,
teñida el alma de la dulce serenidad soñadora de la solemne y seria
Naturaleza, callaban horas y horas, después de sus juegos, nunca muy
estrepitosos, sentados cerca de la _Cordera_, que acompañaba el augusto
silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.

En este silencio, en esta calma inactiva, había amores. Se amaban
los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la
misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto,
de cuanto los separaba; amaban Pinín y Rosa a la _Cordera_, la vaca
abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parecía una cuna. La _Cordera_
recordaría a un poeta la _zavala_ del Ramayana, la vaca santa; tenía
en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados
y nobles movimientos, aires y contornos de ídolo destronado, caído,
contento con su suerte, más satisfecha con ser vaca verdadera que dios
falso. La _Cordera_, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede
decirse que también quería a los gemelos encargados de apacentarla.

Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en
sus juegos ella les servía de almohada, de escondite, de montura, y
para otras cosas que ideaba la fantasía de los pastores, demostraba
tácitamente el afecto del animal pacífico y pensativo.

En tiempos difíciles, Pinín y Rosa habían hecho por la _Cordera_ los
imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Antón de Chinta había
tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva.
Años atrás, la _Cordera_ tenía que salir _a la gramática_, esto es, a
apacentarse como podía, a la buena ventura de los caminos y callejas
de las rapadas y escasas praderías del común, que tanto tenían de vía
pública como de pastos. Pinín y Rosa, en tales días de penuria, la
guiaban a los mejores altozanos, a los parajes más tranquilos y menos
esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que están expuestas
las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un
camino.

En los días de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el
narvaso para _estrar_ el lecho caliente de la vaca faltaba también,
a Rosa y a Pinín debía la _Cordera_ mil industrias que la hacían más
suave la miseria. ¡Y qué decir de los tiempos heroicos del parto y la
cría, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo
de la _nación_, y el interés de los Chintos, que consistía en robar a
las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente
indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pinín, en tal
conflicto, siempre estaban de parte de la _Cordera_, y en cuanto había
ocasión, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco,
a testaradas contra todo, corría a buscar el amparo de la madre, que le
albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y solícita,
diciendo, a su manera:

--Dejad a los niños y a los recentales que vengan a mí.

Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.

Añádase a todo que la _Cordera_ tenía la mejor pasta de vaca sufrida
del mundo. Cuando se veía emparejada bajo el yugo con cualquier
compañera, fiel a la gamella, sabía someter su voluntad a la ajena, y
horas y horas se la veía con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en
incómoda postura, velando en pie mientras la pareja dormía en tierra.

                   *       *       *       *       *

Antón de Chinta comprendió que había nacido para pobre cuando palpó la
imposibilidad de cumplir aquel sueño dorado suyo de tener un _corral_
propio con dos yuntas por lo menos. Llegó, gracias a mil ahorros, que
eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, llegó a la primera
vaca, la _Cordera_, y no pasó de ahí; antes de poder comprar la
segunda se vió obligado, para pagar atrasos al _amo_, el dueño de la
_casería_ que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de
sus entrañas, la _Cordera_, el amor de sus hijos. Chinta había muerto a
los dos años de tener la _Cordera_ en casa. El establo y la cama del
matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas
de castaño y de cañas de maíz. La Chinta, musa de la economía en aquel
hogar miserable, había muerto mirando a la vaca por un boquete del
destrozado tabique de ramaje, señalándola como salvación de la familia.

"Cuidadla, es vuestro sustento", parecían decir los ojos de la pobre
moribunda, que murió extenuada de hambre y de trabajo.

El amor de los gemelos se había concentrado en la _Cordera_; el regazo,
que tiene su cariño especial, que el padre no puede reemplazar, estaba
al calor de la vaca, en el establo, y allá, en el Somonte.

Todo esto lo comprendía Antón a su manera, confusamente. De la venta
necesaria no había que decir palabra a los _neños_. Un sábado de julio,
al ser de día, de mal humor Antón, echó a andar hacia Gijón, llevando
la _Cordera_ por delante, sin más atavío que el collar de esquila.
Pinín y Rosa dormían. Otros días había que despertarlos a azotes.
El padre los dejó tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la
_Cordera_. "Sin duda, _mío pá_ la había llevado al _xatu_." No cabía
otra conjetura. Pinín y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana;
creían ellos que no deseaba más hijos, pues todos acababa por perderlos
pronto, sin saber cómo ni cuándo.

Al obscurecer, Antón y la _Cordera_ entraban por la _corrada_ mohinos,
cansados y cubiertos de polvo. El padre no dió explicaciones, pero los
hijos adivinaron el peligro.

No había vendido, porque nadie había querido llegar al precio que a él
se le había puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cariño.
Pedía mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llevársela.
Los que se habían acercado a intentar fortuna se habían alejado
pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y
desafío al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que él se
abroquelaba. Hasta el último momento del mercado estuvo Antón de Chinta
en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. "No se dirá, pensaba, que
yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la _Cordera_ en lo que
vale." Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo,
volvió a emprender el camino por la carretera de Candás adelante, entre
la confusión y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los
aldeanos de muchas parroquias del contorno conducían con mayor o menor
trabajo, según eran de antiguo las relaciones entre dueños y bestias.

En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todavía estuvo expuesto el
de Chinta a quedarse sin la _Cordera_; un vecino de Carrió que le había
rondado todo el día ofreciéndole pocos duros menos de los que pedía, le
dió el último ataque, algo borracho.

El de Carrió subía, subía, luchando entre la codicia y el capricho
de llevar la vaca. Antón, como una roca. Llegaron a tener las manos
enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso...
Por fin, la codicia pudo más; el pico de los cincuenta los separó
como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tiró por su lado;
Antón, por una calleja que, entre madreselvas que aún no florecían y
zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.

                   *       *       *       *       *

Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no
sosegaron. A media semana se _personó_ el mayordomo en el _corral_ de
Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel
con los _caseros_ atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso
lívido ante las amenazas de desahucio.

El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una
merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.

El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño
miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos
del mercado. La _Cordera_ fué comprada en su justo precio por un
rematante de Castilla. Se la hizo una señal en la piel y volvió a su
establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila.
Detrás caminaban Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como
puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la _Cordera_,
que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.

"¡Se iba la vieja!"--pensaba con el alma destrozada Antón el huraño.

"Ella ser, era una bestia, ¡pero sus hijos no tenían otra madre ni otra
abuela!"

Aquellos días en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era
fúnebre. La _Cordera_, que ignoraba su suerte, descansaba y pacía como
siempre, _sub specie æternitatis_, como descansaría y comería un minuto
antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pinín
yacían desolados, tendidos sobre la hierba, inútil en adelante. Miraban
con rencor los trenes que pasaban, los alambres del telégrafo. Era
aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el
que les llevaba su _Cordera_.

El viernes, al obscurecer, fué la despedida. Vino un encargado del
rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y
el comisionado, y se sacó a la _quintana_ la _Cordera_, Antón había
apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo
le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las
excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de
Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tantos y tantos _xarros_
de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué,
si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros
bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva,
trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos,
pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de _cucho_,
recuerdo para ellos sentimental de la _Cordera_ y de los propios
afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto.
En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos:
hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la
excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró
en el _corral_ obscuro.

Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos,
el triste grupo del indiferente comisionado y la _Cordera_, que iba
de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que
separarse. Antón, malhumorado, clamaba desde casa:

--¡Bah, bah, _neños_, acá vos digo; basta de _pamemes_!--Así gritaba de
lejos el padre con voz de lágrimas.

Caía la noche; por la calleja obscura que hacían casi negra los altos
setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la _Cordera_, que
parecía negra de lejos. Después no quedó de ella más que el _tintán_
pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los
chirridos melancólicos de cigarras infinitas.

--¡Adiós, _Cordera_!--gritaba Rosa deshecha en llanto--. ¡Adiós,
_Cordera_ de _mío_ alma!

--¡Adiós, _Cordera_!--repetía Pinín, no más sereno.

--Adiós--contestó por último, a su modo, la esquila, perdiéndose su
lamento triste, resignado, entre los demás sonidos de la noche de
julio en la aldea...

                   *       *       *       *       *

Al día siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pinín y Rosa
fueron al _prao_ Somonte. Aquella soledad no lo había sido nunca para
ellos, triste; aquel día, el Somonte sin la _Cordera_ parecía el
desierto.

De repente silbó la máquina, apareció el humo, luego el tren. En un
furgón cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos,
vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas,
miraban por aquellos tragaluces.

--¡Adiós, _Cordera_!--gritó Rosa, adivinando allí a su amiga, a la vaca
abuela.

--¡Adiós, _Cordera_!--vociferó Pinín con la misma fe, enseñando los
puños al tren, que volaba camino de Castilla.

Y, llorando, repetía el rapaz, más enterado que su hermana de las
picardías del mundo:

--La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los señores, los
curas... los indianos.

--¡Adiós, _Cordera_!

--¡Adiós, _Cordera_!

Y Rosa y Pinín miraban con rencor la vía, el telégrafo, los símbolos
de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su
compañera de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus
apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...

--¡Adiós, _Cordera_!...

--¡Adiós, _Cordera_!...

                   *       *       *       *       *

Pasaron muchos años. Pinín se hizo mozo y se lo llevó el rey. Ardía
la guerra carlista. Antón de Chinta era casero de un cacique de los
vencidos; no hubo influencia para declarar inútil a Pinín, que, por
ser, era como un roble.

Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el _prao_ Somonte sola,
esperaba el paso del tren correo de Gijón, que le llevaba a sus únicos
amores, su hermano. Silbó a lo lejos la máquina, apareció el tren en la
trinchera, pasó como un relámpago. Rosa, casi metida por las ruedas,
pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de
pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los árboles,
al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la pequeña, que
dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande,
al servicio de un rey y de unas ideas que no conocían.

Pinín, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendió los brazos a
su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oir entre el estrépito de las
ruedas y la gritería de los reclutas la voz distinta de su hermano, que
sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:

--¡Adiós, Rosa!... ¡Adiós, _Cordera_!

--¡Adiós, Pinín! ¡Pinín de _mío_ alma!...

"Allá iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo.
Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma,
carne de cañón para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas."

Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba así la pobre hermana
viendo al tren perderse a los lejos, silbando triste, con silbido que
repercutían los castaños, las vegas y los peñascos...

¡Qué sola se quedaba! Ahora sí, ahora sí que era un desierto el _prao_
Somonte.

--¡Adiós, Pinín! ¡Adiós, _Cordera_!

Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con
qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh! bien hacía la _Cordera_ en
no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba
todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como
un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas
del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era
canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.

En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oir, muy lejana, la
voz que sollozaba por la vía adelante:

--¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, _Cordera_!



                             CAMBIO DE LUZ


A los cuarenta años era D. Jorge Arial, para los que le trataban
de cerca, el hombre más feliz de cuantos saben contentarse con una
_acerada_ medianía y con la paz en el trabajo y en el amor de los
suyos; y además era uno de los mortales más activos y que mejor saben
estirar las horas, llenándolas de substancia, de útiles quehaceres.
Pero de esto último sabían, no sólo sus amigos, sino la gran multitud
de sus lectores y admiradores y discípulos. Del mucho trabajar, que
veían todos, no cabía duda; mas de aquella dicha que los íntimos leían
en su rostro y observando su carácter y su vida, tenía D. Jorge algo
que decir para sus adentros, sólo para sus adentros, si bien no negaba
él, y hubiera tenido a impiedad inmoralísima el negarlo, que todas las
cosas perecederas le sonreían, y que el nido amoroso que en el mundo
había sabido construirse, no sin grandes esfuerzos de cuerpo y alma,
era que ni pintado para su modo de ser.

Las grandezas que no tenía, no las ambicionaba, ni soñaba con ellas, y
hasta cuando en sus escritos tenía que figurárselas para describirlas,
le costaba gran esfuerzo imaginarlas y _sentirlas_. Las pequeñas y
disculpables vanidades a que su espíritu se rendía, como verbi gracia,
la no escasa estimación en que tenía el aprecio de los doctos y de los
buenos, y hasta la admiración y simpatía de los ignorantes y sencillos,
veíalas satisfechas, pues era su nombre famoso, con sólida fama, y
popular; de suerte que esta popularidad que le aseguraba el renombre
entre los muchos, no le perjudicaba en la estimación de los escogidos.
Y por fin, su dicha grande, seria, era una casa, su mujer, sus
hijos; tres cabezas rubias, y él decía también, tres almas _rubias_,
_doradas_, _mi lira_, como los llamaba al pasar la mano por aquellas
frentes blancas, altas, despejadas, que destellaban la idea noble que
sirve ante todo para ensanchar el horizonte del amor.

Aquella esposa y aquellos hijos, una pareja; la madre hermosa, que
parecía hermana de la hija, que era un botón de oro de quince abriles,
y el hijo de doce años, remedo varonil y gracioso de su madre y de su
hermana, y ésta, la _dominante_, como él decía, parecían, en efecto,
estrofa, antistrofa y epodo de un himno perenne de dicha en la virtud,
en la gracia, en la inocencia y la sencilla y noble sinceridad.
"Todos sois mis hijos, pensaba D. Jorge, incluyendo a su mujer; todos
nacisteis de la espuma de mis ensueños." Pero eran ensueños con
dientes, y que apretaban de firme, porque como todos eran jóvenes,
estaban sanos y no tenían remordimientos ni disgustos que robaran el
apetito, comían que devoraban, sin llegar a glotones, pero pasando
con mucho de ascetas. Y como no vivían sólo de pan, en vestirlos como
convenía a su clase y a su hermosura, que es otra clase, y al cariño
que el amo de la casa les tenía, se iba otro buen pico, sobre todo
en los trajes de la _dominante_. Y mucho más que en cubrir y adornar
el cuerpo de su gente gastaba el padre en vestir la desnudez de su
cerebro y en adornar su espíritu con la instrucción y la educación más
esmeradas que podía; y como éste es artículo de lujo entre nosotros,
en maestros, instrumentos de instrucción y otros accesorios de la
enseñanza de su pareja, se le iba a D. Jorge una gran parte de su
salario y otra no menos importante de su tiempo, pues él dirigía todo
aquel negocio tan grave, siendo el principal maestro y el único que no
cobraba. No crea el lector que apunta aquí el pero de la dicha de D.
Jorge; no estaba en las dificultades económicas la espina que guardaba
para sus adentros Arial, siempre apacible. Costábale, sí, muchos
sudores juntar los cabos del presupuesto doméstico; pero conseguía
triunfar siempre, gracias a su mucho trabajo, el cual era para él una
sagrada obligación, además, por otros conceptos más filosóficos y
_altruístas_, aunque no más santos, que el amor de los suyos.

Muchas eran sus ocupaciones, y en todas se distinguía por la
inteligencia, el arte, la asiduidad y el esmero. Siguiendo una
vocación, había llegado a cultivar muchos estudios, porque ahondando
en cualquier cosa se llega a las demás. Había empezado por enamorarse
de la belleza que entra por los ojos, y esta vocación, que le hizo
pintor en un principio, le obligó después a ser naturalista, químico,
fisiólogo; y de esta excursión a las profundidades de la realidad
física sacó en limpio, ante todo, una especie de religión de la _verdad
plástica_, que le hizo entregarse a la filosofía... y abandonar los
pinceles. No se sintió gran maestro, no vió en sí un intérprete de esas
dos grandes formas de la belleza que se llaman _idealismo y realismo_,
no se encontró con las fuerzas de Rafael ni de Velázquez, y, suavemente
y sin dolores del amor propio, se fué transformando en un pensador y
en amador del arte; y fué un sabio en estética, un crítico de pintura,
un profesor insigne; y después un artista de la pluma, un historiador
del arte con el arte de un novelista. Y de todas estas habilidades y
maestrías a que le había ido llevando la sinceridad con que seguía las
voces de su vocación verdadera, los instintos de sus facultades, fué
sacando sin violencia ni _simonía_ provecho para la hacienda, cosa tan
poética como la que más al mirarla como el medio necesario para tener
en casa aquella dicha que tenía, aquellos amores, que, sólo en botas,
le gastaban un dineral.

Al verle ir y venir, y encerrarse para trabajar, y después correr con
el producto de sus encerronas a casa de quien había de pagárselo;
siempre activo, siempre afable, siempre lleno de la realidad ambiente,
de la vida que se le imponía con toda su seriedad, pero no tristeza,
nadie, y menos sus amigos y su mujer y sus hijos, hubiera adivinado
detrás de aquella mirada franca, serena, cariñosa, una pena, una llaga.

                   *       *       *       *       *

Pero la había. Y no se podía hablar de ella. Primero, porque era un
deber guardar aquel dolor para sí; después, porque hubiera sido inútil
quejarse; sus familiares no le hubieran comprendido, y más valía así.

Cuando en presencia de D. Jorge se hablaba de los incrédulos, de los
escépticos, de los poetas que _cantan_ sus dudas, que se quejan de la
musa del _análisis_, Arial se ponía de mal humor, y, cosa rara en él,
se irritaba. Había que cambiar de conversación o se marchaba D. Jorge.
"Ésos, decía, son males secretos que no tienen gracia, y en cambio
entristecen a los demás y pueden contagiarse. El que no tenga fe, el
que dude, el que vacile, que se aguante y calle y luche por vencer esa
flaqueza." Una vez, repetía Arial en tales casos, un discípulo de San
Francisco mostraba su tristeza delante del maestro, tristeza que nacía
de sus escrúpulos de conciencia, del miedo de haber ofendido a Dios; y
el santo le dijo: "Retiraos, hermano, y no turbéis la alegría de los
demás; eso que os pasa son cuentas vuestras y de Dios: arregladlas con
Él a solas."

A solas procuraba arreglar sus cuentas don Jorge, pero no le salían
bien siempre, y ésta era su pena. Sus estudios filosóficos, sus
meditaciones y sus experimentos y observaciones de fisiología, de
anatomía, de química, etc., etc., habían desenvuelto en él, de modo
excesivo, el espíritu del análisis empírico; aquel enamoramiento de la
belleza plástica, aparente, visible y palpable, le había llevado, sin
sentirlo, a cierto materialismo intelectual, contra el que tenía que
vivir prevenido. Su corazón necesitaba fe, y la clase de filosofía y
de ciencia que había profundizado le llevaban al dogma materialista de
_ver y creer_. Las ideas predominantes en su tiempo entre los sabios
cuyas obras él más tenía que estudiar; la índole de sus investigaciones
de naturalista y fisiólogo y crítico de artes plásticas, le habían
llevado a una predisposición reflexiva que pugnaba con los anhelos más
íntimos de su sensibilidad de creyente.

Don Jorge sentía así: "Si hay Dios, todo está bien. Si no hay Dios,
todo está mal. Mi mujer, mi hijo, la _dominante_, la paz de mi casa, la
belleza del mundo, el _divino_ placer de entenderla, la tranquilidad
de la conciencia... todo eso, los mayores tesoros de la vida, si no
hay Dios, es polvo, humo, ceniza, viento, nada... Pura apariencia,
congruencia ilusoria, sustancia fingida; positiva sombra, dolor sin
causa, pero seguro, lo único cierto. Pero si hay Dios, ¿qué importan
todos los males? Trabajos, luchas, desgracias, desengaños, vejez,
desilusión, muerte, ¿qué importan? Si hay Dios, todo está bien, si no
hay Dios, todo está mal."

Y el amor de Dios era el vapor de aquella máquina siempre activa; el
amor de Dios, que envolvía, como los pétalos encierran los estambres,
el amor a sus hijos, a su mujer, a la belleza, a la conciencia
tranquila, le animaba en el trabajo incesante, en aquella suave
asimilación de la vida ambiente, en la adaptación a todas las cosas que
le rodeaban y por cuya realidad seria, evidente, se dejaba influir.

Pero a lo mejor, en el cerebro de aquel místico vergonzante, místico
activo y alegre, estallaba, como una _estúpida_ frase hecha, esta
duda, esta pregunta del materialismo lógico de su ciencia de analista
empírico:

"¿Y si no hay Dios? Puede que no haya Dios. Nadie ha visto a Dios. La
ciencia de los _hechos_ no prueba a Dios..."

Don Jorge Arial despreciaba al pobre diablo _científico_,
_positivista_, que en el fondo de su cerebro se le presentaba con este
_obstruccionismo_; pero a pesar de este desprecio, oía al miserable,
y discutía con él, y unas veces tenía algo que contestarle, aun en el
terreno de la _fría lógica_, de la mera _intelectualidad_... y otras
veces no.

Ésta era la pena, éste el tormento del señor Arial.

Es claro que gritase lo que gritase el materialista escéptico, el que
ponía a Dios en tela de juicio, D. Jorge seguía trabajando de firme,
afanándose por el pan de su hijos y educándolos, y amando a toda su
casa y cumpliendo como un justo con la infinidad de su deberes...;
pero la espina dentro estaba. "Porque, si no hubiera Dios, decía
el corazón, todo aquello era inútil, apariencia, idolatría", y el
_científico_ añadía: "¡Y cómo puede no haberlo!..."

Todo esto había que callarlo, porque hasta ridículo hubiera parecido
a muchos, confesado como un dolor cierto, serio, grande. "Cuestión de
nervios" le hubieran dicho. "Ociosidad de un hombre feliz a quien Dios
va a castigar por darse un tormento inútil cuando todo le sonríe."
Y en cuanto a los _suyos_, a quienes más hubiera D. Jorge querido
comunicar su pena, ¿cómo confesarles la causa? Si no le comprendían
¡qué tristeza! Si le comprendían... ¡qué tristeza y qué pecado y qué
peligro! Antes morir de aquel dolor. A pesar de ser tan activo, de
tener tantas ocupaciones, le quedaba tiempo para consagrar la mitad de
las horas que no dormía a pensar en su duda, a discutir consigo mismo.
Ante el mundo su existencia corría con la monotonía de un destino
feliz; para sus adentros su vida era una serie de batallas; ¡días de
triunfo!--¡oh, qué voluptuosidad espiritual entonces!--seguidos de
horrorosos días de derrota, en que había que fingir la ecuanimidad de
siempre, y amar lo mismo, y hacer lo mismo y cumplir los mismos deberes.

                   *       *       *       *       *

Para la mujer, los hijos y los amigos y discípulos queridos de D.
Jorge, aquel dolor oculto llegó a no ser un misterio, no porque
adivinaran su causa, si no porque empezaron a sentir sus efectos; le
sorprendían a veces preocupado sin motivo conocido, triste; y hasta en
el rostro y en cierto desmayo de todo el cuerpo vieron síntomas del
disgusto, del dolor evidente. Le buscaron causa y no dieron con ella.
Se equivocaron al atribuirla al temor de un mal _positivo_, a una
aprensión, no desprovista de fundamento por completo. Lo peor era que
el miedo de un mal, tal vez remoto, tal vez incierto, pero terrible si
llegaba, también les iba invadiendo a ellos, a la noble esposa sobre
todo, y no era extraño que la aprensión que ellos tenían quisieran
verla en las tristezas misteriosas de D. Jorge.

Nadie hablaba de ello, pero llegó tiempo en que apenas se pensaba en
otra cosa; todos los _silencios_ de las animadas chácharas en aquel
nido de alegrías, aludían al temor de una desgracia, temor cuya
presencia ocultaban todos como si fuese una vergüenza.

Era el caso que el trabajo excesivo, el abuso de las vigilias, el
constante empleo de los ojos en lecturas nocturnas, en investigaciones
de documentos de intrincados caracteres y en observaciones de
menudísimos pormenores de laboratorio, y acaso más que nada, la gran
excitación nerviosa, habían debilitado la vista del sabio, miope antes,
y ahora incapaz de distinguir bien lo cercano... sin el consuelo
de haberse convertido en águila para lo distante. En suma; no veía
bien ni de cerca ni de lejos. Las jaquecas frecuentes que padecía
le causaban perturbaciones extrañas en la visión: dejaba de ver los
objetos con la intensidad ordinaria; los veía y no los veía, y tenía
que cerrar los ojos para no padecer el tormento inexplicable de esta
parálisis pasajera, cuyos fenómenos subjetivos no podía siquiera
puntualizar a los médicos. Otras veces veía manchas ante los objetos,
manchas móviles; en ocasiones puntos de color, azules, rojos... muy
a menudo, al despertar especialmente, lo veía todo tembloroso y como
desmenuzado... Padecía bastante, pero no hizo caso: no era aquello lo
que le preocupaba a él.

Pero a la familia, sí. Y hubo consulta, y los pronósticos no fueron muy
tranquilizadores. Como fué agravándose el mal, el mismo D. Jorge tomó
en serio la enfermedad, y, en secreto, como habían consultado por él,
consultó a su vez, y la ciencia le metió miedo para que se cuidara y
evitase el trabajo nocturno y otros excesos. Arial obedeció a medias y
se asustó a medias también.

Con aquella nueva vida a que le obligaron sus precauciones higiénicas,
coincidió en él un paulatino cambio del espíritu que sentía venir
con hondo y obscuro deleite. Notó que perdía afición al análisis
del laboratorio, a las preciosidades de la miniatura en el arte, a
las delicias del pormenor en la crítica, a la claridad plástica en
la literatura y en la filosofía: el arte del dibujo y del color le
llamaba menos la atención que antes; no gozaba ya tanto en presencia
de los cuadros célebres. Era cada día menos activo y más soñador. Se
sorprendía a veces holgando, pasando las horas muertas sin examinar
nada, sin estudiar cosa alguna concreta; y, sin embargo, no le acusaba
la conciencia con el doloroso vacío que siempre nos delata la ociosidad
verdadera. Sentía que el tiempo de aquellas vagas meditaciones no era
perdido.

Una noche, oyendo a un famoso sexteto de ínclitos profesores
interpretar las piezas más selectas del repertorio clásico, sintió
con delicia y orgullo que a él le había nacido algo en el alma para
comprender y amar la gran música. La sonata de Kreutzer, que siempre
había oído alabar sin penetrar su mérito como era debido, le produjo
tal efecto, que temió haberse vuelto loco; aquel hablar sin palabras,
de la música serena, graciosa, profunda, casta, seria, sencilla,
noble; aquella revelación, que parecía extranatural, de las afinidades
armónicas de las cosas, por el lenguaje de las vibraciones íntimas;
aquella elocuencia sin conceptos del sonido sabio y sentimental,
le pusieron en un estado místico que él comparaba al que debió
experimentar Moisés ante la zarza ardiendo.

Vino después un oratorio de Händel a poner el sello religioso más
determinado y más tierno a las impresiones anteriores. Un profundísimo
sentimiento de humildad le inundó el alma; notó humedad de lágrimas
bajo los párpados y escondió de las miradas profanas aquel tesoro de
su misteriosa religiosidad estética, que tan pobre hubiera sido como
argumento en cualquier discusión lógica y que ante su corazón tenía la
voz de lo inefable.

En adelante buscó la música por la música, y cuando ésta era buena y
la ocasión propicia, siempre obtuvo análogo resultado. Su hijo era
un pianista algo mejor que mediano; empezó Arial a fijarse en ello,
y venciendo la vulgaridad de encontrar detestable la música de las
teclas, adquirió la fe de la música buena en malas manos; es decir,
creyó que en poder de un pianista regular suena bien una gran música.
Gozó oyendo a su hijo las obras de los maestros. Como sus ratos de ocio
iban siendo cada día mayores, porque los médicos le obligaban a dejar
en reposo la vista horas y horas, sobre todo de noche, D. Jorge, que
no sabía estar sin ocupaciones, discurrió, o mejor, fué haciéndolo sin
pensarlo, sin darse cuenta de ello, tentar él mismo fortuna, dejando
resbalar los dedos sobre las teclas. Para aprender música como Dios
manda era tarde; además, leer en el pentágrama hubiese sido cansar la
vista como con cualquiera otra lectura. Se acordó de que en cierto
café de Zaragoza había visto a un ciego tocar el piano primorosamente.
Arial, cuando nadie le veía, de noche, a obscuras, se sentaba delante
del Erard de su hijo, y cerrando los ojos, para que las tinieblas
fuesen absolutas, por instinto, como él decía, tocaba a su manera
melodías sencillas, mitad reminiscencias de óperas y de sonatas, mitad
invención suya. La mano izquierda le daba mucho que hacer y no obedecía
al instinto del ciego voluntario; pero la derecha, como no exigieran de
ella grandes prodigios, no se portaba mal. _Mi música_ llamaba Arial
a aquellos conciertos solitarios, música _subjetiva_ que no podía ser
agradable más que para él, que soñaba, y soñaba llorando dulcemente
a solas, mientras su fantasía y su corazón seguían la corriente y el
ritmo de aquella melodía suave, noble, humilde, seria y sentimental en
su pobreza.

A veces tropezaban sus dedos, como con un tesoro, con frases breves,
pero intensas, que recordaban, sin imitarlos, motivos de Mozart y otros
maestros. Don Jorge experimentaba un pueril orgullo, del que se reía
después, no con toda sinceridad. Y a veces, al sorprenderse con estas
pretensiones de músico que no sabe música, se decía: "Temen que me
vuelva ciego, y lo que voy a volverme es loco." A tanto llegaba ésta
que él sospechaba locura, que en muchas ocasiones, mientras tocaba y en
su cerebro seguía batallando con el tormento metafísico de sus dudas,
de repente una melodía nueva, misteriosa, le parecía una revelación,
una voz de lo _explicable_ que le pedía llorando interpretación,
traducción lógica, literaria... Si no hubiera Dios, pensaba entonces
Arial, estas combinaciones de sonidos no me dirían esto; no habría este
rumor como de fuente escondida bajo hierba, que me revela la frescura
del ideal que puede apagar mi sed. Un pesimista ha dicho que la música
habla de un mundo que _debía_ existir; yo digo que nos habla de un
mundo que _debe de_ existir.

Muchas veces hacía que su hija le leyera las lucubraciones en que
Wagner defendió sus sistemas, y les encontraba un sentido muy profundo
que no había visto cuando, años atrás, las leía con la preocupación de
crítico de estética que ama la claridad plástica y aborrece el misterio
nebuloso y los tanteos místicos.

En tanto, el mal crecía, a pesar de haber disminuído el trabajo de los
ojos: la desgracia temida se acercaba.

Él no quería mirar aquel abismo de la noche eterna, anticipación de los
abismos de ultratumba.

"Quedarse ciego, se decía, es como ser enterrado en vida."

                   *       *       *       *       *

Una noche, la pasión del trabajo, la exaltación de la fantasía creadora
pudo en él más que la prudencia, y a hurtadillas de su mujer y de sus
hijos escribió y escribió horas y horas a la luz de un quinqué. Era
el asunto de invención poética, pero de fondo religioso, metafísico;
el cerebro vibraba con impulso increíble; la máquina, a todo vapor,
movía las cien mil ruedas y correas de aquella fábrica misteriosa, y
ya no era empresa fácil apagar los hornos, contener el vértigo de las
ideas. Como tantas otras noches de sus mejores tiempos, D. Jorge se
acostó... sin dejar de trabajar, trabajando para el obispo, como él
decía cuando, después de dejar la pluma y renunciar al provecho de sus
ideas, éstas seguían gritando, engranándose, produciendo pensamiento
que se perdía, que se esparcía inútilmente por el mundo. Ya sabía él
que este tormento febril era peligroso, y ni siquiera le halagaba la
vanidad como en los días de la petulante juventud. No era más que un
dolor material, como el de muelas. Sin embargo, cuando al calor de las
sábanas la excitación nerviosa, sin calmarse, se hizo placentera, se
dejó embriagar, como en una orgía, de corazón y cabeza, y sintiéndose
arrebatado como a una vorágine mística, se dejó ir, se dejó ir, y con
delicia se vió sumido en un paraíso subterráneo luminoso, pero con una
especie de luz eléctrica, no luz de sol, que no había, sino de las
entrañas de cada casa, luz que se confundía disparatadamente con las
vibraciones musicales: el timbre sonoro era, además, la luz.

Aquella luz prendió en el espíritu; se sintió iluminado y no tuvo esta
vez miedo a la locura. Con calma, con lógica, con profunda intuición,
sintió filosofar a su cerebro y atacar de frente los más formidables
fuertes de la ciencia atea; vió entonces la realidad de lo divino, no
con evidencia matemática, que bien sabía él que ésta era relativa y
condicional y precaria, sino con evidencia _esencial_; vió la verdad
de Dios, el creador santo del Universo, sin contradicción posible. Una
voz de convicción le gritaba que no era aquello fenómeno histérico,
arranque místico; y don Jorge, por la primera vez después de muchos
años, sintió el impulso de orar como un creyente, de adorar con el
cuerpo también, y se incorporó en su lecho, y al notar que las lágrimas
ardientes, grandes, pausadas, resbalaban por su rostro, las dejó ir,
sin vergüenza, humilde y feliz, ¡oh! sí, feliz para siempre. "Puesto
que había Dios, todo estaba bien."

Un reloj dió la hora. Ya debía de ser de día. Miró hacia la ventana.
Por las rendijas no entraba luz. Dió un salto, saliendo del lecho,
abrió un postigo y... el sol había abandonado a la aurora, no la
seguía; el alba era noche. Ni sol ni estrellas. El reloj repitió la
hora. El sol _debía_ estar sobre el horizonte y no estaba. El cielo se
había caído al abismo. "¡Estoy ciego!", pensó Arial, mientras un sudor
terrible le inundaba el cuerpo y un escalofrío, azotándole la piel, le
absorbía el ánimo y el sentido. Lleno de pavor, cayó al suelo.

                   *       *       *       *       *

Cuando volvió en sí, se sintió en su lecho. Le rodeaban su mujer, sus
hijos, su médico. No los veía; no veía nada. Faltaba el tormento mayor;
tendría que decirles: no veo. Pero ya tenía valor para todo. "_Seguía_
habiendo Dios, y todo estaba bien." Antes que la pena de contar su
desgracia a los suyos, sintió la ternura infinita de la piedad cierta,
segura, tranquila, sosegada, agradecida. Lloró sin duelo.


      "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo."


Tuvo serenidad para pensar, dando al verso de Garcilaso un sentido
sublime.

"¿Cómo decirles que no veo... si en rigor sí veo? Veo de otra manera;
veo las cosas por dentro; veo la verdad; veo el amor. Ellos sí que no
me verán a mí..."

Hubo llantos, gritos, síncopes, abrazos locos, desesperación sin fin
cuando, a fuerza de rodeos, Arial declaró su estado. Él procuraba
tranquilizarlos con consuelos vulgares, con esperanzas de sanar, con
el valor y la resignación que tenía, etcétera, etc.; pero no podía
comunicarles la fe en su propia alegría, en su propia serenidad
íntimas. No le entenderían, no podían entenderle; creerían que los
engañaba para mitigar su pena. Además, no podía, delante de extraños,
hacer el papel de estoico, ni de Sócrates o cosa por el estilo. Más
valía dejar al tiempo el trabajo de persuadir a las _tres cuerdas de la
lira_, a aquella madre, a aquellos hijos, de que el amo de la casa no
padecería tanto como ellos pensaban por haber perdido la luz; porque
había descubierto otra. Ahora veía por dentro.

                   *       *       *       *       *

Pasó el tiempo, en efecto, que es el lazarillo de ciegos y de linces, y
va delante de todos abriéndoles camino.

En la casa de Arial había sucedido a la antigua alegría el terror, el
espanto de aquella desgracia, dolor sin más consuelo que el no ser
desesperado, porque los médicos dejaron vislumbrar lejana posibilidad
de devolver la vista al pobre ciego. Más adelante la esperanza se fué
desvaneciendo con el agudo padecer del infortunio todavía nuevo; y todo
aquel sentir insoportable, de excitación continua, se trocó para la
mujer y los hijos de D. Jorge en taciturna melancolía, en resignación
triste: el hábito hizo tolerable la desgracia; el tiempo, al mitigar
la pena, mató el consuelo de la esperanza. Ya nadie esperaba en que
volviera la luz a los ojos de Arial, pero todos fueron comprendiendo
que podían seguir viviendo en aquel estado. Verdad es que más que el
desgaste del dolor por el roce de las horas, pudo en tal lenitivo la
convicción que fueron adquiriendo aquellos pedazos del alma del enfermo
de que éste había descubierto, al perder la luz, mundos interiores en
que había consuelos grandes, paz, hasta alegrías.

Por santo que fuera el esposo adorado, el padre amabilísimo, no podría
fingir continuamente y cada vez con más arte la calma dulce con que
había acogido su desventura. Poco a poco llegó a persuadirlos de que él
seguía siendo feliz, aunque de otro modo que antes.

Los gastos de la casa hubo que reducirlos mucho, porque la mina del
trabajo, si no se agotó, perdió muchos de sus filones. Arial siguió
publicando artículos y hasta libros, porque su hija escribía por él, al
dictado, y su hijo leía, buscaba datos en las bibliotecas y archivos.

Pero las obras del insigne crítico de estética pictórica, de historia
artística, fueron tomando otro rumbo: se referían a asuntos en que
intervenían poco los testimonios de la vista.

Los trabajos iban teniendo menos color y más alma. Es claro que, a
pesar de tales expedientes, Arial ganaba mucho menos. Pero, ¿y qué?
La vida exigía ahora mucho menos también; no por economía sólo,
sino principalmente por pena, por amor al ciego, madre e hijos se
despidieron de teatros, bailes, paseos, excursiones, lujo de ropa y
muebles ¿para qué? ¡_Él_ no había de verlo! Además, el mayor gasto de
la casa, la educación de la querida pareja, ya estaba hecho; sabían lo
suficiente, sobraban ya los maestros.

En adelante, amarse, juntarse alrededor del hogar y alrededor del
cariño, cerca del ciego, cerca del fuego. Hacían una piña en que Arial
pensaba por todos y los demás veían por él. Para no olvidarse de las
formas y colores del mundo, que tenía grabado en la imaginación como un
infinito museo, D. Jorge pedía noticias de continuo a su mujer y a sus
hijos: ante todo de ellos mismos, de los cabellos de la _dominante_,
del bozo que le había apuntado al chico..., de la primera cana de la
madre. Después noticias del cielo, de los celajes, de los verdores de
la primavera... "¡Oh! después de todo, siempre es lo mismo. ¡Como si lo
viera!"

"Compadeced a los ciegos de nacimiento, pero a mí no. La luz del sol no
se olvida: el color de la rosa es como el recuerdo de unos amores; su
perfume me lo hace ver, como una caricia de la _dominante_ me habla de
las miradas primeras con que me enamoró su madre. Y ¡sobre todo, está
ahí la música!"

Y D. Jorge, a tientas, se dirigía al piano, y como cuando tocaba a
obscuras, cerrando los ojos de noche, tocaba ahora, sin cerrarlos, al
mediodía... Ya no se reían los hijos y la madre de las melodías que
improvisaba el padre: también a ellos se les figuraba que querían decir
algo, muy obscuramente... Para él, para D. Jorge, eran bien claras,
más que nunca; eran todo un himnario de la fe inenarrable que él había
creado para sus adentros; su religión de ciego; eran una dogmática en
solfa, una teología en dos o tres octavas.

Don Jorge hubiera querido, para intimar más, mucho más, con los suyos,
ya que ellos nunca se separaban de él, no separarse él jamás de
ellos con el pensamiento, y para esto iniciarlos en sus ideas, en su
dulcísima creencia...; pero un rubor singular se lo impedía. Hablar
con su hija y con su mujer de las cosas misteriosas de la otra vida,
de lo metafísico y fundamental, le daba vergüenza y miedo. No podrían
entenderle. La educación, en nuestro país particularmente, hace que
los más unidos por el amor estén muy distantes entre sí en lo más
espiritual y más grave. Además, la fe racional y trabajada por el alma
pensadora y tierna--¡es cosa tan personal, tan inefable!--Prefería
entenderse con los suyos por música. ¡Oh, de esta suerte, sí!
Beethoven, Mozart, Händel, hablaban a todos cuatro de lo mismo. Les
decían, bien claro estaba, que el pobre ciego tenía dentro del alma
otra luz, luz de esperanza, luz de amor, de santo respeto al misterio
sagrado... La poesía no tiene, dentro ni fuera, fondo ni superficie;
toda es transparencia, luz increada y que penetra al través de todo...;
la luz material se queda en la superficie, como la explicación
intelectual, lógica, de las realidades resbala sobre los objetos sin
comunicarnos su esencia...

Pero la música que todas estas cosas decía a todos, según Arial, no
era la suya, sino la que tocaba su hijo. El cual se sentaba al piano
y pedía a Dios inspiración para llevar al alma del padre la alegría
mística con el beleño de las notas sublimes; Arial, en una silla baja,
se colocaba cerca del músico para poder palparle disimuladamente de
cuando en cuando: al lado de Arial, tocándole con las rodillas, había
de estar su compañera de luz y sombra, de dicha y de dolor, de vida y
muerte..., y más cerca que todos, casi sentada sobre el regazo, tenía
a la _dominante_...; y de tarde en tarde, cuando el amor se lo pedía,
cuando el ansia de vivir, comunicándose con todo de todas maneras, le
hacía sentir la nostalgia de la visión, de la luz física, del _verbo
solar_..., cogía entre las manos la cabeza de su hija, se acariciaba
con ella las mejillas... y la seda rubia, suave, de aquella flor con
ideas en el cáliz, le metía en el alma con su contacto todos los rayos
de sol que no había de ver ya en la vida... ¡Oh! En su espíritu, sólo
Dios entraba más adentro.



                              EL CENTAURO


Violeta Pagés, hija de un librepensador catalán, opulento industrial,
se educó, si aquello fué educarse, hasta los quince años, como el
diablo quiso, y de los quince años en adelante como quiso ella. Anduvo
por muchos colegios extranjeros, aprendió muchas lenguas vivas, en
todas las cuales sabía expresar correctamente las herejías de su señor
padre, dogmas en casa. Sabía más que un bachiller y menos que una joven
recatada. Era hermosísima; su cabeza parecía destacarse en una medalla
antigua, como aquellas sicilianas de que nos habla el poeta de los
_Trofeos_; su indumentaria, su figura, sus posturas, hablaban de Grecia
al menos versado en las delicadezas del arte helénico; en su tocador,
de gusto arqueológico, sencillo, noble, poético, Violeta parecía una
pintura mural clásica, recogida en alguna excavación de las que nos
descubrieron la elegancia antigua. En el Manual de arqueología de Guhl
y Koner, por ejemplo, podréis ver grabados que parecen retratos de
Violeta componiendo su tocado.

Era pagana, no con el corazón, que no lo tenía, sino con el instinto
imitativo, que le hacía remedar en sus ensueños las locuras de sus
poetas favoritos, los modernos, los franceses, que andaban a vueltas
con sus recuerdos de cátedra, para convertirlos en creencia poética y
en inspiración de su musa _plástica_ y afectadamente sensualista.

A fuerza de creerse pagana y leer libros de esta clase de caballerías,
llegó Violeta a sentir, y, sobre todo, a imaginar con cierta sinceridad
y fuerza, su manía seudoclásica.

Como, al fin, era catalana, no le faltaba el necesario buen sentido
para ocultar sus caprichosas ideas, algunas demasiado extravagantes,
ante la mayor parte de sus relaciones sociales, que no podían servirle
de público adecuado, por lo poco bachilleras que son las señoritas en
España, y lo poco eruditos que son la mayor parte de los bachilleres.

A mí, no sé por qué, a los pocos días de tratarme creyóme digno de oir
las intimidades de su locura pagana. No fué porque yo hiciera ante ella
alarde de conocimientos que no poseo; más bien debió de haber sido por
haber notado la sincera y callada admiración con que yo contemplaba
a hurtadillas, siempre que podía, su hermosura soberana, los divinos
pliegues de su túnica, las graciosas líneas de su cuerpo, el resplandor
tranquilo e ideal de sus ojos garzos. ¡Oh, en aquella cabecita
peinada por Praxísteles, había el fósforo necesario para hacer un
poeta _parnasiano_ de tercer orden; pero, qué templo el que albergaba
aquellos pobres dioses falsos, recalentados y enfermizos! ¡Qué divino
molde, qué elocuente _estatuaria_!

Violeta, como todas las mujeres de su clase, creería que por gustarme
tanto su cuerpo, yo admiraba su talento, su imaginación, sus caprichos,
traducidos de sus imprudentes lecturas...

Ello fué que una noche, en un baile, después de cenar, a la hora de
la fatiga voluptuosa en que las vírgenes escotadas y excitadas parece
que olfatean en el ambiente perfumado los misterios nupciales con que
sueña la insinuante vigilia, Violeta, a solas conmigo en un rincón de
un jardín, transformado en estancia palatina, me contó su secreto, que
empezaba como el de cualquier romántica despreciable, diciendo:

"Yo estoy enamorada de un imposible."

Pero seguía de esta suerte:

"Yo estoy enamorada de un Centauro. Este sueño de la mitología clásica
es el mío; para mí todo hombre es poco fuerte, poco rápido y tiene
pocos pies. Antes de saber yo de la fábula del hombre-caballo, desde
muy niña sentí vagas inclinaciones absurdas y una afición loca por las
cuadras, las dehesas, las ferias de ganado caballar, las carreras y
todo lo que tuviera relación con el caballo. Mi padre tenía muchos,
de silla y de tiro, y cuadras como palacios, y a su servicio media
docena de robustos mozos, buenos jinetes y excelentes cocheros. Muy de
madrugada, yo bajaba, y no levantaría un metro del suelo, a perderme
entre las patas de mis bestias queridas, bosque de columnas movibles
de un templo vivo de mi adoración idolátrica. No sin miedo, pero con
deleite, pasaba horas enteras entre los cascos de los nobles brutos,
cuyos botes, relinchos, temblores de la piel, me imponían una especie
de pavor religioso y cierta precoz humildad femenil voluptuosa, que
conocen todas las mujeres que aman al que temen. Me embriagaba el
extraño perfume picante de la cuadra, que me sacaba lágrimas de los
ojos y me hacía soñar, como el mijo a los espectadores del teatro persa.

"Soñaba con carreras locas por breñales y precipicios, saltando colinas
y rompiendo vallas, tendida, como las amazonas de circo, sobre la
reluciente espalda de mis héroes fogosos, fuertes y sin conciencia,
como yo los quería. Fuí creciendo y no menguó mi afición, ni yo traté
de ocultarla; los primeros hombres que empezaron a ser para mí rivales
de mis caballos fueron mis lacayos y mis cocheros, los hombres de
mis cuadras. Bien lo conoció alguno de ellos, pero me libraron de su
malicia mis desdenes, que al ver de cerca el amor humano lo encontraron
ridículo por pobre, por débil, por hablador y sutil. El caballo no
bastaba a mis ansias, pero el hombre tampoco. ¡Oh, qué dicha la mía,
cuando mis estudios me hicieron conocer al Centauro! Como una mística
se entrega al esposo ideal, y desprecia por mezquinos y deleznables
los amores terrenos, yo me entregué a mis ensueños, desprecié a mis
adoradores, y día y noche vi, y aún veo, ante mis ojos, la imagen del
hombre bruto, que tiene cabeza humana y brazos que me abrazan con
amor, pero tiene también la crín fuerte y negra, a que se agarran mis
manos crispadas por la pasión salvaje; y tiene los robustos humeantes
lomos, mezcla de luz y de sombra, de graciosa curva, de músculo amplio
y férreo, lecho de mi amor en la carrera de nuestro frenesí, que nos
lleva a través de montes y valles, bosques, desiertos y playas, por
el ancho mundo. En el corazón me resuenan los golpes de los terribles
cascos del animal, al azotar y dominar la tierra, de que su rapidez me
da el imperio; y es dulce, con voluptuosidad infinita, el contraste de
su vigor de bruto, de su energía de macho feroz, fiel en su instinto,
con la suavidad apasionada de las caricias de sus manos y de los
halagos de sus ojos..."

Calló un momento Violeta, entusiasmada de veras, y hermosísima en su
exaltación; miróme en silencio, miró con sonrisa de lástima burlona a
un grupo de muchachos elegantes que pasaban, y siguió diciendo:

"¡Qué ridículos me parecen esos buenos mozos con su frac y sus
pantalones!... Son para mí espectáculo cómico, y hasta repugnante, si
insisto en mirarlos; les falta la mitad de lo que yo necesito en el
hombre...; en el macho a quien yo he de querer y he de entregarme...
Si me quieren robar, ¿cómo me roban? ¿Cómo me llevan a la soledad,
lejos de todo peligro?... En ferrocarril o en brazos... ¡Absurdo! Mi
Centauro, sin dejar de estrecharme contra su pecho, vuelto el tronco
humano hacia mí, galoparía al arrebatarme, y el furor de su carrera
encendería más y más la pasión de nuestro amor, con el ritmo de los
cascos al batir el suelo... ¡Cuántos viajes de novios hizo así mi
fantasía! ¡La de tierras desconocidas que yo crucé, tendida sobre la
espalda de mi Centauro volador!... ¡Qué delicia respirar el aire que
corta la piel en el vertiginoso escape!... ¡Qué delicia amar entre el
torbellino de las cosas que pasan y se desvanecen mientras la caricia
dura!... El mundo escapa, desaparece, y el beso queda, persiste..."

Como aquello del beso me pareció un poco fuerte, aunque fuese dicho por
una señorita pagana, Violeta, que conoció en mi gesto mi extrañeza,
suspendió el relato de sus locuras, y cerrando los ojos se quedó sola
con su Centauro, entregándome a mí al brazo secular de su desprecio.

Un poco avergonzado, dejé mi asiento y salí del rincón de nuestra
confidencia, contento con que ella, por tener cerrados los ojos, como
he dicho, no contemplara mi ridícula manera de andar como el bípedo
menos mitológico, como un gallo, por ejemplo.

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos años y he vuelto a ver a Violeta. Está hermosa, a
la griega, como siempre, aunque más gruesa que antes. Hace días me
presentó a su marido, el Conde de La Pita, capitán de caballería,
hombrachón como un roble, hirsuto, de inteligencia de cerrojo, brutal,
grosero, jinete insigne, enamorado exclusivamente del _arma_, como
él dice, pero equivocándose, porque al decir el _arma_, alude a su
caballo. También se equivoca cuando jura (¡y jura bien!), que para él
no hay más creencia que el espíritu de cuerpo; porque también entonces
alude al cuerpo de su tordo, que sería su Pílades, si hubiera Pílades
de cuatro patas, y si hombres como el Conde de La Pita pudieran ser
Orestes. El tiempo que no pasa a caballo lo da La Pita por perdido; y,
en su misantropía de animal perdido en una forma cuasi humana, declama,
suspirando o relinchando, que no tiene más amigo verdadero que su tordo.

Violeta, al preguntarle si era feliz con su marido, me contestaba
ayer, disimulando un suspiro: "Sí, soy feliz... en lo que cabe... Me
quiere... le quiero... Pero... el ideal no se realiza jamás en este
mundo. Basta con soñarlo y acercarse a él en lo posible. Entre el Conde
y su tordo... ¡Ah! Pero el ideal jamás se cumple en la tierra."

¡Pobre Violeta; le parece _poco Centauro_ su marido!



                                RIVALES


¿No ha llegado a notar el discreto lector que en las letras
contemporáneas de los países que mejores y más espirituales las tienen,
brillan por algún tiempo jóvenes de gran talento, de alma exquisita,
promesas de genio, que poco a poco se cansan, se detienen, se
obscurecen, vacilan, dejan de luchar por el primer puesto y consienten
que otros vengan a ocupar la atención y a gozar iguales ilusiones,
y a su vez experimentar el mismo desencanto? Un crítico perspicaz,
fijándose en tal fenómeno, ha creído explicarlo atribuyéndolo a la poca
fuerza de esas almas, genios abortados, superiores en cierto sentido
(si no se atiende al resultado, a la obra acabada), a los mismos genios
que tienen la virtud... y el _límite_ de la idea fija, del propósito
exclusivo y constante, pero inferiores en voluntad, en vigor, en
facultades generales, en suma.

Leyendo al autor que eso dice, Víctor Cano cerró el volumen en que lo
dice y se puso a pensar por su cuenta:

"Algo habrá de esto; pero yo, mejor que genios abortados, llamaría
a esos hombres, como cierto novelista ruso, _genios sin cartera_.
Como otros espíritus escogidos, renuncian al placer, al mundo y sus
vanidades, y renuncian a la acción, al buen éxito, a los triunfos del
orgullo y del egoísmo, en nuestras letras contemporáneas hay quien no
conserva, en la gran bancarrota espiritual moderna, en el naufragio
de ideas y esperanzas, más que un vago pero acendrado amor a la tenue
poesía del bien moral profundo, sin principios, sin sanciones, por
dulce instinto, por abnegación melancólica y lánguidamente musical
pudiera decirse. Al ver o presentir la nada de todo, menos la
nobleza del corazón, ¿qué alma sincera insiste en luchar por cosas
particulares, por empresas que, ante todo, son egoístas, por triunfos
que, por de pronto, son de la vanidad? No se renuncia a la gloria por
aquello del _genio no comprendido_, ni se insiste, como en los tiempos
de los Heine y los Flaubert, en señalar con sarcasmos el abismo que
separa al _artista_ del _philistin_ o del _burgués_, sino que, como
Carlos V junto a la tumba de Carlomagno, se grita: _Perdono à tutti_;
y se declara a todos hermanos en la ceniza, en el polvo, en el viento,
y se mata en el alma la ilusión literaria, la contumacia artística,
y se renuncia a ser genio, porque ser genio cuesta mucho trabajo,
y no es lo mismo ser genio que ser bueno, que ser humilde, que es
lo que hay que ser; porque hay dos clases de humildes: los que hace
Dios, que son los primeros, mejores y más seguros, y los que se hacen
a sí mismo, a fuerza de pensar, de sentir, de observar, de amar y
renunciar y _prescindir_. Sí, hoy existen hombres, especie de trapenses
disfrazados, que se tonsuran la aureola del genio como se rasura el
monje, y que no dan más aprecio al bien efímero de que se despojan, la
gloria, que el humilde religioso al cabello que ve caer a sus pies.
No importa que estos modernos sectarios de la _prescindencia_ sigan
figurando en el mundo, escribiendo poemas, novelas, ensayos; todo eso
es apariencia, tal vez un modo de ganar el pan y las distracciones;
pero en el fondo ya no hay nada; no hay deseo, no hay plan, no hay
orden bello de vida que aspira a un fin determinado; no hay nada de lo
que había, por ejemplo, en el sistemático Goethe, que metió el mundo
en su cabeza para poder ser egoísta pensando en lo que no era él;
por eso se ve que tales hombres siguen figurando entre los artistas,
entre los escritores; parece que siguen aspirando al primer puesto...
sin facultades suficientes. Acaso no las tengan, pero no les importa;
ni aunque las tuvieran las emplearían con la constancia, la fe, el
entusiasmo, el orden que ellas exigen; por despreciar la fama hasta
consienten que se crea que aun aspiran a ella. Insisten en escribir,
por ejemplo, porque no saben hacer otra cosa; por inercia, porque es el
pretexto mejor para pensar y sentir... y sufrir."

"Y si no, aquí estoy yo--seguía pensando Víctor, pero esto más _piano_
para no _oirse_ a sí mismo, si era posible;--aquí estoy yo, que no
seré genio, pero soy algo, y renuncio también a la _cartera_, a la
gloria que empezaba a sonreirme, aunque buenos sudores y berrinches me
costaba."

Y no creía decirse esto a humo y pajas y por vanagloria, sino que
tenía la vanidad de fundarlo en hechos. Cierto era que en aquel mes
de mayo que acababa de pasar había entregado a un editor un libro;
pero ¿cómo lo había entregado? Como quien mete un hijo en el hospicio.
El editor era novel, pobre, no tenía amigos en la prensa ni apenas
corresponsales; Cano había dado la obra por cuatro cuartos, a condición
de que no se le molestara exigiéndole propaganda; no quería _faire
l'article_; nada de reclamos, nada de regalos a los críticos, nada de
sueltecitos autobiográficos; allá iba el libro, que viviera si podía.
No podría; ¿cómo había de poder? El autor era conocido; cuatro o cinco
novelas suyas habían llamado la atención; no pocos periódicos las
habían puesto en los cuernos de la luna; el público se había interesado
por aquel estilo, por aquella manera; había sido un poco de fiebre
momentánea de novedad. Al publicarse el último volumen ya habían
insinuado algunos malévolos la idea de decadencia; se había hablado
de extravío, de atrofia, de estancamiento, de esperanzas fallidas, y,
lo que era peor, se había mostrado claro, _matemático_, el cansancio,
el hastío, ante lo conocido y repetido. Víctor, en vez de buscar un
desquite, una reparación en su obra reciente, con una especie de
coquetería refinada, con el placer del _Heautontimorumenos_, se había
esmerado en escribir de suerte que su libro tuviera que parecerle al
vulgo vulgar, anodino. Era un libro moral, sencillo, desprovisto de la
pimienta psicológica que en los anteriores había sabido emplear con
tanto arte como cualquier _jeune maître_ francés. En rigor, aquella
ausencia de tiquis miquis decadentistas, de misticismos diabólicos, era
un refinamiento de voluptuosidad espiritual; la pretensión de Víctor
era sacarle nuevo y delicadísimo jugo al oprimido limón de la moral
corriente, como se llama con estúpido menosprecio a la moral producida
siglo tras siglo por lo más selecto del pensamiento y del corazón
humanos.

Como él esperaba, su libro, sincero, noble, leal a la tradición de
la sana piedad humana, no llamó la atención, porque nadie se tomó
el trabajo de ayudar al buen éxito; dijeron de él cuatro necedades
los críticos semigalos que creían seguir la moda con su desfachatado
materialismo, con su procaz hedonismo de burdel y su estilo, de falso
_neurosismo_; pero ni la crítica digna, la que no hace alarde de ser
cínica y de no pagar al sastre ni a la patrona, ni el público imparcial
y desapasionado dieron cuenta de sí.

Aunque Víctor esperaba este resultado; aunque, en rigor, lo había
provocado él mismo, sometiéndose a una especie de experimento en que
quería probar el temple de su alma y la grosera estofa del sentido
estético general en su patria, tuvo que confesarse que en algunos
momentos de abandono sintió indignación ante la frialdad con que
era acogida una obra que comenzaba por ser edificante, un rasgo de
reflexión sana, continente.

Se consolaba de este desfallecimiento del ánimo, de esta contradicción
entre sus ideas y anhelos de abnegación, de _prescindencia_ efectiva,
y la realidad de sus preocupaciones, de su vanidad herida de artista
quisquilloso, pensando que la tal flaqueza era cosa de la parte baja
de su ser, de centros viles del organismo que no había podido dominar
todavía de modo suficiente la hegemonía del alma cerebral, del _yo_ que
reinaba desde la cabeza. Como gritan el hambre, el miedo, la lascivia
en el cuerpo del asceta, del héroe, del casto, gritaba en él, a su
juicio, la vanidad artística; pero el remedio estaba en despreciarla,
en ahogar sus protestas.

                   *       *       *       *       *

Y lo mejor era ausentarse; salir de Madrid, de aquellas cuatro calles
y de los cuatro rincones de murmuración seudoliteraria; huir, olvidar
las letras de molde, vivir, en fin, de veras. Empezaba el verano, la
emigración general. Se metió en el tren. ¿Adónde iba? A cualquier
parte; al Norte, al mar. ¿Qué iba a hacer? No lo sabía. Dejaba a la
casualidad que le prendiese el alma por donde quisiera. En una fonda
de una estación, a la luz del petróleo, al amanecer, ante una mesa
fría cubierta de hule, entre el ruido y el movimiento incómodos,
antipáticos, de las prisas de los viajeros, vió de repente lo que iba a
hacer aquel verano, si el azar lo permitía: iba a amar. Era lo mejor;
la ilusión más ilusoria, pero, por lo mismo, más llena del encanto
de la hermosa apariencia de la buena realidad. El amor era lo que
mejor imitaba el mundo que debía haber. Enfrente de él, ante una gran
taza de café con leche, una mujer meditaba a la _orilla_ de aquel mar
ceniciento, con los ojos pardos muy abiertos, las cejas muy pobladas,
de arco de Cupido, en tirantez nerviosa, como conteniendo el peso de
pensamientos que caían de la frente. No pensaba en el café, ni en el
lugar donde estaba, ni en nada de cuanto tenía alrededor. Sonó fuera
una campana, y la dama levantó los ojos y miró a Víctor, que se dió por
enamorado, en lo que cabía, de aquella mujer, que de fijo no pensaba
como un cualquiera. El marido de aquella señora la dió un suave codazo,
que fué como despertarla; se levantaron, salieron, y Víctor se fué
detrás. Estaba resuelto a seguir a la dama meditabunda, metiéndose en
el mismo coche que ella, si era posible, por lo menos en el mismo tren,
aunque no fuera el suyo y tuviera que dejar en otra línea el equipaje y
los enseres de primera necesidad que llevaba más cerca. Por fortuna, la
dama viajaba en el mismo tren en que Víctor venía, en un coche contiguo
al suyo. Cano tomó sus bártulos, cambió de departamento, y entró, con
gran serenidad, donde el matrimonio desconocido. Nadie notó el cambio
ni la persecución iniciada. A pesar del naciente amor, Víctor se durmió
un poco, porque la madrugada le sumía siempre en un sopor de muerte.
Mil veces se lo había dicho a sí mismo: "Yo moriré al salir el sol."
Cuando despertó, la mañana ya había entrado en calor; la luz alegraba
el mundo, el tren volaba, el marido dormía, y la señora de las cejas de
arco de amor leía con avidez en un rincón, olvidada del mundo entero:
leía un libro en rústica, en octavo menor, forrado prosaicamente con
medio periódico. Para ella no había esposo al lado, un desconocido de
buen ver enfrente, una inmensa llanura en que apuntaban los verdores
del trigo hasta tocar el horizonte, por derecha e izquierda; no había
más que lo negro de las páginas que bebía. A veces debía de leer
entre líneas, porque tardaba en dar vuelta a la hoja; pensaba, pero
por sugestión de la lectura; para colmo de humillación, Víctor vió a
la dama levantar algunas veces la cabeza, mirar al campo, a la red
que tenía enfrente, como si pasara revista a los bultos que llevaba
en ella; hasta mirarle a él, sin verle, lo que se llama verle en
conciencia.

Con esto se encendía más lo que Víctor quería llamar su naciente amor:
una mujer que no le hacía caso, ya tenía mucho adelantado para que él
la idealizara y la pusiera en el altar de lo Imposible, su dios falso.

¿Qué demonio de libro sería aquél? Probablemente alguna novela de
Daudet, o, a todo tirar, de Guy de Maupassant... No quería pensar en la
posibilidad de que fuese de algún autor español contemporáneo, de un
amigo suyo sobre todo. ¡No lo permitiera Dios!

"Pero yo soy un texto vivo; yo valgo más que un folleto, que una
lucubración pasajera; ese volumen dentro de un año será una hoja seca,
olvidada; dentro de dos, un montón sucio de papel, y, moralmente,
polvo; en el recuerdo de los lectores que tenga, nada... y yo seré yo
todavía; un joven, viejo para la metafísica, pero rozagante, nuevo,
siempre nuevo para el amor, que es un dulce engaño compatible con todos
los nirvanas del mundo y con todas las obras pías.

"La literatura era una cosa _estúpida_; porque si era mala, era
estúpida por sí, y si era buena, era necio, inútil, entregarla al vulgo
que no puede comprenderla. Aquella señora, guapa y todo, con los ojos
pensadores y sus cejas cargadas de ideas nobles y de poesía, sería,
es claro, como las demás mujeres en el fondo; inteligente sólo en el
rostro, no de veras, no por dentro. Si el libro era bueno, caso poco
probable, no lo entendería, y si era malo, ¿por qué leerlo?"

Ello era que pasaban el tiempo y la campiña, y el marido no despertaba
ni la mujer dejaba la lectura que tan absorta la tenía.

Víctor no pudo más, y fué a la montaña, ya que la montaña no venía
a él. Buscó un pretexto para entablar conversación, o por lo menos
hacerse oir, y dijo:

--Señora, ¿le molestará a usted el humo... si...?

La dama levantó la cabeza, _vió_, en rigor por primera vez, a Cano;
y reparándole bien, eso sí, contestó, sonriendo con una sonrisa
inteligente, que, dijera él lo que quisiera, parecía hablar de
inteligencia de dentro:

--En este departamento está prohibido fumar...

--¡Ah! ¡No había visto!...

--Sí; pero fume usted lo que quiera, porque mi marido en cuanto
despierte no hará otra cosa en todo el día.

--¡Ah, no importa, yo no debo!...

La dama, dulcemente seria, con una mirada tan sincera por lo menos como
la literatura de última hora de Víctor, replicó:

--Le aseguro a usted que el tabaco no me molesta absolutamente nada;
fume usted lo que quiera.

Y volvió a la lectura.

Víctor se vió más humillado que antes y sin saber qué haría de aquella
licencia que se le había otorgado, y que probablemente sería la última
contravención al orden social a que le autorizaría aquella dama de la
novela, o lo que fuese.

Cuando despertó el señor Carrasco, el digno esposo de la desconocida,
la conversación prendió fuego más fácilmente; fumaron los dos
españoles, y la señora de cuando en cuando dejaba la lectura y terciaba
en el diálogo.

En cuanto supo Víctor que el distinguido académico de la Historia,
señor Carrasco, y su esposa iban a baños a un puerto muy animado y
pintoresco del Norte, dió una palmada de satisfacción, aplaudiendo la
_feliz casualidad_ de ir todos con igual destino; él también iba a
veranear aquel año en Z... En efecto, en cuanto tuvo ocasión arregló
en una de las estaciones del tránsito el cambio de itinerario y se
aseguró de que su equipaje le acompañaría en el nuevo camino que
seguía. Todo se arregla con dinero y buenas palabras.

Los de Carrasco no sospecharon la mentira, ni pensaron en tal cosa.
Ello fué que en Z... siguieron tratándose, como era natural; pero es
de advertir que Víctor, por suspicacia de autor, de artista, cuyo amor
propio vive irritado, aun mucho después de que se le dé por muerto,
no quiso decir a sus nuevos amigos su verdadero nombre; tomó el de un
pariente muerto, y vivió en Z... como un malhechor o un conspirador
que oculta su estado civil. Tuvo miedo de que al decir a la señora de
Carrasco, Cristina: "Yo soy Víctor Cano", a ella no le sonaran a nada
o le sonaran a poco estas dos palabras juntas. Muchas veces le había
sucedido encontrarse con personas a quien se debía suponer regular
ilustración y conocimiento mediano de las letras contemporáneas, que no
sabían quién era Cano, o sabían muy poco de él y sus obras. Si Cristina
recibía el nombre con indiferencia, ignorante de su fama, o teniendo de
ella escasas noticias, Víctor comprendía que su amor propio padecería
mucho, y para desagravio de sus fueros lastimados le obligaría a él, al
enamorado Víctor, a tener en poco las luces naturales y adquiridas de
una señora que no sabía quién era el autor de _Los Humildes_, su obra
de más resonancia. Amó, pues, de incógnito, y de incógnito empezó a
poner en planta un plan de seducción espiritual, al que se prestaba,
como pronto pudo conocer con sorpresa y alegría, el carácter soñador y
caviloso de la señora de Carrasco.

                   *       *       *       *       *

La parte material, el teatro, por decirlo así, de la aventura iniciada,
puede figurárselo el lector que haya vivido en una playa en verano
y haya tenido amoríos, o pretensiones a lo menos, en ocasión tan
propicia; los que no, pueden recurrir al recuerdo de cien y cien
novelas, y cuentos y comedias en que el mar, la arena, los marineros y
demás partes de por medio y decoraciones adecuadas hacen el gasto.

El señor Carrasco, el eximio académico de la Historia, era tan
aficionado como a sondar los arcanos de lo pasado, a sondar el fondo
de las aguas donde podía sospecharse que había pesca; pescaba desde
que Dios mandaba la luz al mundo, y cuando no podía, revolvía la arena
en busca de conchas pintadas, restos de esos humildes animalitos que
otros más fuertes persiguen y que por amor a la paz, a la tranquilidad,
se resignan a vivir enterrados, bajo la arena, donde no estorban ni
excitan la voracidad del fuerte. Mientras el académico penetraba con el
tentáculo de la caña y el anzuelo en lo recóndito del agua, o revolvía
con su bastón la blanda y deleznable arena, su mujer, paseando al
borde de las espumas, sondaba los misterios del alma guiada por el
inteligente buzo de oficio Víctor Cano.

Durante los primeros días de la estancia en Z..., Víctor había visto
alguna veces a Cristina leyendo, ora en la playa, ora en un pinar
cercano, ya en la galería del balneario, ya en el comedor de la fonda,
un libro forrado con un periódico, el mismo probablemente que él había
aborrecido en el tren. Pero notaba con satisfacción el galán audaz que
la de Carrasco leía poco, y en llegando él pronto dejaba el volumen.
Hasta la oyó quejarse, riéndose, de lo atrasada que llevaba la lectura
dichosa. "Si sigo así, tengo con un libro para todo el verano." Ni
Víctor le preguntó jamás de qué obra se trataba (tanto era su desprecio
y su horror a las letras por entonces), ni ella dejó nunca de ocultar
el volumen en cuanto veía acercarse al nuevo amigo.

Por unos quince días la victoria indudablemente fué del texto vivo;
Cristina olvidó por completo las letras de molde y oyó con atención
seria, como meditaba aquella madrugada ante una taza de café, oyó las
disquisiciones de moral extraordinaria y de psicología delicada y
escogida con que Víctor iba preparándola para escuchar sin escándalo la
declaración _sui generis_ y de quinta esencia en que tenía que parar
todo aquello.

Cano, con la mejor fe del mundo, persuadido, a fuerza de imaginación,
de que estaba poética y místicamente enamorado, en la playa,
en el pinar, en los maizales, en el prado oloroso, en todas
partes, le recitaba a Cristina con fogosa elocuencia las teorías
metafísico-amorosas de su penúltima _manera_, las que había vertido,
como quien envenena un puñal, en la prosa de acero de su penúltimo
libro. Según estas ideas, había moral, claro que sí; el positivismo y
sus consecuencias éticas eran groserías horrorosas; el cristianismo
tenía razón a la larga y en conjunto...; pero la moral era relativa, a
saber: no había preceptos generales, abstractos, sino en corto número;
lo más de la moral tenía que ser casuístico (y aquí una defensa del
jesuitismo, aunque condicional, un panegírico de Ignacio de Loyola
y del Talmud). Los espíritus grandes, escogidos, no necesitaban los
mismos preceptos que el vulgo materialista y grosero; demasiado
aborrecía la carne el alma enferma de idealidad; lejos de hacérsela
odiosa, como un peligro, se la debía inclinar a transigir con ella, con
la carne, mediante los cosméticos del arte, mediante el dogma de la
santa alegría. En el mundo estaba el amor, la redención perpetua; el
amor verdadero, que era cosa para muy pocos; cuando dos almas capaces
de comprenderlo y sentirlo se encontraban, la ley era armarse, por
encima de obstáculos del orden civil, buenos, en general, para contener
las pasiones de la muchedumbre, pero inútiles, perniciosos, ridículos,
tratándose de quien no había de llevar tan santa cosa como es la pasión
única, animadora, por el camino de la torpeza y la lascivia... Por
ahí adelante, y además por aquellos trigos de Dios (y si no trigos,
maizales y bosques de pinos), llevaba Víctor a Cristina, que oía y
meditaba, y no sospechaba, o fingía no sospechar, lo que venía detrás
de tales lecciones.

Llegó él a creerla persuadida de que el matrimonio era un accidente
insignificante, tratándose de almas místicas a la moderna. "Era absurdo
proclamar el divorcio para facilitar la descomposición de la familia
vulgar, para dar pábulo a la licencia plebeya; todo estaba bien como
estaba en la ley religiosa y en la civil; sólo que había excepciones
que la grosera expresión legal, vulgar, no podía tener en cuenta, ni
mucho menos puntualizar. ¿Cuándo llegaba el caso de la excepción?
Los dignos de ella eran los encargados de revelarlos a su propia
conciencia, mediante inspiración sentimental infalible."

Todo esto lo iba diciendo Víctor, no así de golpe y con términos duros
y abstractos, como lo digo yo que tengo prisa, sino entre párrafos de
filosofía poética y ante las decoraciones de bosque y marina _propias_
del caso.

                   *       *       *       *       *

Cuando la fruta le iba pareciendo ya muy madura y creía llegado el
tiempo de la recolección, notó Cano que la de Carrasco empezaba a
distraerse mientras él hablaba, y parecía meditar, no lo que él
decía, sino otras cosas. Una tarde que él creía la oportuna para la
declaración mística, encontró a Cristina dentro de una caseta, junto al
agua, leyendo hacia el final del libro forrado con un periódico.

Desde entonces pudo ver que la conversión de la buena _burguesa_
iba perdiendo terreno; oía ella con frialdad, a ratos con señalado
disgusto. Comprendió Víctor que a la dama se le ocurrían objeciones
que no exponía, pero que tenía presentes para su conducta. Estupefacto
y airado vió el seductor una mañana a su discípula sentada junto al
académico que pescaba _panchos_, mientras su esposa leía el libro de
siempre, y lo leía hacia la mitad. Es decir, que había vuelto a empezar
la lectura, que repasaba lo leído. ¡Y con qué avidez lo leía! Los ojos
le echaban chispas; la mejillas las tenía encendidas. Al llegar Víctor
cerró el volumen de repente, lo escondió bajo el chal, y mirando a
Carrasco con dulzura y simpatía, se le cogió del brazo que sujetaba la
caña.

--Suelta, mujer, que me quitas el tiento--dijo el sabio.

Y ella soltó, sonriendo, pero no obedecía las señas de Víctor, que,
como otras veces, pedían paseos filosóficos, un poco de excursión
peripatético-erótica.

Tanto terreno iba perdiendo el escritor abstinente, que llegó a la
situación desairada del que tiene que apagar la caldera de la pasión
elocuente por no caer en ridículo ante la frialdad que le rodea.

Llegó el día en que no pudo emplear siquiera el lenguaje fervoroso,
transportado de su misticismo vidente; y entonces fué cuando, con
un realismo brutal, impropio de los antecedentes, declaró su amor
desesperado, batiéndose en vergonzosa fuga...

Cristina tuvo lástima; y, clavándole los ojos pensativos y cargados de
lectura con que le miraba hacía tantos días, le dijo:

--Mire usted, Florez, le perdono, porque he tenido yo la culpa de
que usted pudiera llegar a tal extremo. No ha sido coquetería; ha
sido... que todos somos débiles; que usted ha sido elocuente, y yo iba
haciéndome intrincada y _excepcional_..., porque sus palabras parecían
un filtro de melodrama... Pero, francamente, llega usted tarde. Otro ha
corrido más. No se asuste usted... Su rival... es un libro. Ni siquiera
recuerdo el nombre del autor, porque yo, poco literata, hago como
muchas mujeres que no suelen enterarse del nombre de quien las deleita
con sus invenciones. Pensaba este verano llenarme la cabeza de novelas;
comencé en el tren una, la primera que cogí, y empezó a interesarme
mucho; después... llegó usted... con sus novelas de viva voz, y, se
lo confieso, por muchos días me hizo abandonar el libro; pero en la
lucha, que era natural que dentro de mí mantuviera mi _vulgaridad_
materialista y grosera de _burguesa honrada_, con la hembra excepcional
que íbamos descubriendo, me acordé de lo que había visto en los
primeros capítulos de aquel libro extraño... Volví a él... y poco a
poco me llenó el alma; ahora lo entendía mejor, ahora le penetraba todo
el sentido... Eran ustedes rivales... y venció él. Porque él da por
sabido todo eso que usted me cuenta..., lo entiende, lo siente... y no
lo aprueba; va más allá, está de vuelta y me restituye a mi prosa de
la vida vulgar honrada, me enseña el idealismo del deber cumplido, me
hace odiar los ensueños que dan en el pecado, me revela la poesía de la
_moral corriente_, que demuestra que el colmo del misticismo estético,
de la quinta esencia psicológica, está cifrado en ser una persona
decente, y que no lo es la mujer que falta a la fidelidad jurada a su
marido. Todo esto, que yo digo tan mal, lo dice, con tanta o más poesía
que usted sus cosas, este libro.

Cristina mostró el volumen de mi cuento, y añadió:

--Si de alguien pudiera yo enamorarme sería del autor de este libro;
pero la mejor manera de rendirle el tributo de admiración que
merece..., es obedecer su doctrina... y, por consiguiente, enamorarse
sólo del humilde y santo deber.

Víctor no pudo contenerse más, y tendiendo las manos hacia el regazo de
Cristina, donde estaba el volumen que antes odiaba, gritó:

--¡Por Dios, señora, pronto; el nombre de ese libro..., el autor!...

Cristina se puso en pie, y rechazando a Víctor, como si temiera que el
contacto de aquel hombre manchara el texto que veneraba, dió un paso
atrás, y abriendo el libro por la primera hoja, leyó: "_El Concilio de
Trento_, por Víctor Cano."

Tembló el literato de pies a cabeza; se sintió partido en dos; pero
pudo en él más la vanidad que la vergüenza, y sin tratar de reprimirse,
exclamó:

--Señora, Víctor Cano soy yo; no soy Florez; yo he escrito esa novela.

En el rostro que palideció de repente, de Cristina, se pintó un gesto
de dolor y repugnancia, de desengaño insoportable; y la dama seria,
noble, de alma sincera, dando algunos pasos para alejarse, dijo con voz
muy triste:

--Lo siento.



                               PROTESTO

                                   I


Este D. Fermín Zaldúa, en cuanto tuvo uso de razón, y fué muy pronto,
por no perder el tiempo, no pensó en otra cosa más que en hacer
dinero. Como para los negocios no sirven los muchachos, porque la
ley no lo consiente, D. Fermín sobornó al tiempo y se las compuso de
modo que pasó atropelladamente por la infancia, por la adolescencia y
por la primera juventud, para ser cuanto antes un hombre en el pleno
uso de sus derechos civiles; y en cuanto se vió mayor de edad, se
puso a pensar si tendría él algo que reclamar por el beneficio de la
restitución _in integrum_. Pero ¡ca! Ni un ochavo tenía que restituirle
alma nacida, porque, menor y todo, nadie le ponía el pie delante en
lo de negociar con astucia, en la estrecha esfera en que la ley hasta
entonces se lo permitía. Tan poca importancia daba él a todos los años
de su vida en que no había podido contratar, ni hacer grandes negocios,
por consiguiente, que había olvidado casi por completo la inocente
edad infantil y la que sigue con sus dulces ilusiones, que él no había
tenido, para evitarse el disgusto de perderlas. Nunca perdió nada don
Fermín, y así, aunque devoto y aun supersticioso, como luego veremos,
siempre se opuso terminantemente a aprender de memoria la oración de
San Antonio. ¿Para qué?--decía él--. ¡Si yo estoy seguro de que no he
de perder nunca nada!

--Sí tal--le dijo en una ocasión el cura de su parroquia, cuando Fermín
ya era muy hombre--, sí tal; puede usted perder una cosa...: el alma.

--De que eso no suceda--replicó Zaldúa--ya cuidaré yo a su tiempo. Por
ahora a lo que estamos. Ya verá usted, señor cura, cómo no pierdo nada.
Procedamos con orden.

El que mucho abarca poco aprieta. Yo me entiendo.

Lo único de su niñez que Zaldúa recordaba con gusto y con provecho, era
la gracia que desde muy temprano tuvo de hacer parir dinero al dinero
y a otras muchas cosas. Pocos objetos hay en el mundo, pensaba él, que
no tengan dentro algunos reales por lo menos; el caso está en saber
retorcer y estrujar las cosas para que suden cuartos.

Y lo que hacía el muchacho era juntarse con los chicos viciosos, que
fumaban, jugaban y robaban en casa dinero o prendas de algún valor. No
los seguía por imitarlos, sino por sacarlos de apuros, cuando carecían
de pecunia, cuando perdían al juego, cuando tenían que restituir el
dinero cogido a la familia o las prendas empeñadas. Fermín adelantaba
la plata necesaria...; pero era con interés. Y nunca prestaba sino
con garantías, que solían consistir en la superioridad de sus puños,
porque procuraba siempre que fueran más débiles que él sus deudores, y
el miedo le guardaba la viña.

Llegó a ser hombre y se dedicó al único encanto que le encontraba a la
vida, que era la virtud del dinero de parir dinero. Era una especie
de Sócrates crematístico; Sócrates, como su madre Fenaretes, matrona
partera, se dedicaba a ayudar a parir..., pero ideas. Zaldúa era
comadrón del treinta por ciento.

Todo es según se mira: su avaricia era cosa de su genio; era él un
genio de la ganancia. De una casa de banca ajena pronto pasó a otra
propia; llegó en pocos años a ser el banquero más atrevido, sin
dejar de ser prudente, más lince, más afortunado de la plaza, que
era importante; y no tardó su crédito en ser cosa muy superior a la
esfera de los negocios locales, y aun provinciales, y aun nacionales;
emprendió grandes negocios en el extranjero, fué su fama universal,
y a todo esto él, que tenía el ojo puesto en todas las plazas y en
todos los grandes negocios del mundo, no se movía de su pueblo, donde
iba haciendo los necesarios gastos de ostentación, como quien pone
mercancías en un escaparate. Hizo un palacio, gran palacio, rodeado
de jardines; trajo lujosos trenes de París y Londres, cuando lo creyó
oportuno, y lo creyó oportuno cuando cumplió cincuenta años, y pensó
que era ya hora de ir preparando lo que él llamaba para sus adentros
_el otro negocio_.


                                  II

Aunque el cura aquel de su parroquia ya había muerto, otros quedaban,
pues curas nunca faltan: y D. Fermín Zaldúa, siempre que veía unos
manteos se acordaba de lo que le había dicho el párroco y de lo que él
le había replicado.

Ése era _el otro negocio_. Jamás había perdido ninguno, y las canas le
decían que estaba en el orden empezar a preparar el terreno para que,
por no perder, ni siquiera el alma se le perdiese.

No se tenía por más ni menos pecador que otros cien banqueros y
prestamistas. Engañar, había engañado al lucero del alba. Como que
sin engaño, según Zaldúa, no habría comercio, no habría cambio. Para
que el mundo marche, en todo contrato ha de salir perdiendo uno,
para que haya quien gane. Si los negocios se hicieran tablas como el
juego de damas, se acababa el mundo. Pero, en fin, no se trataba de
hacerse el inocente; así como jamás se había forjado ilusiones en sus
cálculos para negociar, tampoco ahora quería forjárselas en el _otro
negocio_: "A Dios--se decía--no he de engañarle, y el caso no es buscar
disculpas, sino remedios. Yo no puedo restituir a todos los que pueden
haber dejado un poco de lana en mis zarzales. ¡La de letras que yo
habré descontado! ¡La de préstamos hechos! No puede ser. No puedo ir
buscando uno por uno a todos los perjudicados; en gastos de correos
y en indagatorias se me iría más de lo que les debo. Por fortuna,
hay un Dios en los cielos que es acreedor de todos; todos le deben
todo lo que son, todo lo que tienen; y pagando a Dios lo que debo a
sus deudores, unifico mi deuda, y para mayor comodidad me valgo del
banquero de Dios en la tierra, que es la Iglesia. ¡Magnífico! Valor
recibido, y andando. Negocio hecho."

Comprendió Zaldúa que para festejar al clero, para gastar parte de sus
rentas en beneficio de la Iglesia, atrayéndose a sus sacerdotes, el
mejor reclamo era la opulencia; no porque los curas fuesen generalmente
amigos del poderoso y cortesanos de la abundancia y del lujo, sino
porque es claro que, siendo misión de una parte del clero pedir para
los pobres, para las causas pías, no han de postular donde no hay de
qué, ni han de andar oliendo dónde se guisa. Es preciso que se vea de
lejos la riqueza y que se conozca de lejos la buena voluntad de dar.
Ello fué que en cuanto quiso, Zaldúa vió su palacio lleno de levitas y
tuvo oratorio en casa; y, en fin, la piedad se le entró por las puertas
tan de rondón, que toda aquella riqueza y todo aquel lujo empezó a
oler así como a incienso; y los tapices y la plata y el oro labrados
de aquel palacio, con todos sus jaspes y estatuas y grandezas de mil
géneros, llegaron a parecer magnificencias de una catedral, de ésas que
enseñan con tanto orgullo los sacristanes de Toledo, de Sevilla, de
Córdoba, etc., etc.

Limosnas abundantísimas y aun más fecundas por la sabiduría con que
se distribuyeron siempre; fundaciones piadosas de enseñanza, de asilo
para el vicio arrepentido, de pura devoción y aun de otras clases,
todas santas; todo esto y mucho más por el estilo, brotó del caudal
fabuloso de Zaldúa como de un manantial inagotable.

Mas, como no bastaba pagar con los bienes, sino que se había de
contribuir con prestaciones personales, D. Fermín, que cada día fué
tomando más en serio el negocio de la salvación, se entregó a la
práctica devota, y en manos de su director espiritual y _administrador_
místico D. Mamerto, maestrescuela de la Santa Iglesia Catedral,
fué convirtiéndose en paulino, en siervo de María, en cofrade del
Corazón de Jesús; y, lo que importaba más que todo, ayunó, frecuentó
los Sacramentos, huyó de lo que le mandaron huir, creyó cuanto le
mandaron creer, aborreció lo aborrecible; y, en fin, llegó a ser el
borrego más humilde y dócil de la diócesis; tanto, que D. Mamerto,
el maestrescuela, hombre listo, al ver oveja tan sumisa y de tantos
posibles, le llamaba para sus adentros "el _Toisón de Oro_".


                                  III

Todos los comerciantes saben que sin buena fe, sin honradez general en
los del oficio, no hay comercio posible; sin buena conducta, no hay
confianza, a la larga; sin confianza, no hay crédito; sin crédito,
no hay negocio. Por propio interés ha de ser el negociante limpio en
sus tratos; una cosa es la ganancia, con su engaño necesario, y la
trampa es otra cosa. Así pensaba Zaldúa, que debía gran parte de su
buen éxito a esta honradez formal; a esta seriedad y buena fe en los
negocios, una vez emprendidos los de ventaja. Pues bien; el mismo
criterio llevó a su _otro negocio_. Sería no conocerle pensar que él
había de ser hipócrita, escéptico: no; se aplicó de buena fe a las
prácticas religiosas, y si, modestamente, al sentir el dolor de sus
pecados, se contentó con el de atrición, fué porque comprendió, con su
gran golpe de vista, que no estaba la Magdalena para tafetanes, y que
a D. Fermín Zaldúa no había que pedirle la contrición, porque no la
entendía. Por temor al castigo, a _perder_ el alma, fué, pues, devoto;
pero este temor no fué fingido, y la creencia ciega, absoluta, que se
le pidió para salvarse, la tuvo sin empacho y sin el menor esfuerzo. No
comprendía cómo había quien se empeñaba en condenarse por el capricho
de no querer creer cuanto fuera necesario. Él lo creía todo, y aun
llegó, por una propensión común a los de su laya, a creer más de lo
conveniente, inclinándole al fetichismo disfrazado y a las más claras
supersticiones.

En tanto que Zaldúa edificaba el alma como podía, su palacio era
emporio de la devoción ostensible y aun ostentosa, eterno jubileo,
basílica de los negocios píos de toda la provincia, y a no ser
profanación excusable, llamáralo lonja de los contratos ultratelúricos.

Mas sucedió a lo mejor, y cuando el caudal de D. Fermín estaba
recibiendo los más fervientes y abundantes bocados de la piedad
solícita, que el diablo, o quien fuese, inspiró un sueño, endemoniado,
si fué del diablo, en efecto, al insigne banquero.

Soñó de esta manera. Había llegado la de vámonos; él se moría, se moría
sin remedio, y don Mamerto, a la cabecera de su lecho, le consolaba
diciendo:

--Ánimo, don Fermín, ánimo, que ahora viene la época de cosechar el
fruto de lo sembrado. Usted se muere, es verdad, pero ¿qué? ¿Ve usted
este papelito? ¿Sabe usted lo que es?--Y don Mamerto sacudía ante los
ojos del moribundo una papeleta larga y estrecha.

--Eso... parece una letra de cambio.

--Y eso es, efectivamente. Yo soy el librador y usted es el tomador;
usted me ha entregado a mí, es decir, ha entregado a la Iglesia, a los
pobres, a los hospitales, a las ánimas, la cantidad... equis.

--Un buen pico.

--¡Bueno! Pues bueno; ese pico mando yo, que tengo fondos colocados
en el cielo, porque ya sabe usted que ato y desato, que se lo paguen
a su espíritu de usted en el otro mundo, en buena moneda de la que
corre allí, que es la gracia de Dios, la felicidad eterna. A usted le
enterramos con este papelito sobre la barriga, y por el correo de la
sepultura esta letra llega a poder de su alma de usted, que se presenta
a cobrar ante San Pedro; es decir, a recibir el cacho de gloria, a la
vista, que le corresponda, sin necesidad de antesalas, ni plazos ni
_fechas_ de purgatorio...

Y en efecto; siguió don Fermín soñando que se había muerto, y que sobre
la barriga le habían puesto, como una recomendación o como uno de
aquellos viáticos en moneda y comestibles, que usaban los paganos para
enterrar sus muertos, le habían puesto la letra a la vista que su alma
había de cobrar en el cielo.

Y después él ya no era él, sino su alma, que con gran frescura se
presentaba en la portería de San Pedro, que además de portería era un
Banco, a cobrar la letra de don Mamerto.

Pero fué el caso que el Apóstol, arrugado el entrecejo, leyó y releyó
el documento, le dió mil vueltas, y por fin, sin mirar al portador dijo
mal humorado:

--¡Ni pago ni acepto!

El alma de Zaldúa hizo ni más ni menos lo que su propietario D.
Fermín hubiera hecho en la tierra en situación semejante. No gastó el
tiempo en palabras vanas, sino que inmediatamente se fué a buscar un
notario, y antes de la puesta del sol del día siguiente, se extendió
el correspondiente protesto, con todos los requisitos de la sección
octava, del título décimo del libro segundo del Código de Comercio
vigente; y D. Fermín, su alma, dejó copia del tal protesto, en papel
común, al príncipe de los apóstoles.

Y el cuerpo miserable del avaro, del capitalista devoto, ya encentado
por los gusanos, se encontró en su sepultura con un papel sobre la
barriga; pero un papel de más bulto y de otra forma que la letra de
cambio que él había mandado al cielo.

Era el protesto.

Todo lo que había sacado en limpio de sus afanes por el _otro negocio_.

Ni siquiera le quedaba el consuelo de presentarse en juicio a exigir
del librador, del pícaro D. Mamerto, los gastos del protesto ni las
demás responsabilidades, porque la sepultura estaba cerrada a cal y
canto, y además los pies los tenía ya hechos polvo.


                                  IV

Cuando despertó D. Fermín, vió a la cabecera de su cama al
maestrescuela, que le sonreía complaciente y aguardaba su despertar,
para recordarle la promesa de pagar toda la obra de fábrica de una
nueva y costosísima institución piadosa.

--Dígame usted, amigo don Mamerto--preguntó Zaldúa, cabizbajo y
cejijunto como el San Pedro que no había aceptado la letra--, ¿debe
creerse en aquellos sueños que parecen providenciales, que están
compuestos con imágenes que pertenecen a las cosas de nuestra
sacrosanta religión, y nos dan una gran lección moral y sano aviso para
la conducta futura?

--¡Y cómo si debe creerse!--se apresuró a contestar el canónigo, que
en un instante hizo su composición de lugar, pero trocando los frenos
y equivocándose de medio a medio, a pesar de que era tan listo--.
Hasta el pagano Homero, el gran poeta, ha dicho que los sueños vienen
de Júpiter. Para el cristiano vienen del único Dios verdadero. En la
Biblia tiene usted ejemplos respetables del gran valor de los sueños.
Ve usted primero a Josef interpretando los sueños de Faraón, y más
adelante a Daniel explicándole a Nabucodonosor...

--Pues este Nabucodonosor que tiene usted delante, mi señor don
Mamerto, no necesita que nadie le explique lo que ha soñado, que harto
lo entiende. Y como yo me entiendo, a usted sólo le importa saber que
en adelante pueden usted y todo el cabildo, y cuantos hombres se visten
por la cabeza, contar con mi amistad..., pero no con mi bolsa. Hoy no
se fía aquí, mañana tampoco.

Pidió D. Mamerto explicaciones, y a fuerza de mucho rogar logró que D.
Fermín le contase el sueño del protesto.

Quiso el maestrescuela tomarlo a risa; pero al ver la seriedad del
otro, que ponía toda la fuerza de su fe supersticiosa en atenerse a la
lección del protesto, quemó el canónigo el último cartucho diciendo:

--El sueño de usted es falso, es satánico; y lo pruebo probando que es
inverosímil. Primeramente, niego que haya podido hacerse en el cielo
un protesto..., porque es evidente que en el cielo no hay escribanos.
Además, en el cielo no puede cumplirse con el requisito de extender el
protesto antes de la puesta del sol del día siguiente..., porque en
el cielo no hay noche ni día, ni el sol se pone, porque todo es sol, y
luz, y gloria, en aquellas regiones.

Y como D. Fermín insistiera en su superchería, moviendo a un lado y
a otro la cabeza, don Mamerto, irritado, y echándolo a rodar todo,
exclamó:

--Y por último... niego... el portador. No es posible que su alma de
usted se presentara a cobrar la letra... ¡porque los usureros no tienen
alma!

--Tal creo--dijo D. Fermín, sonriendo muy contento y algo socarrón--; y
como no la tenemos, mal podemos perderla.

Por eso, si viviera el cura aquel de mi parroquia, le demostraría
que yo no puedo perder nada. Ni siquiera he perdido el dinero que he
empleado en cosas devotas, porque la fama de santo ayuda al crédito.
Pero como ya he gastado bastante en anuncios, ni pago esa obra de
fábrica... ni aprendo la oración de San Antonio.



                            LA YERNOCRACIA


Hablaba yo de política días pasados con mi buen amigo Aurelio Marco,
gran filósofo _fin de siècle_ y padre de familia no tan _filosófico_,
pues su blandura doméstica no se aviene con los preceptos de la
modernísima pedagogía, que le pide a cualquiera, en cuanto tiene un
hijo, más condiciones de capitán general y de hombre de Estado que a
Napoleón o a Julio César.

Y me decía Aurelio Marco:

--Es verdad; estamos hace algún tiempo en plena yernocracia: como a ti,
eso me irritaba tiempo atrás, y ahora... me enternece. Qué quieres;
me gusta la sinceridad en los afectos, en la conducta; me entusiasma
el entusiasmo verdadero, sentido realmente; y en cambio, me repugnan
el _pathos_[1] falso, la piedad y la virtud fingidas. Creo que el
hombre camina muy poco a poco del brutal egoísmo primitivo, sensual,
instintivo, al espiritual, reflexivo altruismo. Fuera de las rarísimas
excepciones de unas cuantas docenas de santos, se me antoja que hasta
ahora en la humanidad nadie ha querido de veras... a la sociedad, a esa
abstracción fría que se llama _los demás_, el prójimo, al cual se le
dan mil nombres para dorarle la píldora del menosprecio que nos inspira.


El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egoísta;
ya por lo que en él va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya de
nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quinta esencia
del egoísmo, colmo de la _autolatría_; porque el egoísmo vulgar se
contenta con adorarse a sí propio él solo, y el egoísmo que busca la
gloria, el egoísmo heroico..., busca la adoración de los demás: que el
mundo entero le ayude a ser egoísta. Por eso la gloria es deleznable...
claro, como que es contra naturaleza, una paradoja, el sacrificio del
egoísmo ajeno en aras del propio egoísmo.

Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el
progreso; lo que niego es que hayamos llegado, así, en masa, como obra
social, al _altruismo_ sincero. El día que cada cual quisiera a sus
conciudadanos de verdad, como se quiere a sí mismo, ya no hacía falta
la política, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso;
y por elipsis o hipocresía, como quieras llamarlo, convenimos todos en
que cuando hablamos de sacrificios por amor al país... mentimos, tal
vez sin saberlo; es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.

--Pero... entonces--interrumpí--, ¿dónde está el progreso?

--A ello voy. La evolución del amor humano no ha llegado todavía más
que a dar el primer paso sobre el abismo moral insondable del amor _a
otros_. ¡Oh, y es tanto eso! ¡Supone tanta idealidad! ¡Pregúntale a un
moribundo que ve cómo le dejan irse los que se quedan, si tiene gran
valor espiritual el esfuerzo de amar _de veras_ a lo que no es yo mismo!

--¡Qué lenguaje, Aurelio!

--No es pesimista, es la sinceridad pura. Pues bien; el primer paso en
el amor de los demás lo ha dado parte de la humanidad, no de un salto,
sino por el camino... del cordón umbilical...; las madres han llegado
a amar a sus hijos, lo que se llama amar. Los padres dignos de ser
madres, los padres-madres, hemos llegado también, por la misteriosa
unión de la sangre, a amar de veras a los hijos. El amor familiar es
el único progreso serio, grande, _real_, que ha hecho hasta ahora la
_sociología positiva_. Para los demás círculos sociales, la coacción,
la pena, el convencionalismo, los _sistemas_, los equilibrios, las
fórmulas, las hipocresías necesarias, la _razón de Estado_, lo del
_salus populi_ y otros arbitrios sucedáneos del amor verdadero; en la
familia, en sus primeros grados, ya existe el amor cierto, la argamasa
que puede unir las piedras para los cimientos del edificio social
futuro. Repara cómo nadie es utopista ni revolucionario en su casa; es
decir, nadie que haya llegado al amor real de la familia; porque fuera
de este amor quedan los solterones empedernidos y los muchísimos mal
casados y los no pocos padres descastados. No; en la familia buena
nadie habla de corregir los defectos domésticos con _ríos de sangre_,
ni de _reformar_ sacrificando miembros _podridos_, ni se conoce en
el hogar de hoy la pena de muerte, y puedes decir que no hay familia
_real_ donde, habiendo hijos, sea posible el divorcio.

¡Oh, lo que debe el mundo al cristianismo en este punto no se ha
comprendido bien todavía!

--Pero... ¿y la yernocracia?

--Ahora vamos. La yernocracia ha venido después del _nepotismo_,
debiendo haber venido antes; lo cual prueba que el nepotismo era un
falso progreso, por venir fuera de su sitio; un egoísmo disfrazado de
altruismo familiar. Así y todo, en ciertos casos, el nepotismo ha sido
simpático, por lo que se parecía al verdadero amor familiar; simpático
del todo cuando, en efecto, se trataba de hijos a quien por decoro
había que llamar sobrinos. El nepotismo eclesiástico, el de los Papas,
acaso principalmente, fué por esto una _sinceridad_ disfrazada, se
llevaba a la política el amor familiar, filial, por el rodeo fingido
del lazo colateral. En el rigor etimológico, el nepotismo significaría
la influencia política del amor a los hijos de los hijos, porque en
buen latín _nepos_, es el nieto; pero en latín de baja latinidad,
_nepos_ pasó a ser el sobrino; en la realidad, muchas veces el
_nepotismo_ fué la protección del hijo a quien la sociedad negaba esta
gran categoría, y había que compensarle con otros honores.

Nuestra hipocresía social no consiente la _filiocracia_ franca, y
después del nepotismo, que era o un disfraz de la _filiocracia_ o un
disfraz del egoísmo, aparece la yernocracia..., que es el gobierno de
la hija, matriz sublime del amor paternal.

¡La hija, mi Rosina!

                   *       *       *       *       *

Calló Aurelio Marco, conmovido por sus recuerdos, por las imágenes que
le traía la asociación de ideas.

Cuando volvió a hablar, noté que en cierto modo había perdido el hilo,
o por lo menos, volvía a tomarlo de atrás, porque dijo:

--El nepotismo es, generalmente, cuando se trata de verdaderos
sobrinos, la familia refugio, la familia imposición; algo como el
dinero para el avaro viejo; una mano a que nos agarramos en el trance
de caducar y morir. El sobrino imita la familia real que no tuvimos
o que perdimos; el sobrino finge amor en los días de decadencia; el
sobrino puede imponerse a la debilidad senil. Esto no es el verdadero
amor familiar; lo que se hace en política por el sobrino suele ser
egoísmo, o miedo, o precaución, o pago de servicios: egoísmo.

Sin embargo, es claro que hay casos interesantes, que enternecen, en
el nepotismo. El ejemplo de Bossuet lo prueba. El hombre integérrimo,
independiente, que echaba al rey-sol en cara sus manchas morales, no
pudo en los días tristes de su vejez extrema abstenerse de solicitar
el favor cortesano. Sufría, dice un historiador, el horrible mal _de
piedra_, y sus indignos sobrinos, sabiendo que no era rico y que,
según él decía, "sus parientes no se aprovecharían de los bienes de
la Iglesia", no cesaban de torturarle, obligándole continuamente a
trasladarse de Meaux a la corte para implorar favores de todas clases;
y el grande hombre tenía que hacer antesalas y sufrir desaires y
burlas de los cortesanos; hasta que en uno de estos tristes viajes de
pretendiente murió en París en 1704. Ése es un caso de _nepotismo_
que da pena y que hace amar al buen sacerdote. Bossuet fué puro, sus
sobrinos eran sobrinos.

--Pero... ¿y la yernocracia?

--A eso voy. ¿Conoces a Rosina? Es una reina de Saba de tres años y
medio, el sol a domicilio; parece un gran juguete de lujo... con alma.
Sacude la cabellera de oro, con aire imperial, como Júpiter maneja
el rayo; de su vocecita de mil tonos y registros hace una gama de
edictos, decretos y rescriptos, y si me mira airada, siento sobre mí
la excomunión de un ángel. Es carne de mi carne, ungida con el óleo
sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora,
rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores,
pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero aún no
nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle
pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos
de la educación. A los dos años se erguía en su silla de brazos, a la
hora de comer, y no cejaba jamás en su empeño de ponerse en pie sobre
el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones,
metió un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable
_educación_... pero adorable criatura. ¡Oh, si no tuviera que crecer,
no la educaba; y pasaría la vida metiendo los pies en el caldo! Más que
a su madre, más que a mí, quiere a ratos la reina de Saba a _Maolito_,
su novio, un vecino de siete años, mucho más hermoso que yo y sin
barbas que piquen al besarle.

_Maolito_ es nuestro eterno convidado; Rosina le sienta junto a sí,
y entre cucharada y cucharada le admira, le adora... y le palpa,
untándole la cara de grasa y otras lindezas. No cabe duda; mi hija está
enamorada a su manera, a lo ángel, de _Maolito_.

Una tarde, a los postres, Rosina gritó con su tono más imperativo y más
_apasionado_ y elocuente, con la voz a que yo no puedo resistir, a que
siempre me rindo...

--Papá... yo quere que papá sea rey (rey lo dice muy claro) y que haga
ministo y general a Maolito, que quere a mí...

--No, tonta--interrumpió _Maolito_, que tiene la precocidad de todos
los españoles--; tu papá no puede ser rey; di tú que quieres que sea
ministro y que me haga a mí subsecretario.

                   *       *       *       *       *

Calló otra vez Aurelio Marco y suspiró, y añadió después, como hablando
consigo mismo:

--¡Oh, qué remordimientos sentí oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi
Rosina! ¡Yo no podía ser rey ni ministro! Mis ensueños, mis escrúpulos,
mis aficiones, mis estudios, mi filosofía, me habían apartado de la
ambición y sus caminos; era inepto para político, no podía ya aspirar
a nada... ¡Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser hábil, por ser
ambicioso, por no tener escrúpulos, por tener influencia, distrito,
cartera, y sacrificarme por el país, plantear economías, reorganizarlo
todo, salvar a España y hacer a _Maolito_ subsecretario!


                              NOTAS:

[1] Pongo yo la _h_, ya que la habían de poner los cajistas, pero bien
sabe Dios que sobra.



                            UN VIEJO VERDE


Oid un cuento... ¿Que no le queréis naturalista? ¡Oh, no!, será
_idealista_, imposible... romántico.

                   *       *       *       *       *

Monasterio tendió el brazo, brilló la batuta en un rayo de luz verde,
y al conjuro, surgieron como convocadas, de una lontananza ideal, las
hadas invisibles de la armonía, las notas misteriosas, gnomos del
aire, del bronce y de las cuerdas. Era el alma de Beethoven, ruiseñor
inmortal, poesía eternamente insepulta, como larva de un héroe muerto
y olvidado en el campo de batalla; era el alma de Beethoven lo que
vibraba, llenando los ámbitos del Circo y llenando los espíritus de
la ideal melodía, edificante y seria de su música única; como un
contagio, la poesía sin palabras, el ensueño místico del arte, iba
dominando a los que oían, cual si un céfiro musical, volando sobre la
sala, subiendo de las butacas a los palcos y a las galerías, fuese, con
su dulzura, con su perfume de sonidos, infundiendo en todos el suave
adormecimiento de la vaga contemplación extática de la belleza rítmica.

El sol de fiesta de Madrid penetraba, disfrazado de mil colores, por
las altas vidrieras rojas, azules, verdes, moradas y amarillas; y como
polvo de las alas de las mariposas iban los corpúsculos iluminados
de aquellos haces alegres y mágicos a jugar con los matices de los
graciosos tocados de las damas, sacando lustre azul, de pluma de gallo,
al negro casco de la hermosa cabeza desnuda de la morena de un palco,
y más abajo, en la sala, dando reflejos de aurora boreal a las flores,
a la paja, a los tules de los sombreros graciosos y pintorescos que
anunciaban la primavera como las margaritas de un prado.

                   *       *       *       *       *

Desde un palco del centro oía la música, con más atención de la que
suelen prestar las damas en casos tales, Elisa Rojas, especie de
Minerva con ojos de esmeralda, frente purísima, solemne, inmaculada,
con la cabeza de armoniosas curvas, que, no se sabía por qué, hablaban
de inteligencia y de pasión, peinada como por un escultor en ébano.
Aquellas ondas de los rizos anchos y fijos recordaban las volutas y
las hojas de los chapiteles jónicos y corintios y estaban en dulce
armonía con la majestad hierática del busto, de contornos y movimientos
canónicos, casi simbólicos, pero sin afectación ni monotonía, con
sencillez y hasta con gracia. Elisa Rojas, la de los cien adoradores,
estaba enamorada del modo de amar de algunos hombres. Era coqueta como
quien es coleccionista. Amaba a los escogidos entre sus amadores con la
pasión de un bibliómano por los ejemplares raros y preciosos. Amaba,
sobre todo, sin que nadie lo sospechara, la constancia ajena: para
ella un adorador antiguo era un _incunable_. A su lado tenía aquella
tarde en otro palco, lleno de obscuridad, todo de hombres, su _biblia
de Gutenberg_, es decir, el ejemplar más antiguo, el amador cuyos
platónicos obsequios se perdían para ella en la noche de los tiempos.

_Aquel señor_, porque ya era un señor como de treinta y ocho a cuarenta
años, la quería, sí, la quería, bien segura estaba, desde que Elisa
recordaba tener malicia para pensar en tales cosas; antes de vestirse
ella de largo ya la admiraba él de lejos, y tenía presente lo pálido
que se había puesto la primera vez que la había visto arrastrando
cola, grave y modesta al lado de su madre. Y ya había llovido desde
entonces. Porque Elisa Rojas, sus amigas lo decían, ya no era niña, y
si no empezaba a parecer desairada su prolongada soltería, era sólo
porque constaba al mundo entero que tenía los pretendientes a patadas,
a hermosísimas patadas de un pie cruel y diminuto; pues era cada día
más bella y cada día más rica, gracias esto último a la prosperidad de
ciertos buenos negocios de la familia.

_Aquel señor_ tenía para Elisa, además, el mérito de que no podía
pretenderla. No sabía Elisa a punto fijo por qué; con gran discreción
y cautela había procurado indagar el estado de aquel misterioso
adorador, con quien no había hablado más que dos o tres veces en diez
años y nunca más de algunas docenas de palabras, entre la multitud,
acerca de cosas insignificantes, del momento. Unos decían que era
casado y que su mujer se había vuelto loca y estaba en un manicomio;
otros, que era soltero, mas que estaba ligado a cierta dama por caso
de conciencia y ciertos compromisos legales...; ello era que a la de
Rojas le constaba que _aquel señor_ no podía pretender amores lícitos,
los únicos posibles con ella, y le constaba porque él mismo se lo había
dicho en el único papel que se había atrevido a enviarle en su vida.

Elisa tenía la costumbre, o el vicio, o lo que fuera, de alimentar
el fuego de sus apasionados con miradas intensas, largas, profundas,
de las que a cada amador de los predilectos le tocaba una cada mes,
próximamente. _Aquel señor_, que al principio no había sido de los más
favorecidos, llegó, a fuerza de constancia y de humildad, a merecer
el privilegio de una o dos de aquellas miradas en cada ocasión en que
se veían. Una noche, oyendo música también, Elisa, entregada a la
gratitud amorosa y llena de recuerdos de la contemplación callada,
dulce y discreta del hombre que se iba haciendo viejo adorándola,
no pudo resistir la tentación, mitad apasionada, mitad picaresca y
maleante, de clavar los ojos en los del triste caballero y ensayar en
aquella mirada una diabólica experiencia que parecía cosa de algún
fisiólogo de la Academia de ciencias del infierno: consistía la gracia
en querer decir con la mirada, sólo con la mirada, todo esto que en
aquel momento quiso ella pensar y sentir con toda seriedad: "Toma mi
alma; te beso el corazón con los ojos en premio a tu amor verdadero,
compañía eterna de mi vanidad, esclavo de mi capricho; fíjate bien,
este mirar es besarte, idealmente, como lo merece tu amor, que sé que
es purísimo, noble y humilde. No seré tuya más que en este instante y
de esta manera; pero ahora toda tuya, entiéndeme por Dios, te lo dicen
mis ojos y el acompañamiento de esa música, toda amores." Y _casi_
firmaron los ojos: Elisa, _tu_ Elisa. Algo debió de comprender _aquel
señor_; porque se puso muy pálido y, sin que lo notara nadie más que
la de Rojas, se sintió desfallecer y tuvo que apoyar la cabeza en una
columna que tenía al lado. En cuanto le volvieron las fuerzas, se
marchó del teatro en que esto sucedía. Al día siguiente, Elisa recibió,
bajo un sobre, estas palabras: "¡Mi divino imposible!" Nada más; pero
era él, estaba segura. Así supo que tal amante no podía pretenderla, y
si esto por una temporada la asustó y la obligó a esquivar las miradas
ansiosas de _aquel señor_, poco a poco volvió a la acariciada costumbre
y, con más intensidad y frecuencia que nunca, se dejó adorar y pagó
con los ojos aquella firmeza del que no esperaba nada. Nada. Llegó
la ocasión de ver el personaje _imposible_, pretendientes no mal
recibidos al lado de su ídolo, y supo hacer, a fuerza de sinceridad
y humildad y cordura, compatible con la dignidad más exquisita, que
Elisa, en vez de encontrar desairada la situación del que la adoraba
de lejos, sin poder decir palabra, sin poder _defenderse_, viese nueva
gracia, nuevas pruebas en la resignación necesaria, fatal, del que
no podía en rigor llamar rivales a los que aspiraban a lo que él no
podía pretender. Lo que no sabía Elisa era que _aquel señor_ no veía
las cosas tan claras como ella, y sólo a ratos, por ráfagas, creía no
estar en ridículo. Lo que más le iba preocupando cada mes, cada año que
pasaba, era naturalmente la edad, que le iba pareciendo impropia para
tales contemplaciones. Cada vez se retraía más; llegó tiempo en que la
de Rojas comprendió que _aquel señor_ ya no la buscaba; y sólo cuando
se encontraban por casualidad aprovechaba la feliz coyuntura para
admirarla, siempre con discreto disimulo, por no _poder otra cosa_,
porque no tenía fuerza para no admirarla. Con esto crecía en Elisa la
dulce lástima agradecida y apasionada, y cada encuentro de aquéllos lo
empleaba ella en acumular amor, locura de amor, en aquellos pobres ojos
que tantos años había sentido acariciándola con adoración muda, seria,
absoluta, eterna.

Mas era costumbre también en la de Rojas jugar con fuego, poner en
peligro los afectos que más la importaban, poner en caricatura, sin
pizca de sinceridad, por alarde de paradoja sentimental, lo que
admiraba, lo que quería, lo que respetaba. Así, cuando veía al amador
_incunable_ animarse un poco, poner gesto de satisfacción, de esperanza
loca, disparatada, ella, que no tenía por tan absurdas como él mismo
tales ilusiones, se gozaba en torturarle, en _probarle_, como el
bronce de un cañón, para lo que le bastaba una singular sonrisa, fría,
semiburlesca.

                   *       *       *       *       *

La tarde de mi cuento era solemne para _aquel señor_; por primera vez
en su vida el azar le había puesto en un palco, codo con codo, junto a
Elisa. Respiraba por primera vez en la atmósfera de su perfume. Elisa
estaba con su madre y otras señoras, que habían saludado al entrar a
alguno de los caballeros que acompañaban al _otro_. La de Rojas se
sentía a su pesar exaltada; la música y la presencia tan cercana de
aquel hombre la tenían en tal estado, que necesitaba, o marcharse a
llorar a solas _sin saber por qué_, o hablar mucho y destrozar el
alma con lo que dijera y atormentarse a sí propia diciendo cosas
que no sentía, despreciando lo digno de amor..., en fin, como otras
veces. Tenía una vaga conciencia, que la humillaba, de que hablando
formalmente no podría decir nada digno de la _Elisa ideal que aquel
hombre_ tendría en la cabeza. Sabía que era él un artista, un soñador,
un hombre de imaginación, de lectura, de reflexión... que ella, _a
pesar de todo_, hablaba como _las demás_, punto más punto menos. En
cuanto a él... tampoco hablaba apenas. Ella le oiría... y tampoco creía
digno de aquellos oídos nada de cuanto pudiera decir en tal ocasión él,
que había sabido callar tanto...

Un rayo de sol, atravesando allá arriba, cerca del techo, un cristal
verde, vino a caer sobre el grupo que formaban Elisa y su adorador,
tan cerca uno de otro por la primera vez en la vida. A un tiempo
sintieron y pensaron lo mismo, los dos se fijaron en aquel lazo de
luz que los unía tan idealmente, en pura ilusión óptica, como la paz
que simboliza el arco iris. El hombre no pensó más que en esto, en
la luz; la mujer pensó, además, en seguida, en el color verde. Y se
dijo: "Debo de parecer una muerta", y de un salto gracioso salió de
la brillante aureola y se sentó en una silla cercana y en la sombra.
_Aquel señor_ no se movió. Sus amigos se fijaron en el matiz uniforme,
fúnebre que aquel rayo de luz echaba sobre él. Seguía Beethoven en el
uso de la orquesta, y no era discreto hablar mucho ni en voz alta. A
las bromas de sus compañeros, el enamorado caballero no contestó más
que sonriendo. Pero las damas que acompañaban a Elisa notaron también
la extraña apariencia que la luz verde daba al caballero aquel.

La de Rojas sintió una tentación invencible, que después reputó
criminal, de decir, en voz bastante alta para que su adorador pudiera
oirla, _un chiste_, un retruécano, o lo que fuese, que se le había
ocurrido, y que para ella y para él tenía más alcance que para los
demás.

Miró con franqueza, con la sonrisa diabólica en los labios, al infeliz
caballero que se moría por ella..., y dijo, como para los de su palco
sólo, pero segura de ser oída por él:

--Ahí tenéis lo que se llama... _un viejo verde_.

Las amigas celebraron el chiste con risitas y miradas de inteligencia.

El _viejo verde_, que se había oído bautizar, no salió del palco hasta
que calló Beethoven. Salió del rayo de luz y entró en la obscuridad
para no salir de ella en su vida.

Elisa Rojas no volvió a verle.

Pasaron años y años; la de Rojas se casó con cualquiera, con la mejor
_proporción_ de las muchas que se le ofrecieron. Pero antes y después
del matrimonio, sus ensueños, sus melancolías y aun sus remordimientos,
fueron en busca del amor más antiguo, del _imposible_. Tardó mucho en
olvidarle, nunca le olvidó del todo: al principio sintió su ausencia
más que un rey destronado la corona perdida, como un ídolo pudiera
sentir la desaparición de su culto. Se vió Elisa como un _dios en
el destierro_. En los días de crisis para su alma, cuando se sentía
humillada, despreciada, lloraba la ausencia de aquellos ojos siempre
fieles, como si fueran los de un amante verdadero, los ojos amados.
"_¡Aquel señor_ sí que me quería, aquél sí que me adoraba!"

Una noche de luna, en primavera, Elisa Rojas, con unas amigas inglesas,
visitaba el cementerio civil, que también sirve para los protestantes,
en cierta ciudad marítima del Mediodía de España. Está aquel jardín,
que yo llamaré santo, como le llamaría religioso el derecho romano, en
el declive de una loma que muere en el mar. La luz de la luna besaba el
mármol de las tumbas, todas pulcras, las más con inscripciones de letra
gótica, en inglés o en alemán.

En un modesto pero elegante sarcófago, detrás del cristal de una urna,
Elisa leyó, sin más luz que aquélla de la noche clara, al rayo de
la luna llena, sobre el mármol negro del nicho, una breve y extraña
inscripción, en relieve, con letras de serpentina. Estaba en español y
decía: "_Un viejo verde_."

De repente sintió la seguridad absoluta de que _aquel viejo verde_ era
el suyo. Sintió esta seguridad porque, al mismo tiempo que el de su
remordimiento, le estalló en la cabeza el recuerdo de que una de las
poquísimas veces que _aquel señor_ la había oído hablar, había sido en
ocasión en que ella describía aquel _cementerio protestante_ que ya
había visto otra vez, siendo niña, y que la había impresionado mucho.

"¡Por mí, pensó, se enterró como un pagano! Como lo que era, pues yo
fuí su diosa."

Sin que nadie la viera, mientras sus amigas inglesas admiraban los
efectos de luna en aquella soledad de los muertos, se quitó un
pendiente, y con el brillante que lo adornaba, sobre el cristal de
aquella urna, detrás del que se leía "Un viejo verde", escribió a
tientas y temblando: "Mis amores."

                   *       *       *       *       *

Me parece que el cuento no puede ser más romántico, más _imposible_...



                             CUENTO FUTURO

                                   I


La humanidad de la tierra se había cansado de dar vueltas mil y mil
veces alrededor de las mismas ideas, de las mismas costumbres, de los
mismos dolores y de los mismos placeres. Hasta se había cansado de
dar vueltas alrededor del mismo sol. Este cansancio último lo había
descubierto un poeta lírico del género de los desesperados que, no
sabiendo ya qué inventar, inventó eso: el _cansancio del sol_. El tal
poeta era francés, como no podía ser menos, y decía en el prólogo de
su libro, titulado _Heliofobe_: "C'est bête de tourner toujours comme
ça. A quoi bon cette sotisse eternelle?... Le soleil, ce bourgeois,
m'embète avec ses platitudes..." etc., etc.

El traductor español de este libro decía: "_Es bestia_ esto de dar
siempre vueltas así. ¿_A qué bueno_ esta tontería eterna? El sol, ese
burgués, me _embiste_ con sus _platitudes_ enojosas. _Él_ cree hacernos
un gran favor quedándose ahí plantado, sirviendo de fogón en esta gran
cocina económica que se llama el sistema planetario. Los planetas
son los pucheros puestos a la lumbre; y el himno de los astros, que
Pitágoras creía oir, no es más que el _grillo del hogar_, el prosaico
chisporroteo del carbón y el bullir del agua de la caldera... ¡Basta
de olla podrida! Apaguemos el sol, aventemos las cenizas del hogar.
El gran hastío de la luz meridiana ha inspirado este _pequeño libro_.
¡_Que él_ es sincero! ¡_Que él_ es la expresión fiel de un orgullo
noble que desprecia favores que no ha solicitado, halagos de los rayos
lumínicos que le parecen cadenas insoportables!

"_Él tendrá bello_ el sol obstinándose en ser benéfico; al fin es un
tirano; la emancipación de la humanidad no será completa hasta el día
que desatemos este yugo y dejemos de ser satélites de ese reyezuelo
miserable del día, vanidoso y fanfarrón, que después de todo no es más
que un esclavo que sigue la carrera triunfal de un señor invisible."

El prólogo seguía diciendo disparates que no hay tiempo para copiar
aquí, y el traductor seguía soltando galicismos.

Ello fué que el libro _hizo furor_, sobre todo en el África Central y
en el Ecuador, donde todos aseguraban que el sol ya los tenía fritos.

Se vendieron 800 millones de ejemplares franceses y 300 ejemplares de
la traducción española; verdad es que éstos no en la Península, sino
en América, donde continuaban los libreros haciendo su agosto sin
necesidad de entenderse con la antiquísima metrópoli.

Después del poeta vinieron los filósofos y los políticos, sosteniendo
lo que ya se llamaba universalmente la _Heliofobia_.

La ciencia discutió en Academias, Congresos y _sección de variedades_
en los periódicos: 1.º, si la vida sería posible separando la Tierra
del Sol y dejándola correr libre por el vacío hasta engancharse con
otro sistema; 2.º, si habría medio, dado lo mucho que las ciencias
físicas habían adelantado, de romper el yugo de Febo y dejarse caer en
lo infinito.

Los sabios dijeron que sí y que no, y que qué sabían ellos respecto de
ambas cuestiones.

Algunos especialistas prometieron romper la fuerza centrípeta como
quien corta un pelo; pero pedían una subvención, y la mayor parte
de los Gobiernos seguían con el agua al cuello y no estaban para
subvencionar estas cosas. En España, donde también había Gobierno y
especialistas, se redujo a prisión a varios arbitristas que ofrecieron
romper toda relación solar en un dos por tres.

Las oposiciones, que eran tantas como cabezas de familia había en la
nación, pusieron el grito en el cielo: dijeron los Perezistas y los
Alvarezistas y los Gomezistas, etc., etc., que era preciso derribar
aquel Gobierno opresor de la ciencia, etc.

Los obispos, contra los cuales hasta la fecha no habían prevalecido las
puertas del infierno, ensalzaban a todos los sabios e ignorantes que se
declaraban _heliófilos_.

"Bueno estaba que se acabase el mundo; que poco valía, pero debía
acabarse como en el texto sagrado se tenía dicho que había de acabar, y
no por enfriamiento, como sería seguro que concluiría si en efecto nos
alejábamos del sol..."

Una revista científica y retrógrada, que se llamaba _La Harmonía_,
recordaba a los _heliófobos_ una porción de textos bíblicos,
amenazándoles con el fin del mundo.

Decía el articulista:

"¡Ah, miserables! ¡Queréis que la Tierra se separe del Sol, huya
del día, para convertirse en la _estrella errática_, a la cual está
reservada eternamente la obscuridad y las tinieblas!, como dice San
Judas Apóstol en su Epístola Universal, v. 13. Queréis lo que ya está
anunciado, queréis la muerte; pero oid la palabra de verdad."

"Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán;
y desearán morir, y la muerte huirá de ellos. (Apocalipsis, cap. IX,
v. 6.)--Porque vuestro tormento es como tormento de escorpión; vuestro
mortal hastío, vuestro odio de la luz, vuestro afán de tinieblas,
vuestro cansancio de pensar y sentir, es tormento de escorpión; y
queréis la muerte por huir de las _langostas de cola metálica con
aguijones y con cabello de mujer_, por huir de las huestes de Abaddón.
En vano, en vano buscáis la muerte del mundo antes de que llegue su
hora, y por otros caminos de los que están anunciados. Vendrá la
muerte, sí, y bien pronto; se acabará el tiempo, como está escrito; los
cuatro ángeles vendrán en su día para matar la tercera parte de los
hombres. Pero no habéis de ser vosotros, mortales, quien dé las señales
del exterminio. ¡Ah, teméis al sol! Sí, teméis que de él descienda el
castigo; teméis que el sol sea la copa de fuego que ha de derramar
el ángel sobre la tierra; teméis quemaros con el calor, y morís
blasfemando y sin arrepentiros, como está anunciado. (Apocalipsis,
16-9.)--En vano, en vano queréis huir del sol, porque está escrito que
esta miserable Babilonia será quemada con fuego. (Ibid., 18-8.)"

Los sabios y los filósofos nada dijeron a _La Harmonía_, que no leían
siquiera. Los periódicos satíricos con caricaturas fueron los que se
encargaron de contestar al periodista _babilónico_, como le llamaron
ellos, poniéndole como ropa de pascua, y en caricaturas de colores.

Un sabio muy acreditado, que acababa de descubrir el _bacillus del
hambre_, y libraba a la humanidad doliente con inoculaciones de _caldo
gordo_, sabio aclamado por el mundo entero, y que ya tenía en todos
los continentes más estatuas que pelos en la cabeza, el Dr. Judas
Adambis, natural de Mozambique, emporio de las ciencias a la sazón,
Atenas moderna, Judas Adambis, tomó cartas en el asunto y escribió una
_Epístola Universal_, cuya primera edición vendió por una porción de
millones.

Un periódico popular de la época, conservador todavía, daba cuenta de
la carta del Dr. Adambis, copiando los párrafos culminantes.

El periódico, que era español, decía:

"Sentimos no poder publicar íntegra esta interesantísima epístola,
que está llamando la atención de todo el mundo civilizado, desde la
Patagonia a la Mancha, y desde el _helado hasta el ardiente polo_;
pero no podemos concederle más espacio, porque hoy es día de toros y
de lotería, y no hemos de prescindir ni de la lista grande, ni de la
corrida, la cual no pasó de mediana, entre paréntesis."

Dice así el Dr. Judas Adambis:

"... Yo creo que la humanidad de la tierra debe, en efecto, romper
las cadenas que la sujetan a este sistema planetario, miserable y
mezquino para los vuelos de la ambición del hombre. La solución que el
poeta francés nos propuso es magnífica, sublime...; pero no es más que
poesía. Hablemos claro, señores. ¿Qué es lo que se desea? Romper un
yugo ominoso, como dicen los políticos avanzados de la cáscara amarga.
¿Es que no puede llamarse la tierra libre e independiente, mientras
viva sujeta a la cadena impalpable que la ata al sol y la luna dé
vueltas alrededor del astro tiránico, como el mono que montado en un
perro y con el cordel al cuello, describe circunferencias alrededor
de su dueño haraposo? ¡Ah, no, señores! No es esto. Aquí hay algo más
que esto. No negaré yo que esta dependencia del sol nos humilla; sí,
nuestro orgullo padece con semejante sujeción. Pero eso es lo de menos.
Lo que quiere la humanidad es algo más que librarse del sol..., es
librarse de la vida.

"Lo que causa hastío insoportable a la humanidad no es tanto que el
sol esté plantado en medio del corro, haciéndonos dar vueltas a la
pista con sus latigazos de fuego, que una antigüedad remota llamó las
flechas de Apolo, como las vueltas mismas; esto, esto es lo tedioso:
este volteo por lo infinito. Hubo un tiempo, los sabios pueden decirlo,
feliz para el mundo: fué el tiempo en que se creyó en el progreso
indefinido.

"La ignorancia de tales épocas hacía creer a los pensadores que los
adelantos que podían notar en la vida humana, refiriéndose a los ciclos
históricos a que su escasa ciencia les permitía remontarse, eran buena
prueba de que el progreso era constante. Hoy nuestro conocimiento de la
historia del planeta no nos consiente formarnos semejantes ilusiones;
los cientos de siglos que antiguamente se atribuían a la vida humana
como hipótesis atrevida, hoy son perfectamente conocidos, con todos los
pormenores de su historia; hoy sabemos que el hombre vuelve siempre a
las andadas, que nuestra descendencia está condenaba a ser salvaje, y
sus descendientes remotos a ser, como nosotros, hombres aburridos de
puro civilizados. Éste es el volteo insoportable, aquí está la broma
pesada, lo que nos iguala al mísero histrión del circo ecuestre...
No se trata de una de tantas filosofías pesimistas, _charlatanas_ y
cobardes que han apestado al mundo. No se trata de una teoría, se
trata de un hecho viril: del suicidio universal. La ciencia y las
relaciones internacionales permiten hoy llevar a cabo tal intento.
El que suscribe sabe cómo puede realizarse el suicidio de todos los
habitantes del globo en un mismo segundo. ¿Lo acepta la humanidad?"


                                  II

La idea de Judas Adambis era el secreto deseo de la mayor parte de
los humanos. Tanto se había progresado en psicología, que no había
un mal zapatero de viejo que no fuera un Schopenhauer perfeccionado.
Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte,
_d'elite_ dilletanti, como ahora pueden serlo Ernesto Renán o Ernesto
García Ladevese. En siglos remotos, algunos literatos parisienses
habían convenido en que ellos, unos diez o doce, eran los únicos que
tenían dos dedos de frente; los únicos que sabían que la vida era una
bancarrota, _un aborto_, etc., etc. Pues bueno; en tiempos de Adambis,
la inmensa mayoría de la humanidad estaba al cabo de la calle; casi
todos estaban convencidos de eso, de que esto debía dar un estallido.
Pero, ¿cómo estallar? Ésta era la cuestión.

El doctor Adambis, no sólo había encontrado la fórmula de la aspiración
universal, sino que prometía facilitar el medio de poner en práctica su
grandiosa idea. El suicidio individual no resolvía nada; los suicidios
menudeaban; pero los partos felices mucho más. Crecía la población que
era un gusto, y por ahí no se iba a ninguna parte.

El suicidio en grandes masas se había ensayado varias veces, pero
no bastaba. Además, las sociedades de suicidas o _voluntarios
de la muerte_, que se habían creado en diferentes épocas, daban
pésimos resultados; siempre salíamos con que los accionistas y los
comanditarios de buena fe pagaban el pato, y los gestores sobrevivían y
quedaban gastándose los fondos de la sociedad. El caso era encontrar un
medio para realizar el suicidio universal.

Los Gobiernos de todos los países se entendieron con Judas Adambis,
el cual dijo que lo primero que necesitaba era un gran empréstito, y
además, la seguridad de que todas las naciones aceptaban su proyecto,
pues sin esto no revelaría su secreto ni comenzarían los trabajos
preparatorios de tan gran empresa.

Aunque ya no había Inglaterra hacía mucho tiempo, pues se la había
tragado el mar siglos atrás, no faltaban políticos anglómanos, y hubo
quien sacó a relucir el _hábeas corpus_ como argumento en contra.
Otros, no menos atrasados, hablaron de la _representación de las
minorías_. Ello era que no todos, absolutamente todos los hombres
aceptaban la muerte voluntaria.

El Papa, que vivía en Roma, ni más ni menos que San Pedro, dijo que ni
él ni los Reyes podían estar conformes con lo del suicidio universal;
que así no se podían cumplir las profecías. Un poeta muy leído por el
bello sexo, aseguró que el mundo era excelente, y que por lo menos,
mientras él, el poeta, viviese y cantase, el querer morir era prueba de
muy mal gusto.

Triunfó, a pesar de estas protestas y de las corruptelas de algunos
políticos atrasados, la genuina interpretación de la _soberanía
nacional_. Se puso a votación en todas las asambleas legislativas del
mundo el suicidio universal, y en todas ellas fué aprobado por gran
mayoría.

Pero, ¿qué se hizo con las minorías? Un escritor de la época dijo que
era imposible que el suicidio universal se realizase desde el momento
que existía una minoría que se oponía a ello. "No será suicidio, será
asesinato, por lo que toca a esa minoría."

"¡Sofisma! ¡Sofisma! ¡Metafísica! ¡Retórica!"--gritaron las mayorías
furiosas--. "Las minorías", advirtió el doctor Adambis en otro folleto,
cuya propiedad vendió en cien millones de pesetas, "las minorías no
_se suicidarán_, es verdad; _¡pero las suicidaremos!_" Absurdo, se
dirá. No, no es absurdo. Las minorías no se suicidarán, en cuanto
individuos, o _per se_; pero como de lo que se trata es del suicidio
de la humanidad, que en cuanto colectividad es persona jurídica, y la
persona jurídica, ya desde el derecho romano, manifiesta su voluntad
por la votación en mayoría absoluta, resulta que la minoría, en cuanto
parte de la humanidad, también se suicidará, _per accidens_.

Así se acordó. En una Asamblea universal, para elegir cuyos miembros
hubo terribles disturbios, palos, pedradas, tiros (de modo y manera que
por poco se acaba la gente sin necesidad del suicidio); digo que en una
Asamblea universal se votó definitivamente el fin del mundo, por lo que
tocaba a los hombres, y se dieron plenos poderes al doctor Adambis para
que cortara y rajara a su antojo.

El empréstito se había cubierto una vez y cuartillo (menos que el de
Panamá), porque la humanidad de entonces, como la de ahora, se prestaba
a entusiasmarse, a suicidarse; se prestaba a todo menos a prestar
dinero.

Con auxilio de los Gobiernos, pudo Adambis llevar a cabo su obra magna,
que por medio de aplicaciones mecánicas de condiciones químicas hoy
desconocidas, puso a todos los hombres de la tierra en contacto con la
muerte.

Se trataba de no sé qué diablo de fuerza recientemente descubierta
que, mediante conductores de no se sabe ahora qué género, convertía el
globo en una gran red que encerraba en sus mallas mortíferas a todos
los hombres, _velis nolis_. Había la seguridad de que ni uno solo
podría escaparse del estallido universal. Adambis recordó al público
en otro folleto, al revelar su invención, que ya un sabio antiquísimo
que se llamaba, no estaba seguro si Renán o Fustigueras, había soñado
con un poder que pusiera en manos de los sabios el destino de la
humanidad, merced a una fuerza destructora descubierta por la ciencia.
Aquel sueño de Fustigueras iba a realizarse; él, Adambis, dictador
del exterminio, gracias al gran plebiscito que le había hecho verdugo
del mundo, tirano de la agonía, iba a destruir a todos los hombres, a
hacerlos reventar en un solo segundo, sin más que colocar un dedo sobre
un botón.

Sin hacer caso de los gritos y protestas de la minoría, se dispuso en
todos los países civilizados, que eran todos los del mundo, cuanto era
necesario para la última hora de la humanidad doliente. El ceremonial
del tremendo trance costó muchas discusiones y disgustos, y por poco
fracasa el gran proyecto por culpa de la etiqueta. ¿En qué traje, en
qué postura, qué día y a qué hora debía estallar la humanidad?

Se aprobó que el traje fuese el de etiqueta rigurosa entre las clases
altas, y en las demás el traje nacional. Se desechó una proposición
de suicidarse en el traje de Adán, antes de las hojas de higuera. El
que esto propuso, se fundaba en que la humanidad debía terminar como
había empezado; pero como lo de Adán no era cosa segura, no se aprobó
la idea. Además, era indecorosa. En cuanto a la postura, cada cual
podía adoptar la que creyese más digna y elegante. ¿Día? Se designó
el primero de año, por aquello de que año nuevo, vida nueva. ¿Hora?
Las doce del día, para que el sol aborrecido presidiese, y pudiera dar
testimonio de la suprema resolución de los humanos.

El doctor Adambis pasó un atento B. L. M. a todos los habitantes del
globo, avisándoles la hora y demás circunstancias del lance. Decía así
el documento:

                       "El doctor Judas Adambis
                              _B. L. M._

  al Sr. D...

  y tiene el gusto de anunciarle que el día de Año Nuevo, a las doce de
  la mañana, por el meridiano de tal, sentirá una gran conmoción en la
  espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se
  asuste el Sr. D..., porque la muerte será instantánea, y puede tener
  el consuelo de que no quedará nadie para contarlo. Este estallido será
  el símbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha
  la digestión del almuerzo para esa hora.


  El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasión para ofrecer... etc.,
  etc., etc."

                   *       *       *       *       *

Llegó el día de Año Nuevo, y a las once y media de la mañana, el doctor
Judas, acompañado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se presentó
en el palacio en que residía la Comisión internacional organizadora del
suicidio universal.

Vestía el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en
el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre
arrogante, de negro también, escotada y con manga corta, daba el
brazo a su digno esposo. La Comisión en masa, de frac y corbata negra
también, salió a recibirlos al vestíbulo. Entraron en el salón del
_Gran Aparato_, sentáronse los esposos en un trono, en sendos sillones;
alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que
sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detrás del trono.
Delante de éste había una mesa pequeña, cuadrada, con tabla de marfil.
En medio de ésta, un botón negro, sencillísimo, atraía las miradas de
todos los presentes.

El reloj era una primorosa obra de arte.

Estaba fabricado con material de un extraño pedrusco que la ciencia
actual permitía asegurar que era procedente del planeta Marte. No
cabía duda; era el proyectil de un cañonazo que nos habían disparado
desde allá, no se sabía si en son de guerra o por ponerse al habla. De
todas suertes, la tierra no había hecho caso, votado como estaba ya el
suicidio de todos.

La bala o lo que fuera se aprovechó para hacer el reloj en que había
de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco.
Entonces se le dió cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De
modo que sonaría por primera y última vez a las doce.

Judas miró a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto.
Entre los comisionados ya había cinco o seis muertos de miedo. Al
comisionado español se le ocurrió que iba a perder la corrida del
próximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los
de verano y viceversa) y se levantó diciendo... que él adoptaba el
retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirtió que
era inútil, pues lo mismo estallaría su cerebro en la calle que en
el puesto de honor. El español se sentó, dispuesto a morir como un
valiente.

¡Plin! Con un estallido estridente se abrió la portezuela del reloj y
apareció el esqueleto del cuco.

--¡Cucú, cucú!

Gritó hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.

--¡Una, dos!

Iba contando el doctor.

Evelina Apple fué la que miró entonces a su marido con gesto de
angustia y algo desconfiada.

El doctor sonrió, y por debajo de la mesa que tenía delante dió a su
mujer la mano. Evelina se asió a su marido como a un clavo ardiendo.

--¡Cucú...! ¡Cucú!

--¡Tres!... ¡Cuatro!

--¡Cucú, cucú!

--¡Cinco! ¡Seis!... Adambis puso el dedo índice de la mano derecha
sobre el botón negro.

Los comisionados internacionales que aún vivían, cerraron los ojos por
no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.

Sin embargo, el doctor no había oprimido el botón.

La yema del dedo, de color de pipa culotada, permanecía sin temblar
rozando ligeramente la superficie del botón frío de hierro.

--¡Cucú! ¡Cucú!

--¡Siete! ¡ocho!

--¡Cucú! ¡Cucú!

--¡Nueve! ¡diez!


                                  III

--¡Cucú!

--¡Once!--exclamó con voz solemne Adambis; y mientras el reloj repetía.

--¡Cucú!

En vez de decir:--¡Doce! Judas calló y oprimió el botón negro.

Los comisionados permanecieron inmóviles en su respectivo asiento. El
doctor y su esposa se miraron: pálido él y serio; ella, pálida también,
pero sonriente.

--Te confieso--dijo Evelina--que al llegar el momento terrible, temía
que me jugaras una mala pasada.--Y apretó la mano de su marido, que
tenía cogida por debajo de la mesa.

--¡Ya estamos solos en el mundo!--exclamó el doctor con voz de bajo
profundo, ensimismado.

--¿Crees tú que no habrá quedado nadie más?...

--Absolutamente nadie.

Evelina se acercó a su marido. Aquella soledad del mundo le daba miedo.

--De modo que, por lo pronto, todos esos señores...

--Cadáveres. Ven, acércate.

--¡No, gracias!

El doctor descendió de su trono y se acercó a los bancos de los
comisionados. Ninguno se había movido. Todos estaban perfectamente
muertos.

--Los más de ellos dan señales de haber sucumbido antes de la descarga,
de puro miedo. Lo mismo habrá pasado a muchos en el resto del mundo.

--¡Qué horror!--gritó Evelina, que se había asomado a un balcón, del
que se retiró corriendo. Adambis miró a la calle, y en la gran plaza
que rodeaba el palacio, vió un espectáculo tremendo, con el que no
había contado, y que era, sin embargo, naturalismo.

La multitud, cerca de 500.000 seres humanos, que llenaba el círculo
grandioso de la plaza, formando una masa compacta, apretada, de carne,
no era ya más que un inmenso montón de cadáveres, casi todos en pie. Un
millón de ojos abiertos, inmóviles, se fijaban con expresión de espanto
en el balcón, cuyos balaustres oprimía el doctor con dedos crispados.
Casi todas las bocas estaban abiertas también. Sólo habían caído a
tierra los de las últimas filas, en las bocacalles; sobre éstos se
inclinaban otros que habían penetrado algo más en aquel mar de hombres,
y más adentro ya no había sino cadáveres tiesos, en pie, como cosidos
unos a otros; muchos estaban todavía de puntillas, con las manos
apoyadas en los hombros del que tenían delante. Ni un claro había en
toda la plaza. Todo era una masa de carne muerta.

Balcones, ventanas, buhardillas y tejados, estaban cuajados de
cadáveres también, y en las ramas de algunos árboles, y sobre los
pedestales de las estatuas, yacían pilluelos muertos, supinos, o de
bruces, o colgados. El doctor sentía terribles remordimientos--. ¡Había
asesinado a toda la humanidad!--Dígase en su descargo--él había obrado
de buena fe al proponer el suicidio universal.

¡Pero su mujer!... Evelina le tenía en un puño.

Era la hermosa rubia de la minoría en aquello del suicidio; no tanto
por horror a la muerte, como por llevarle la contraria a su marido.

Cuando vió que lo de morir todos iba de veras, tuvo una encerrona con
su caro esposo; a la hora de acostarse, y en paños menores, con el
pelo suelto, le puso las peras a cuarto; y unas veces llorando, otras
riendo, ya altiva, ya humilde, ora sarcástica, ora patética, apuró los
recursos de su influencia para obligar a su Judas, si no a volverse
atrás de lo prometido, a cometer la felonía de hacer una excepción en
aquella matanza.

--¿No tienes medio de salvarnos a ti y a mí?...

El doctor, aunque lo negó al principio, tuvo que confesar al fin que
sí; que podían salvarse ellos, pero sólo ellos.

Evelina no tenía amantes; se conformó con salvarse sola, pues su marido
no era nadie para ella.

Adambis, que era celoso, casi sin motivo, pues su mujer no pasaba nunca
de ciertas coqueterías sin consecuencia, experimentó gran consuelo al
pensar que se iba a quedar solo con Evelina en el mundo.

Merced a ciertos menjurjes, el doctor se aisló de la corriente
mortífera; mas, para probar la fe de Evelina, no quiso untarla a ella
con el salvador ingrediente, y la obligó a confiar en su palabra
de honor. Llegado el momento terrible, Adambis, mediante el simple
contacto de las manos, comunicó a su esposa la virtud de librarse de la
conmoción mortal que debía acabar con el género humano.

Evelina estaba satisfecha de su marido. Pero aquello de quedarse a
solas en el mundo con él, era muy aburrido.

--¿Y cómo vamos a salir de aquí? Imposible atravesar esa plaza; esa
muralla de carne humana nos lo impedirá...

El doctor sonrió. Sacó del bolsillo del chaleco un pedacito de tela muy
sutil; lo estiró entre los dedos, lo dobló varias veces y lo desdobló,
como quien hace una pajarita de papel; resultó un poliedro regular; por
un agujero que tenía la tela sopló varias veces; después de meterse
una pastilla en la boca, y el poliedro fué hinchándose, se convirtió
en esfera y llegó a tener un diámetro de dos metros; era un globo de
bolsillo, mueble muy común en aquel tiempo.

--¡Ah!--dijo Evelina--has sido previsor, te has traído el globo. Pues
volemos, y vamos lejos; porque el espectáculo de tantos muertos, entre
los que habrá muchos conocidos, no me divierte. La pareja entró en el
globo, que tenía por dentro todo lo necesario para la dirección del
aparato y para la comodidad de dos o tres viajeros.

Y volaron.

Se remontaron mucho.

Huían, sin decirse nada, de la tierra en que habían nacido.

Sabía Adambis que donde quiera que posase el vuelo, encontraría un
cementerio. ¡Toda la humanidad muerta, y por obra suya!

Evelina, en cuanto calculó que estarían ya lejos de su país, opinó
que debían descender. Su repugnancia, que no llegaba a remordimiento,
se limitaba al espectáculo de la muerte en tierra conocida... "Ver
_cadáveres extranjeros_ no la espantaría." Pero el doctor no sentía
así. Después de su gran crimen (pues aquello había sido un crimen), ya
sólo encontraba tolerable el aire; la tierra no. Flotar entre nubes
por el diáfano cielo azul... menos mal; pero tocar en el suelo, ver el
mundo sin hombres... eso no; no se atrevía a tanto. "¡Todos muertos!
¡Qué horror!" Cuantas más horas pasaban, más aumentaba el miedo de
Adambis a la tierra.

Evelina, asomada a una ventanilla del globo, iba ya distraída
contemplando el _paisaje_. El fresco la animaba; un vientecillo sutil,
que jugaba con los rizos de su frente, la hacía cosquillas. "No se
estaba mal allí."

Pero de repente se acordó de algo. Volvióse al doctor, y dijo:

--Chico, tengo hambre.

El doctor, sin decir palabra, tomó del bolsillo del frac una especie
de petaca, y de ésta sacó un rollo que semejaba un cigarro puro. Era
una quinta esencia alimenticia, invención del doctor mismo. Con aquel
_cigarro-comestible_ se podía pasar perfectamente dos o tres días sin
más alimento.

--No; quiero comer de veras. Vuestra comida química me apesta, ya lo
sabes. Yo no como por sustentar el cuerpo; como, por comer, por gusto;
el hambre que yo tengo no se quita con alimentarse, sino satisfaciendo
el paladar; ya me entiendes, quiero comer bien. Descendamos a la
tierra; en cualquier parte encontraremos provisiones; todo el mundo
es nuestro. Ahora se me antoja ir a comer el almuerzo o la cena que
tuvieran preparados el Emperador y la Emperatriz de Patagonia; ¡ea,
guía hacia la Patagonia; anda, y a escape, a toda máquina!...

Adambis, pálido de emoción, con voz temblorosa, a la que en vano
procuraba dar tonos de energía, se atrevió a decir:

--Evelina; ya sabes... que siempre he sido esclavo voluntario de tus
caprichos... pero en esta ocasión... perdóname si no puedo complacerte.
Primero me arrojaré de cabeza desde este globo, que descender a la
tierra... a robarle la comida a cualquiera de mis víctimas. Asesino
fuí; pero no seré ladrón.

--¡Imbécil! Todo lo que hay en la tierra es tuyo; tú serás el primer
ocupante...

--Evelina, pide otra cosa. Yo no bajo.

--Y entonces... ¿nos vamos a morir aquí de hambre?

--Aquí tienes mis cigarros de alimento.

--Pero ¿y en concluyéndolos?

--Con un poco de agua y de aire, y de dos o tres cuerpos simples, que
yo buscaré en lo más alto de algunas montañas poco habitadas, tendré lo
suficiente para componer sustancia de la que hay en estos extractos.

--Pero eso es muy soso.

--Pero basta para no morirse.

--¿Y vamos a estar siempre en el aire?

--No sé hasta cuándo. Yo no bajo.

--¿De modo que yo no voy a ver el mundo entero? ¿No voy a apoderarme de
todos los tesoros, de todos los museos, de todas las joyas, de todos
los tronos de los grandes de la tierra? ¿De modo que en vano soy la
mujer del _Dictador in articulo mortis_ de la humanidad? ¿De modo que
me has convertido en una pajarita... después de ofrecerme el imperio
del mundo?...

--Yo no bajo.

--Pero ¿por qué? ¡Imbécil!

--Porque tengo miedo.

--¿A quién?

--A mi conciencia.

--¿Pero hay conciencia?

--Por lo visto.

--¿No estaba demostrado que la conciencia es una aprensión de la
materia orgánica en cierto estado de desarrollo?

--Sí, estaba.

--¿Y entonces?...

--Pero hay conciencia.

--¿Y qué te dice tu conciencia?

--Me habla de Dios.

--¡De Dios! ¿De qué Dios?

--¡Qué sé yo! De Dios.

--Estás _incapaz_, hijo. No hay quien te entienda. Explícate. ¿No te
burlabas tú de mí porque _predicaba_, porque iba a misa, y me confesaba
a veces? Yo era y soy católica, como casi todas las señoras del mundo
habían llegado a serlo. Pero eso no me impedía reconocer que tú, como
casi todos los hombres del mundo, tendrías tus razones para ser ateo
y racionalista, y recordarás que nunca te armé ningún caramillo por
motivos religiosos.

--Es cierto.

--Pero, ahora, cuando menos falta hace, te vienes tú con la
conciencia... y con Dios... Y a buena hora, cuando ya no hay quien te
absuelva, porque las mujeres no podemos meternos en eso. Eres tonto,
Judas, siempre lo he dicho, eres un sabio muy tonto.

--Pues yo no bajo.

--Pues yo no fumo. Yo no me alimento con esas porquerías que tú
fabricas. Todo eso debe de ser veneno a la larga. A lo menos, hombre,
descendamos donde no haya gente..., en alguna región donde haya buena
fruta..., espontánea, ¡qué sé yo! tú, que lo sabes todo, sabrás dónde
hay de eso. Guía.

--¿Te contentarías con eso..., con buena fruta?

--Por ahora..., sí, puede.

Adambis se quedó pensativo. Él recordaba que entre los modernísimos
comentaristas de la _Biblia_, tanto católicos como protestantes,
se había tratado, con gran erudición y copia de datos, la cuestión
geográfico-teológica del lugar que ocuparía en la tierra el Paraíso.

Él, Adambis, que no creía en el Paraíso, había seguido la discusión
por curiosidad de arqueólogo, y hasta había tomado partido, a reserva
de pensar que el Paraíso no podía estar en ninguna parte, porque no
lo había habido. Pero era lo cierto que, hipotéticamente, suponiendo
fidedignos los datos del Génesis, y concordándolos con modernos
descubrimientos hechos en Asia, resultaba que tenían razón los que
colocaban el Jardín de Adán en tal paraje, y no los que le ponían
en tal otro sitio. La conclusión de Adambis era: que "si el Paraíso
hubiera existido, sin duda hubiera estado donde decían los doctores A.
y B., y no donde aseguraban los PP. X. y Z."

De esta famosa discusión y de sus opiniones acerca de ella, le hicieron
acordarse las palabras de su mujer.--"¡Si la Biblia tuviera razón! ¡Si
todo eso hubiera sido verdad!" ¿Quién sabe? Por si acaso, busquemos.

Y después de pensar así, dijo en voz alta:

--Ea, Evelina, voy a darte gusto. Voy a buscar eso que pides: una
región no habitada que produce espontáneos frutos y frutas de lo más
delicado.

Y seguía pensando el doctor: Dado que el Paraíso exista y que yo dé
con él, ¿será lo que fué?

¿Seguirá Dios haciéndole producir tan sabrosos frutos? ¿No se habrá
estropeado algo con las aguas del diluvio? Lo que es indudable, si
la Biblia dice bien, es que allí no ha vuelto a poner su planta ser
humano. Esos mismos sabios que han discutido dónde estaba el Paraíso no
han tenido la ocurrencia de precisar el lugar, de ir allá, buscarlo,
como yo voy a hacer.

Ellos decían: debió de estar hacia tal parte, cerca de tal otra; pero
no fueron a buscarle. Tal vez yo lo encuentre. Y bajando en globo,
aunque los ángeles sigan a la puerta con espadas de fuego, no me
impedirán la entrada.

¡Oh, sí, busquemos el Paraíso! Paraíso para mí, porque será el único
lugar de la tierra desierto: es decir, que no sea un cementerio; único
lugar donde no encontraré el espectáculo horrendo de la humanidad
muerta e insepulta.

Abreviemos. Buscando, buscando, desde el aire con un buen anteojo,
comparando sus investigaciones con sus recuerdos de la famosa discusión
teológico-geográfica, Adambis llegó a una región del Asia Central,
donde, o mucho se engañaba, o estaba lo que buscaba. Lo primero que
sintió fué una satisfacción del amor propio... La teoría de los _suyos_
era la cierta... El Paraíso existía y estaba allí, donde él creía. Lo
raro era que existiese el Paraíso.

El amor propio por este lado salía derrotado.

Y todavía quería defenderse gritándole a Judas en la cabeza:

--¡Mira, no sea que te equivoques! No sea eso una gran huerta de algún
mandarín chino o de un Bajá de siete colas...

El paisaje era delicioso; la frondosidad, como no la había visto jamás
Adambis.

Cuando él dudaba así, de repente Evelina, que también observaba con
unos anteojos de teatro, gritó:

--¡Ah, Judas, Judas! por aquel prado se pasea un señor..., muy alto,
sí, parece alto..., de bata blanca... con muchas barbas, blancas
también...

--¡Cáscaras!--exclamó el doctor, que sintió un escalofrío mortal.

Y dirigiendo su catalejo hacia la parte a que apuntaba Evelina, dijo
con voz de espanto:

--No hay duda..., es él. ¡Él, mejor dicho!

--Pero ¿quién?

--¡Yova Elhoim! ¡Jehová! ¡El Señor Dios! ¡El Dios de nuestros
mayores!...


                                  IV

El autor de toda esta farsa necesita, al llegar a este punto de su
narración, interrumpirla, aunque los sienta y mortifique a esas
pléyades de jóvenes naturalistas _en román paladino_, que no pueden
ver sin disgusto que aparezca en la novela o cuento, o lo que sea, la
personalidad del escritor. Yo, de buena gana, continuaría siendo tan
_objetivo_ como hasta aquí; pero no tengo más remedio que sacar a plaza
mi humilde personalidad, aunque sea pecando contra todos los cánones y
_Falsas Decretales_ del naturalismo traducido al _vulga-puck_ (lengua
universal del vulgo).

Esas pléyades de naturalistas imberbes (y no digo pléyade, en singular,
porque pléyades no tiene ni puede tener singular, aunque lo olviden la
mayor parte de nuestros periodistas) me dispensarán; pero al presentar
en escena nada menos que al _Deus ex machina_ de la Biblia, necesito
hacer algunas manifestaciones.

Pintar a Jehová (así lo llama el vulgo) tal como es, sin _idealizarlo_
ni nada de eso, es empresa superior a mis fuerzas, porque yo nunca le
he visto.

Discuten los sabios si el mismo Moisés llegó a verlo cara a cara;
algunos afirman que sólo una vez gozó de su presencia; pero yo, sin
ser sabio, me inclino al parecer de los que piensan que ni Moisés ni
nadie puso en él los ojos en la vida. Otra cosa es aquello de sentir el
Espíritu del Señor que pasa, el soplo divino que hiere el rostro, etc.,
etc. Eso es posible.

Más fácil me sería, una vez presentado en escena Jehová, hacer que su
carácter _fuera sostenido_ desde el principio hasta el fin, como piden
los preceptistas, que de camino son gacetilleros, a los autores de
dramas y novelas. Para sostener el carácter de Jehová me basta con los
documentos bíblicos, pues se ve en ellos que su energía no decae ni un
momento y que en él no hay contradicciones; porque el haber hecho el
mundo, y arrepentirse después, no es una contradicción, toda vez que,
si a eso fuéramos, ahí está Cánovas, que primero fué revolucionario y
después se arrepintió, y la energía de Cánovas, sin embargo, está fuera
de toda discusión. Y me alegro de haber citado a este personaje, porque
si ustedes quieren buscarle a Jehová, según le presenta la Biblia, un
parecido, el mayor que encontrarán en la historia, para tener idea del
_Zeus_ bíblico, será ése, Cánovas, el _Feus_ malagueño.

Y ahora tengo que entendérmelas con los timoratos y escrupulosos en
materia religiosa, que acaso quieran ver ribetes de impiedad en mi
cuento. No hay tal impiedad; primero y principalmente, porque sólo se
trata de una broma, y yo aquí no quiero probar nada, ni acabar con
la Iglesia de Pedro, ni siquiera con los abusos del clero madrileño.
Ni yo soy clérigo de _El Resumen_, ni siquiera redactor de _Las
Dominicales_, ni ése es el camino. Por no ser, ni soy como el autor
de _Namouna_, adorador de Cristo y además de Ahura-Mazda y de Brahma
y de Apis y de Vichnú, etcétera, etc. Estos eclecticismos religiosos
no se han hecho para mí. Lo que puedo jurar es que respeto a Jehová,
escríbase cómo se escriba, tanto como el que más, y que en este cuento
no pretendo reemplazar la religión de nuestros mayores por otra de mi
invención. Para significar ese respeto precisamente, prescindo de los
procedimientos naturalistas, y en vez de presentar al nuevo personaje
obrando y hablando, como quiere la buena retórica, pasaré como sobre
ascuas sobre todo lo que se refiere a sus relaciones con Adambis, mi
héroe, valiéndome de una narración indirecta y no de una descripción
directa y plástica.

Apresúrome a decir que la bata que Evelina creyó haber visto pendiente
de los hombros del que se paseaba por aquel prado del Paraíso, no debía
de ser tal bata, ni las barbas, barbas; pero ya saben ustedes que las
mujeres todo lo materializan.

Ello es que aquél era Jehová, efectivamente, y que se estaba paseando
por aquel prado del Paraíso, como solía todas las tardes que hacía
bueno; costumbre que le había quedado desde los tiempos de Adán.

Adambis, aturdido con la presencia del Señor, de que no dudaba, pues si
hubiese sido un hombre como los demás hubiera muerto a las doce de la
mañana, Adambis, lleno de terror y de vergüenza, perdió los estribos...
del globo, como si dijéramos; es decir trocó los frenos, o de otro
modo, dejó que la máquina de dirigir el aerostático se descompusiese,
y el globo comenzó a bajar rápidamente y se enredó en las ramas de un
árbol.

Evelina gritaba, espantando las aves del Paraíso, que volaban en
grandes círculos alrededor de los inesperados viajeros.

Levantó el Señor la cabeza al oir tanto ruido, y viendo el trance,
acudió a salvar a los náufragos del aire.

A presencia de Jehová, el doctor Judas permanecía silencioso y
avergonzado. Evelina miraba al Señor con curiosidad, pero sin asombro.
Encontrarse con un Dios personal de manos a boca, le parecía tan
natural, como le hubiera parecido la demostración matemática de que
Dios no existe. Lo que ella quería era tomar algo.

Con arreglo a lo dicho, se renuncia a copiar aquí el diálogo que medió
entre Jehová y el sabio de Mozambique. Pero se dirá la sustancia.

El Señor no abusó, como hubiera hecho Júpiter, o _El Siglo Futuro_,
de su situación, que le daba una superioridad incontestable. Nada de
pullas, ni de sarcasmos mucho menos. Demasiado sabía él que Adambis,
desde que había estudiado Anatomía comparada, se había pasado la vida
negando la posibilidad de un Dios personal. Los dos sabían esto. ¿Para
qué hablar de ello?

Judas se creyó en el deber de humillarse y de confesar su error. Pero
Jehová, con una delicadeza que nunca tuvieron los Nocedales en sus
palizas a _La Unión_, hizo que la conversación cambiase de rumbo.

Lo pasado, pasado. Ahora se trataba de reformar la humanidad por
segunda vez. Lo de Adán había salido mal; el remedio del diluvio
tampoco había probado; tal vez el mal habría estado en dejar vivos
a tantos parientes; un mundo que comienza entre suegros y cuñadas,
no puede ir bien. Además, lo primero que había hecho Noé, pasada la
borrasca, había sido emborracharse... Jehová esperaba más formalidad
por parte de Judas Adambis. Judas había acabado con la humanidad...
Corriente. Poco se había perdido.

El pesimismo era la tontería que menos podía tolerar Elhoim; la
humanidad se había hecho pesimista...; bien muerta estaba. Ahora se
trataba de otro ensayo: Adambis iba a repoblar el mundo, y si esta
nueva cría salía mal también, basta de ensayos; la tierra se quedaría
en barbecho por ahora.

El matrimonio de Adambis y Evelina había sido hasta entonces infecundo;
pero con las aguas del Paraíso, Jehová prometía que la fecundidad
visitaría el seno de aquella señora.

--No serán ustedes inocentes--vino a decir Jehová--, porque eso ya no
puede ser. Pero esto mismo me conviene. Inocente y todo, Adán hizo lo
que hizo. Usted, señor Adambis, es un sabio verdadero, a pesar de sus
errores teológicos, y quiero ver si me conviene más la suprema malicia
que la suprema inocencia. Desde hoy llevan ustedes en arrendamiento
todo este jardín amenísimo. La renta que me han de pagar serán sus
buenas obras. Todo lo que ustedes ven es de ustedes.

--¿Absolutamente todo?--exclamó Evelina.

Y Jehová, aunque con otras palabras, vino a decir:

--Sí, señora..., sin más excepción que una... insignificante. Pongo
por condición... la misma que puse al otro. No se ha de tocar a este
manzano, que en un tiempo fué el árbol de la ciencia del bien y del
mal, y que ahora no es más que un manzano de la acreditada clase de
los que producen las ricas manzanas de Balsaín. Por comer de esos
manzanos no sabrán ustedes ni más ni menos de lo que saben, ni serán
como dioses, ni nada de eso. Si Satanás se presenta otra vez y quiere
tentar a esta señora, no le haga caso ninguno. Como este manzano los
hay a porrillo en todo el Paraíso. Pero yo me entiendo, y no quiero que
se toque en ese árbol. Si coméis de esas manzanas... vuelta a empezar;
os echo de aquí, tendréis que trabajar, parirá esta señora con dolor,
etc., etc. En fin, ya saben ustedes el programa. Y no digo más.

Y desapareció Jehová Elhoim.

Y casi me alegro, porque ahora ya puedo copiar el diálogo textualmente.

Evelina encogió los hombros y dijo:

--Tú, Judas, ¿qué opinas de todo esto?

--¡Figúrate!

--Valiente sabio estabas tú. Mira qué bien hacía yo en ir a misa, por
un si acaso. Tú eres un tonto, que por poco nos haces condenarnos a los
dos. Afortunadamente, el Señor parece un señor muy amable.

--¡Oh! La Bondad infinita...

--Sí, pero...

--El Sumo Bien...

--Sí, pero...

--La Sabiduría infinita.

--Sí, pero...

--¿Pero qué, hija?

--Pero algo raro.

--Y tan raro, como que es el único.

--No, no quiero decir raro en ese sentido, sino en el de... ¡Mira
tú que prohibirnos comer de esas manzanas como si fuéramos unos
chiquillos!...

--Y no comeremos.

--Claro que no, hombre. No te pongas tan fiero. Pues por eso digo
que es raro. ¿Qué trabajo nos cuesta a nosotros ponernos formales y,
escarmentados, prescindir de unas pocas manzanas que son como las demás?

--Mira, en eso no nos metamos. Dios es Dios, ¿estás? y lo que Él hace,
bien hecho está.

--Pero confiesa que eso es un capricho.

--No confieso tal, ni tú tampoco; y te prohibo blasfemar en adelante.
Por lo pronto, no pienses más en tales manzanas..., que el diablo las
carga.

--¡Qué ha de cargar, infeliz! Buena soy yo. A propósito, tengo sed...,
deseo de eso, de eso..., de fruta..., de manzanas precisamente, y de
Balsaín.

--¡Mujer!

--¡Bobalicón! ¿No ha dicho que de esa clase hay aquí a porrillo? Pues
vamos a buscar otro árbol igual, y me das un hartazgo. ¿Conoces tú el
Balsaín?

--Sí, Evelina. _(Busca.)_ Aquí tienes otro árbol igual que ese
prohibido. Toma. ¿Ves qué hermosa manzana? Balsaín legítimo.

Evelina clavó los blancos y apretados dientes en la manzana que le
ofrecía su esposo.

Mientras Judas volvía la espalda y buscaba otro ejemplar de la hermosa
fruta, una voz, como un silbido, gritó al oído de Evelina.

--¡Eso no es Balsaín!

Tomó ella el aviso por voz interior, por revelación del paladar, y
gritó irritada:

--Mira, Judas, a mí no me la das tú. ¡Esto no es Balsaín!

Un sudor frío, como el de las novelas, inundó el cuerpo de Adambis.

--Buenos estamos--pensó--. ¡Si Evelina empieza a desconfiar... no va a
haber Balsaín en todo el Paraíso!

Así fué... A cien árboles se arrancó fruta, y la voz siempre gritaba al
oído de la esposa:

--¡Eso no es Balsaín!

--No te canses, Judas--dijo ella ya fatigada. No hay más manzanas de
Balsaín en todo el Paraíso que las del árbol prohibido.

Hubo una pausa.

--Pues hija...--se atrevió a decir Adambis--ya ves..., no hay más
remedio... Si te empeñas en que no hay más que ésas... te quedarás sin
ellas.

--¡Bien, hombre, bien; me quedaré! Pero no es esa manera de decírselo a
una.

La voz de antes gritó al oído de Evelina:

--¡No te quedarás!

--Otro sería más... enamorado que tú. Claro, un sabio no sabe lo que es
pasión...

--¿Qué quieres decir, Evelina?...

--Que Adán, con ser Adán, era más cumplido amador que tú.

--Tengamos la fiesta en paz, y renuncia al Balsaín.

--¡Bueno! Pues tú... ya que prefieres cumplir un capricho de quien hace
una hora negabas que existiese, a satisfacer un deseo de tu mujer...,
tú, mameluco, renuncia a lo otro.

--¿Qué es lo otro?

--¿No se nos ha dicho que seré fecunda en adelante?

--Sí, hija mía; de eso iba a hablarte...

--Pues no hay de qué. Nada de fecundidad.

--Pero, hija...

--Nada, que no quiero.

--¡Así, perfectamente!--dijo la voz que le hablaba al oído a Evelina.

Volvióse ella y vió al diablo en figura de serpiente, enroscado en el
tronco del árbol prohibido.

Evelina contuvo una exclamación, a una señal del diablo, que comprendió
perfectamente; se dirigió a su marido y le dijo sonriente:

--Pues mira, pichón; si quieres que seamos amigos, corre a pescarme
truchas de aquel río que serpentea allá abajo...

--Con mil amores...

Y desapareció el sabio a todo escape.

Evelina y la serpiente quedaron solos.

--Supongo que usted será el demonio... como la otra vez.

--Sí, señora; pero créame usted a mí: debe usted comer de estas
manzanas y hacer que coma su marido. No digo que después serán ustedes
iguales que dioses; nada de eso. Pero la mujer que no sabe imponer su
voluntad en el matrimonio, está perdida. Si ustedes comen, perderán
ustedes el Paraíso; ¿y qué? Fuera están las riquezas de todo el mundo
civilizado a su disposición... Aquí no haría usted más que aburrirse y
parir...

--¡Qué horror!

--Y eso por una eternidad...

--¡Jesús! No lo quiera Dios. Venga, venga; y Evelina se acercó al
árbol, arrancó una, dos, tres manzanas, y las fué hincando el diente
con apetito de fiera hambrienta.

Desapareció la serpiente, y a poco volvió Adambis... sin truchas.

--Perdóname, mona mía, pero en ese río... no hay truchas...

Evelina echó los brazos al cuello de su esposo.

Él se dejó querer.

Una nube de voluptuosidad los envolvió luego.

Cuando el doctor se atrevió a solicitar las más íntimas caricias,
Evelina le puso delante de la boca media manzana ya mordida por ella, y
con sonrisa capaz de seducir a Saia Muní, dijo:

--Pues come.

--¡_Vade retro_!--gritó Judas, poniéndose en salvo de un brinco--. ¿Qué
has hecho, desdichada?

--Comer, perderme... Pues ahora piérdete conmigo, come... y yo te haré
feliz... mi adorado Judas...

--Primero me ahorcan. No, señora, no como. Yo no me pierdo. Tú no sabes
cómo las gasta Jehová. No como.

Irritóse Evelina, y fué en vano. No sirvieron ruegos, ni amenazas, ni
tentaciones. Judas no comió.

Así pasaron aquel día y la noche, riñendo como energúmenos. Pero Judas
no comió la fruta del árbol prohibido.

Al día siguiente, muy de madrugada, se presentó Jehová en el huerto.

--¿Qué tal, habéis comido bien?--vino a preguntar.

En fin, hubo explicaciones. Jehová lo supo todo.

--Pues ya sabéis la pena cuál es--vino a decir, pero sin incomodarse--.
Fuera de aquí, y a ganarse la vida...

--Señor--observó Adambis--, debo advertir a vuestra Divina Majestad que
yo no he comido del fruto prohibido... Por consiguiente, el destierro
no debe ir conmigo.

--¿Cómo? ¿Y me dejarás marchar sola?--gritó ella furiosa.

--Ya lo creo. Hasta aquí hemos llegado. A perro viejo no hay tus tus.

--De modo--vino a decir el Señor--que lo que tú quieres es el
divorcio... _quo ad thorum et habitationem_.

--Justo, eso; la _separación de cuerpos_, que decimos los clásicos.

--Pero entonces se va a acabar la humanidad en muriendo tu esposa...;
es decir, no quedará más hombre que tú..., que por ti solo no puedes
procrear--vino a decir Jehová.

--Pues que se acabe. Yo quiero quedarme aquí.

Y en efecto, se quedó Adambis en el Paraíso.

Y salió Evelina, arrastrada por dos ángeles de guardia.

Renuncio a describir el furor de la desdeñada esposa al verse sola
fuera del Paraíso. La Historia no dice de ella sino que vivió sola
algún tiempo como pudo. Una leyenda la supone entregada al feo vicio
de Pasífae, y otra más verosímil cuenta que acabó por entregar sus
encantos al demonio.

En cuanto al prudente Adambis, se quedó, por lo pronto, como en la
gloria, en el Paraíso.

¡Ahora sí que es esto Paraíso! ¡Dos veces Paraíso! ¡Todo es mío,
todo... menos mi mujer!... ¡Qué mayor felicidad!...

Pasaron siglos y siglos, y Adambis llegó a cansarse del jardín
amenísimo. Intentó varias veces el suicidio, pero fué inútil. Era
inmortal. Pidió a Dios la traslación, y Judas fué transportado de la
tierra, según ya lo habían sido Enoch y algún otro.

Así fué como, _al fin_, se acabó el mundo, por lo que toca a los
hombres.



                             UN JORNALERO


Salía Fernando Vidal de la Biblioteca de N**, donde había estado
trabajando, según costumbre, desde las cuatro de la tarde.

Eran las nueve de la noche; acababa de obscurecer.

La Biblioteca no estaba abierta al público sino por la mañana.

Los porteros y demás dependientes vivían en la planta baja del
edificio, y Fernando, por un privilegio, disfrutaba a solas de la
Biblioteca todas las tardes y todas las noches, sin más condiciones que
éstas: ir siempre sin compañía; correr, por su cuenta, con el gasto
de las luces que empleaba, y encargarse de abrir y cerrar, dejando al
marcharse las llaves en casa del conserje.

En toda N**, ciudad de muchos miles de habitantes, industriosa,
rica, llena de fábricas, no había un solo ciudadano que disputase ni
envidiase a Vidal su privilegio de la Biblioteca.

Cerró Fernando como siempre la puerta de la calle con enorme llave, y
empuñando el manojo que ésta y otras varias formaban, anduvo algunos
pasos por la acera, ensimismado, buscando, sin pensar en ello, el
llamador de la puerta en la casa del conserje, que estaba a los pocos
metros, en el mismo edificio.

Pero llamó en vano. No abrían, no contestaban.

Vidal tardó en fijarse en tal silencio. Iba lleno de las ideas que con
él habían bajado a la calle dejando las frías páginas de los libros de
arriba, la eterna prisión.

"No está nadie", pensó, por fin, sin fijarse en que debía extrañar que
no estuviese nadie en casa del conserje.

--¡Y qué hago yo con esto!--se dijo, sacudiendo el manojo de llaves que
le daba aspecto de carcelero.

En aquel momento se fijó en otra cosa. En que la noche era obscura, en
que había faroles, tres, bien lo recordaba, a lo largo de la calle, y
no estaba ninguno encendido.

Después notó que a nadie podía parecerle ridícula su situación, porque
por la calle de la Biblioteca no pasaba un alma. Silencio absoluto.

Una detonación lejana le hizo exclamar:

--¡Un tiro!

Y el tiro, más bien su nombre, le trajo a la actualidad, a la vida real
de su pueblo.

--Cuando salí de casa, después de comer, en el café oí decir que esta
noche se armaba, que los socialistas o los anarquistas, o no sé quién,
preparaban un golpe de mano para sacar de la cárcel a no sé qué presos
de su comunión y proclamar todo lo proclamable.

Debe de ser eso. Debe de estar armada.

¡Dios mío!--siguió reflexionando--si está armada, si aquí pasa algo
grave, mañana acaso esté cerrada la Biblioteca, acaso no me permitan
o no pueda yo venir de tarde a terminar mi examen del códice en que
he descubierto tan preciosos datos para la historia de los disturbios
de los gremios de R*** en el siglo... ¡por vida del chápiro! Y si
mañana no concluyo mi trabajo, el número próximo de la Revista
Sociológico-histórica sale sin mi artículo... y quién sabe si Mr.
Flinder en la Revista de Ciencias morales e históricas de Zurich se
adelantará, si es verdad, como me escriben de allá, que ha visto este
precioso documento el año pasado, cuando estuvo aquí mientras yo fuí a
Vichy.

No, mil veces no; eso no puedo consentirlo; no es por vanidad pueril;
es que esos socialistas de cátedra me son antipáticos; Flinder de fijo
arrima el ascua a su sardina; de fijo lo convierte todo en sustancia,
y de los datos favorables para sus teorías que este códice contiene,
quiere hacer una catedral, toda una prueba plena..., y eso, vive Dios,
que es profanar la historia, el arte, la ciencia... No, no; yo diré
primero la verdad desnuda, imparcialmente, reconociendo todo lo que
este manuscrito arroja de luz en la tan debatida cuestión..., pero sin
que sirva de arma para tirios ni troyanos. Me cargan los utopistas, los
dogmáticos...

Sonó otro tiro.

"Pues debe de ser eso. Debe de haberse armado." Vidal se aventuró
por la calle arriba. Al dar vuelta a la esquina, que estaba lejos de
la Biblioteca, en la calle inmediata, como a treinta pasos, vió al
resplandor de una hoguera un montón informe, tenebroso, que obstruía la
calle, que cerraba la perspectiva. "Debe de ser una barricada."

Alrededor de la hoguera distinguió sombras. "Hombres con fusiles",
pensó; "no son soldados; deben de ser obreros. Estoy en poder de los
enemigos... del orden."

Una descarga nutrida le hizo afirmarse en sus conjeturas; oyó gritos
confusos, ayes, juramentos...

No cabía duda, se había armado. "Aquello era una barricada, y por aquel
lado no había salida."

Deshizo el camino andado, y al llegar a la puerta de la Biblioteca se
detuvo, se rascó detrás de una oreja y meditó.

"Mañana, por fas o por nefas, estará esto cerrado; mi artículo no podrá
salir a tiempo... puede adelantarse Flinder... No dejemos para mañana
lo que podemos hacer hoy."

Sonó a lo lejos otra descarga, mientras Vidal metía la gran llave en
su cerradura y abría la puerta de la Biblioteca. Al cerrar por dentro
oyó más disparos, mucho más cercanos, y voces y lamentos. Subió la
escalera a tientas, reparó al llegar a otra puerta cerrada, en que iba
a obscuras; encendió un fósforo, abrió la puerta que tenía delante,
entró en la portería, contigua al salón principal; encendió un quinqué
de petróleo que aún tenía el tubo caliente, pues era el mismo con que
momentos antes se había alumbrado; entró con su luz en el salón de la
Biblioteca, buscó sus libros y manuscritos, que tenía separados en un
rincón, y a los cinco minutos trabajaba con ardor febril, olvidado
del mundo entero, sin oir los disparos que sonaban cerca. Así estuvo
no sabía él cuánto tiempo. Tuvo que detenerse en su labor porque el
quinqué empezó a apagarse; la llama chisporroteaba, se ahogaba la luz
con una especie de bostezo de muy mal olor y de resplandores fugaces.
Fernando maldijo su suerte, su mala memoria, que no le había hecho
recordar que tenía poco petróleo el quinqué..., en fin, recogió los
papeles de prisa, y salió de la Biblioteca a obscuras, a tientas.
Llegó a la puerta de la calle, abrió, salió... y al dar la vuelta para
cerrar, sintió que por ambos hombros le sujetaban sendas manos de
hierro y oyó voces roncas y feroces que gritaban:

--¡Alto!

--¡Date preso!

--¡Un burgués!

--¡Matarle!

"¡Son ellos--pensó Vidal--los correligionarios activos, prácticos, de
Mr. Flinder!"

En efecto, eran los socialistas, anarquistas o Dios sabía qué,
triunfantes, en aquel barrio a lo menos. Con otros burgueses que habían
encontrado por aquellos contornos habían hecho lo que habían querido;
quedaban algunos mal heridos, los que menos, apaleados. El aspecto de
Fernando, que no revelaba gran holgura ni mucho capital robado al
sudor del pobre, los irritó en vez de ablandarlos. Se inclinaban a
pasarle por las armas y así se lo hicieron saber.

Uno que parecía cabecilla, se fijó en el edificio de donde salía Vidal
y exclamó:

--Ésta es la Biblioteca; ¡es un sabio, un burgués sabio!

--¡Que muera! ¡Que muera!

--Matarlo a librazos... Eso es, arriba, a la Biblioteca, que muera a
pedradas... de libros, de libros infames que han publicado el clero, la
nobleza, los burgueses, para explotar al pobre, engañarle, reducirle a
la esclavitud moral y material.

--¡Bravo, bravo!...

--Mejor es quemarle en una hoguera de papel...

--¡Eso, eso!

--Abrasarle en su Biblioteca...

Y a empellones, Fernando se vió arrastrado por aquella corriente de
brutalidad apasionada, que le llevó hasta el mismo salón donde él
trabajaba, poco antes, en aquel códice en que se podía estudiar algún
relámpago antiquísimo, precursor de la gran tempestad que ahora bramaba
sobre su cabeza.

Los sublevados llevaban antorchas y faroles; el salón se iluminó con
una luz roja con franjas de sombras temblorosas, formidables. El grupo
que subió hasta el salón no era muy numeroso, pero sí muy fiero.

--Señores--gritó Vidal con gran energía--. En nombre del progreso
les suplico que no quemen la Biblioteca... La ciencia es imparcial,
la historia es neutral. Esos libros... son inocentes..., no dicen que
sí ni que no; aquí hay de todo. Ahí están, en esos tomos grandes, las
obras de los Santos Padres, algunos de cuyos pasajes les dan a ustedes
la razón contra los ricos... En ese estante pueden ustedes ver a los
socialistas y comunistas del 48... En ese otro está Lassalle... Ahí
tienen ustedes _El Capital_, de Carlos Marx. Y en todas esas biblias,
colección preciosa, hay multitud de argumentos socialistas: El año
sabático, El jubileo... La misma vida de Job. No; ¡la vida de Job no es
argumento socialista! ¡Oh, no, ésa es la filosofía seria, la que sabrán
las clases pobres e ilustradas de siglos futuros muy remotos!...

Fernando se quedó pensativo, e interrumpió su discurso, olvidado de su
peligro y el de la biblioteca. Pero el discurso, apenas comprendido,
había producido su efecto. El cabecilla, que era un ergotista a
la moderna, de café y de club, uno de esos demagogos retóricos y
presuntuosos que tanto abundan, extendió una mano para apaciguar las
olas de la ira popular...

--Quietos, dijo..., procedamos con orden. Oigamos a este burgués...
Antes que el fuego de la venganza, la luz de la discusión.
Discutamos... Pruébanos que esos libros no son nuestros enemigos, y los
salvas de las llamas; pruébanos que tú no eres un miserable burgués, un
holgazán que vive, como un vampiro, de la sangre del obrero..., y te
perdonamos la vida, que tienes ahora pendiente de un cabello...

--No, no; que muera..., que muera ese... sofista--gritó un zapatero,
que era terrible por la posesión de este vocablo que no entendía, pero
que pronunciaba correctamente y con énfasis.

--¡Es un sofista!--repitió el coro. Y una docena de bocas de fusil se
acercaron al rostro y al pecho de Fernando.

--¡Paz!... ¡Paz!... ¡Tregua!...--gritó el cabecilla, que no quería
matar sin triunfar antes del _sofista_--. Oigámosle, discutamos...

Vidal, distraído, sin pensar en el peligro inmenso que corría,
_haciendo_ psicología popular, _teratología sociológica_, como él
pensaba, estudiaba aquella locura poderosa que le tenía entre sus
garras; y su imaginación le representaba, a la vez, el coro de locos
del tercer acto de _Jugar con fuego_, y a Mr. Flinder y tantos otros,
que eran en _último análisis_ los culpables de toda aquella confusión
de ideas y pasiones. "¡La lógica hecha una madeja enredada y untada de
pólvora, para servir de mecha a una explosión social!..." Así meditaba.

--¡Que muera!--volvieron a gritar.

--No, que se disculpe..., que diga qué es, cómo gana el pan que come...

--¡Oh! Tan bien como tú, tan honradamente como tú--gritó Vidal
volviéndose al que tal decía, enérgico, arrogante, apasionado, mientras
separaba con las manos los fusiles que le impedían, apuntándole, ver a
su contrario.

Le habían herido en lo vivo.

Después de haber tenido en su ya larga vida de erudito y escritor mil
clases de vanidades, ya sólo le quedaba el orgullo de su trabajo... No
se reconocía, a fuerza de mucho _análisis de introspección_, virtud
alguna digna de ser llamada tal, más que ésta, la del trabajo; ¡oh,
pero ésta sí! "Tan bien como tú. Has de saber, que, sea lo que sea
de la cuestión del capital y el salario, que está por resolver, como
es natural, porque sabe poco el mundo todavía para decidir cosa tan
compleja; sea lo que quiera de la lucha de capitalistas y obreros, yo
soy hombre para no meter en la boca un pedazo de pan, aunque reviente
de hambre, sin estar seguro de que lo he ganado honradamente...

"He trabajado toda mi vida, desde que tuve uso de razón. Yo no pido
ocho horas de trabajo, porque no me bastan para la tarea inmensa que
tengo delante de mí. Yo soy un albañil que trabaja en una pared que
sabe que no ha de ver concluida, y tengo la seguridad de que cuando más
alto esté me caeré de cabeza del andamio. Yo trabajo en la filosofía y
en la historia y sé que cuanto más trabajo me acerco más al desengaño.
Huyo, ascendiendo, de la tierra, seguro de no llegar al cielo y de
precipitarme en un abismo..., pero subo, trabajo. He tenido en el
mundo ilusiones, amores, ideales, grandes entusiasmos, hasta grandes
ambiciones; todo lo he ido perdiendo; ya no creo en las mujeres, en
los héroes, en los _credos_, en los sistemas; pero de lo único que no
reniego es del trabajo; es la historia de mi corazón, el espejo de
mi existencia; en el caos universal yo no me reconocería a mí propio
si no me reconociera en la estela de mis esfuerzos; me reconozco en
el sudor de mi frente y en el cansancio de mi alma; soy un jornalero
del espíritu, a quien en vez de disminuirle las horas de fatiga, los
nervios le van disminuyendo las horas de sueño. Trabajo a la hora
de dormir, a obscuras, en mi lecho, sin querer, trabajo en el aire,
sin jornal, sin provecho... y de día sigo trabajando para ganar el
sustento y para adelantar en mi obra... Yo no pido emancipación, yo no
pido transacciones, yo no pido venganzas... Desde los diez años, no
ha obscurecido una vez sin que yo tuviera tela cortada para la noche
que venía: siempre mi velón se ha encendido para una labor preparada;
hasta las pocas noches que no he trabajado en mi vida, fueron para mí
de fatiga por el remordimiento de no haber cumplido con la tarea de
aquella velada. De niño, de adolescente, trabajaba junto a la lámpara
de mi madre; mi trabajo era escuela de mi alma, compañía de la vejez de
mi madre, oración de mi espíritu y pan de mi cuerpo y el de una anciana.

"Éramos tres, mi madre, el trabajo y yo. Hoy ya velamos solos yo y
mi trabajo. No tengo más familia. Pasará mi nombre, morirá pronto
el recuerdo de mi humilde individuo, pero mi trabajo quedará en los
rincones de los archivos, entre el polvo, como un carbón fósil que
acaso prenda y dé fuego algún día, al contacto de la chispa de un
trabajador futuro... de otro pobre diablo erudito como yo que me saque
de la obscuridad y del desprecio..."

--Pero a ti no te han explotado; tu sudor no ha servido de sustancia
para que otros engordaran...--interrumpió el cabecilla.

--Con mi trabajo--prosiguió Vidal--se han hecho ricos otros;
empresarios, capitalistas, editores de bibliotecas y periódicos; pero
no estoy seguro de que no tuvieran derecho a ello. No me queda el
consuelo de protestar indignado con entera buena fe. Ése es un problema
muy complejo; está por ver si es una injusticia que yo siga siendo
pobre y los que en mis publicaciones sólo ponían cosa material, papel,
imprenta, comercio, se hayan enriquecido.

"No tengo tiempo para trabajar indagando ese problema, porque lo
necesito para trabajar directamente en mi labor propia. Lo que sé,
que este trabajo constante, con el cuerpo doblado, las piernas
quietas, el cerebro bullendo sin cesar, quemando los combustibles de
mi sustancia, me ha aniquilado el estómago; el pan que gano apenas lo
puedo digerir..., y lo que es peor, las ideas que produzco me envenenan
el corazón y me descomponen el pensamiento... Pero no me queda ni
el consuelo de quejarme, porque esa queja tal vez fuera en _último
análisis_, una puerilidad... Compadecedme, sin embargo, compañeros
míos, porque no padezco menos que vosotros y yo no puedo ni quiero
buscar remedio ni represalias; porque no sé si hay algo que remediar,
ni si es justo remediarlo... No duermo, no digiero, soy pobre, no
creo, no espero..., no odio..., no me vengo... Soy un jornalero de
una terrible mina que vosotros no conocéis, que tomaríais por el
infierno si la vierais, y que, sin embargo, es acaso el único cielo
que existe... Matadme si queréis, pero respetad la Biblioteca, que es
un depósito de carbón para el espíritu del porvenir..." La plebe, como
siempre que oye hablar largo y tendido, en forma oratoria, callaba,
respetando el misterio religioso del pensamiento obscuro; deidad
idolátrica de las masas modernas y tal vez de las de siempre...

La retórica había calmado las pasiones; los obreros no estaban
convencidos, sino confusos, apaciguados a su despecho.

Algo quería decir aquel hombre.

Como un contagio, se les pegaba la enfermedad de Vidal, olvidaban la
acción y se detenían a discurrir, a meditar, quietos.

Hasta el lugar, aquellas paredes de libros, les enervaba. Iban teniendo
algo de león enamorado, que se dejó cortar las garras.

De pronto oyeron ruido lejano. Tropel de soldados subía por la
escalera. Estaban perdidos. Hubo una resistencia inútil. Algunos
disparos; dos o tres heridos. A poco, aquel grupo extraviado de la
insurrección vencida, estaba en la cárcel. Vidal fué entre ellos, codo
con codo. En opinión terrible, y poderosa opinión, del jefe de la
tropa vencedora, aquel señorito tronado era el capitán del grupo de
anarquistas sorprendidos en la Biblioteca. A todos se les formó Consejo
de guerra, como era regular. La justicia sumarísima de la Temis marcial
fué ayudada en su ceguera por el egoísmo y el miedo del verdadero
cabecilla y por el rencor de sus compañeros. Estaban furiosos todos
contra aquel _traidor_, aquel _policía secreto_, o lo que fuera, que
les había embaucado con sus sofismas, con sus retóricas, y les había
hecho olvidarse de su misión redentora, de su situación, del peligro...
Todos declararon contra él. Sí, Vidal era el jefe. El cabecilla
salvaba con esto la vida, porque la misericordia en estado de sitio
decretó que la última pena sólo se aplicara a los cabezas de motín; a
esta categoría pertenecía, sin duda, Vidal; y mientras el que quería
discutir con él las bases de la sociedad, el cabecilla verdadero,
quedaba en el mundo para predicar, e incendiar en su caso, el pobre
jornalero del espíritu, el distraído y erudito Fernando Vidal pasaba
a mejor vida por la vía sumaria de los clásicos y muy conservadores
_cuatro tiritos_.



                              BENEDICTINO


Don Abel tenía cincuenta años, D. Joaquín otros cincuenta, pero muy
otros: no se parecían nada a los de D. Abel, y eso que eran aquéllos
dos buenos mozos del año sesenta, inseparables amigos desde la
juventud, alegre o insípida, según se trate de D. Joaquín o de D. Abel.
Caín y Abel los llamaba el pueblo, que los veía siempre juntos, por las
carreteras adelante, los dos algo encorvados, los dos de _chistera_ y
levita, Caín siempre delante, Abel siempre detrás, nunca emparejados; y
era que Abel iba como arrastrado, porque a él le gustaba pasear hacia
Oriente, y Caín, por moler, le llevaba por Occidente, cuesta arriba,
por el gusto de oirle toser, según Abel, que tenía su malicia. Ello era
que el que iba delante solía ir sonriendo con picardía, satisfecho de
la victoria que siempre era suya, y el que caminaba detrás iba haciendo
gestos de débil protesta y de relativo disgusto. Ni un día solo, en
muchos años, dejaron de reñir al emprender su viaje vespertino; pero ni
un solo día tampoco se les ocurrió separarse y tomar cada cual por su
lado, como hicieron San Pablo y San Bernabé, y eso que eran tan amigos
y apóstoles. No se separaban porque Abel cedía siempre. Caín tampoco
hubiera consentido en la separación, en pasear sin el amigo; pero no
cedía porque estaba seguro de que cedería el compinche; y por eso iba
sonriendo: no porque le gustase oir la tos del otro. No, ni mucho
menos; justamente solía él decirse: "¡No me gusta nada la tos de Abel!"
Le quería entrañablemente, sólo que hay entrañas de muchas maneras, y
Caín quería a las personas para sí, y, si cabía, para reirse de las
debilidades ajenas, sobre todo si eran ridículas o a él se lo parecían.
La poca voluntad y el poco egoísmo de su amigo le hacían muchísima
gracia, le parecían muy ridículos, y tenía en ellos un estuche de cien
instrumentos de comodidad para su propia persona. Cuando algún chusco
veía pasar a los dos vejetes, oficiales primero y segundo del Gobierno
civil desde tiempo inmemorial (D. Joaquín el primero, por supuesto;
siempre delante), y los veían perderse a lo lejos, entre los negrillos
que orlaban la carretera de Galicia, solía exclamar riendo:

--Hoy le mata, hoy es el día del fratricidio. Le lleva a paseo y le da
con la quijada del burro. ¿No se la ven ustedes? Es aquel bulto que
esconde debajo de la levita.

El bulto, en efecto, existía. Solía ser realmente un hueso de un
animal, pero rodeado de mucha carne, y no de burro, y siempre bien
condimentada. Cosa rica. Merendaban casi todas las tardes como los
pastores de Don Quijote, a campo raso, y chupándose los dedos, en
cualquier soledad de las afueras. Caín llevaba generalmente los
bocados y Abel los tragos, porque Abel tenía un cuñado que comerciaba
en vinos y licores, y eso le regalaba, y Caín contaba con el arte de
su cocinera de solterón sibarita. Los dos disponían de algo más que el
sueldo, aunque lo de Abel era muy poco más; y eso que lo necesitaba
mucho, porque tenía mujer y tres hijas pollas, a quienes en la
actualidad, ahora que ya no eran tan frescas y guapetonas como años
atrás, llamaban los murmuradores "_Las Contenciosas-administrativas_",
por lo mucho que hablaba su padre de lo contencioso-administrativo,
que le tenía enamorado hasta el punto de considerar grandes hombres a
los diputados provinciales que eran magistrados de lo contencioso...,
etc. El mote, según malas lenguas, se lo había puesto a las chicas el
mismísimo Caín, que las quería mucho, sin embargo, y les había dado no
pocos pellizcos. Con quien él no transigía era con la madre. Era su
natural enemigo, su rival pudiera decirse. Le había quitado la mitad de
su Abel; se le había llevado de la posada donde antes le hacía mucho
más servicio que la cómoda y la mesilla de noche juntas. Ahora tenía él
mismo, Caín, que guardar su ropa, y llevar la cuenta de la lavandera, y
si quería pitillos y cerillas tenía que comprarlos muchas veces, pues
Abel no estaba a mano en las horas de mayor urgencia.

                   *       *       *       *       *

--¡Ay, Abel! Ahora que la vejez se aproxima, envidias mi suerte, mi
sistema, mi filosofía--exclamaba D. Joaquín, sentado en la verde
pradera, con un _llacón_ entre las piernas. (Un _llacón_ creo que es un
pernil.)

--No envidio tal--contestaba Abel, que enfrente de su amigo, en igual
postura, hacía saltar el lacre de una botella y le limpiaba el polvo
con un puñado de heno.

--Sí, envidias tal; en estos momentos de expansión y de dulces
_piscolabis_ lo confiesas; y, ¿a quién mejor que a mí, tu amigo
verdadero desde la infancia hasta el infausto día de tu boda, que nos
separó para siempre por un abismo que se llama doña Tomasa Gómez, viuda
de Trujillo? Porque tú, ¡oh Trujillo! desde el momento que te casaste
eres hombre muerto; quisiste tener digna esposa y sólo has hecho una
viuda...

--Llevas cerca de treinta años con el mismo chiste... de mal género. Ya
sabes que a Tomasa no le hace gracia...

--Pues por eso me repito.

--¡Cerca de treinta años!--exclamó don Abel, y suspiró, olvidándose de
las tonterías epigramáticas de su amigo, sumiendo en el cuerpo un trago
de vino del Priorato y el pensamiento en los recuerdos melancólicos de
su vida de padre de familia con pocos recursos.

Y como si hablara consigo mismo continuó, mirando a la tierra:

--La mayor...

--Hola--murmuró Caín--; ¿ya cantamos en _la mayor_? _Jumera_ segura...
tristona como todas tus cosas.

--No te burles, libertino. La mayor nació... sí, justo; va para
veintiocho, y la pobre, con aquellos nervios y aquellos ataques, y
aquel afán de apretarse el talle... no sé, pero... en fin, aunque no
está delicada... se ha descompuesto; ya no es lo que era, ya no... ya
no me la llevan.

--Ánimo, hombre; sí te la llevarán... No faltan indianos... Y en último
caso... ¿para qué están los amigos? Cargo yo con ella... y asesino a
mi suegra. Nada, trato hecho; tú me das en dote esa botella, que no
hay quien te arranque de las manos, y yo me caso con _la_ (cantando)
_mayor_.

--Eres un hombre sin corazón... un Lovelace.

--¡Ay, Lovelace! ¿Sabes tú quién era ése?

--La segunda, Rita, todavía se defiende.

--¡Ya lo creo! Dímelo a mí, que ayer por darla un pellizco salí con una
oreja rota.

--Sí, ya sé. Por cierto que dice Tomasa que no le gustan esas bromas;
que las chicas pierden...

--Dile a la de Gómez, viuda de Trujillo, que más pierdo yo, que pierdo
las orejas, y dile también que si la pellizcase a ella puede que no se
quejara...

--Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio contándote sus cuitas y
sus esperanzas... y tú con tus bromas de dudoso gusto...

--¿Tus esperanzas? Yo te las cantaré: _La_ (cantando) Nieves...

--Bah, la Nieves segura está. Los tiene así (juntando por las yemas los
dedos de ambas manos). No es milagro. ¿Hay chica más esbelta en todo el
pueblo? ¿Y bailar? ¿No es la perla del casino cuando la emprende con
el vals corrido, sobre todo si _la baila_ el secretario del Gobierno
militar _Pacorro_?

Caín se había quedado serio y un poco pálido. Sus ojos fijos veían a
la hija menor de su amigo, de blanco, escotada, con media negra, dando
vueltas por el salón colgada de Pacorro... A Nieves no la pellizcaba él
nunca; no se atrevía, la tenía un respeto raro, y además, temía que un
pellizco en aquellas carnes fuera una traición a la amistad de Abel;
porque Nieves le producía a él, a Caín, un efecto raro, peligroso,
diabólico... Y la chica era la única para volver locos a los viejos,
aunque fueran íntimos de su padre. "¡Padrino, baila conmigo!" ¡Qué miel
en la voz mimosa! Y ¡qué miradonas inocentes... pero que se metían en
casa! El diablo que pellizcara a la chica. Valiente tentación había
sacado él de pila...

--Nieves--prosiguió Abel--se casará cuando quiera; siempre es la reina
de los salones; a lo menos, por lo que toca a bailar.

--Como bailar... baila bien--dijo Caín muy grave.

--Sí, hombre; no tiene más que escoger. Ella es la esperanza de la
casa.--Ya ves, Dios premia a los hombres sosos, honrados, fieles al
decálogo, dándoles hijas que pueden hacer bodas disparatadas, un
fortunón... ¿Eh? viejo verde, calaverón eterno. ¿Cuándo tendrás tú una
hija como Nieves, amparo seguro de tu vejez?

Caín, sin contestar a aquel majadero, que tan feliz se las prometía
en teniendo un poco de Priorato en el cuerpo, se puso a pensar, que
siempre se le estaba ocurriendo echar la cuenta de los años que él
llevaba a _la menor_ de las _Contenciosas_. "¡Eran muchos años!"

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos; Abel estuvo cesante una temporada, y Joaquín de
secretario en otra provincia. Volvieron a juntarse en su pueblo, Caín
jubilado y Abel en el destino antiguo de Caín. Las meriendas menudeaban
menos, pero no faltaban las de días solemnes. Los paseos como antaño,
aunque ahora el primero que tomaba por Oriente era Joaquín, porque
ya le fatigaba la cuesta. Las _Contenciosas brillaban_ cada día como
astros de menor magnitud; es decir, no brillaban; en rigor eran ya de
octava o novena clase, invisibles a simple vista; ya nadie hablaba
de ellas, ni para bien ni para mal; ni siquiera se las llamaba las
_Contenciosas_; "las de Trujillo", decían los pocos pollos nuevos que
se dignaban acordarse de ellas.

_La mayor_, que había engordado mucho y ya no tenía novios, por no
apretarse el talle había renunciado a la lucha desigual con el tiempo y
al martirio de un tocado que pedía restauraciones imposibles. Prefería
el disgusto amargo y escondido de quedarse en casa, de no ir a bailes
ni teatros, fingiendo gran filosofía, reconociéndose _gallina_, aunque
otra le quedaba. Se permitía, como corta recompensa a su renuncia, el
placer material, y para ella voluptuoso, de aflojarse mucho la ropa,
de dejar a la carne invasora y blanquísima (eso sí) a sus anchas,
como en desquite de lo mucho que inútilmente se había apretado cuando
era delgada. "¡La carne! Como el mundo no había de verla, hermosura
perdida; gran hermosura, sin duda, persistente... pero inútil. Y
demasiada." Cuando el cura hablaba, desde el púlpito, de _la carne_, a
_la mayor_ se le figuraba que aludía exclusivamente a la suya... Salían
sus hermanas, iban al baile a probar fortuna, y la primogénita se
soltaba las cintas y se hundía en un sofá a leer periódicos, crímenes y
viajes de hombres públicos. Ya no leía folletines.

La segunda luchaba con la edad de Cristo y se dejaba sacrificar por el
vestido que la estallaba sobre el corpachón y sobre el vientre. ¿No
había tenido fama de hermosa? ¿No le habían dicho todos los pollos
atrevidos e instruidos de su tiempo que ella era la mujer que dice
mucho a los sentidos?

Pues no había renunciado a la palabra. Siempre en la brecha. Se había
batido en retirada, pero siempre en su puesto.

Nieves... era una tragedia del tiempo. Había envejecido más que sus
hermanas; envejecer no es la palabra: se había marchitado sin cambiar,
no había engordado, era esbelta como antes, ligera, felina, ondulante;
bailaba, si había con quien, frenética, cada día más apasionada del
vals, más correcta en sus pasos, más pavorosa, pero arrugada, seca,
pálida; los años para ella habían sido como tempestades que dejaran
huella en su rostro, en todo su cuerpo; se parecía a sí misma... en
ruinas. Los jóvenes nuevos ya no la conocían, no sabían lo que había
sido aquella mujer en el vals corrido; en el mismo salón de sus
antiguos triunfos, parecía una extranjera insignificante. No se hablaba
de ella ni para bien ni para mal; cuando algún solterón trasnochado se
decidía a echar una cana al aire, solía escoger por pareja a Nieves.
Se la veía pasar con respeto indiferente; se reconocía que bailaba
bien, pero ¿y qué? Nieves padecía infinito, pero, como su hermana,
_la segunda_, no faltaba a un baile. ¡Novio!... ¡Quién soñaba ya con
eso! Todos aquellos hombres que habían estrechado su cintura, bebido
su aliento, contemplado su _escote virginal_... etc., etc., ¿dónde
estaban? Unos de jueces de término a cien leguas; otros en Ultramar
haciendo dinero; otros en el ejército sabe Dios dónde; los pocos que
quedaban en el pueblo, retraídos, metidos en casa o en la sala de
tresillo. Nieves, en aquel salón de sus triunfos, paseaba sin corte
entre una multitud que la codeaba sin verla...

                   *       *       *       *       *

Tan excelente le pareció a D. Abel el pernil que Caín le enseñó en
casa de éste, y que habían de devorar juntos de tarde en la Fuente de
Mari-Cuchilla, que Trujillo, entusiasmado, tomó una resolución, y al
despedirse hasta la hora de la cita, exclamó:

--Bueno, pues yo también te preparo algo bueno, una sorpresa. Llevo la
manga de café, lleva tú puros; no te digo más.

Y aquella tarde, en la fuente de Mari-Cuchilla, cerca del obscurecer
de una tarde gris y tibia de otoño, oyendo cantar un ruiseñor en un
negrillo, cuyas hojas inmóviles parecían de un árbol-estatua, Caín y
Abel merendaron el pernil mejor que dió de sí cerdo alguno nacido en
Teverga. Después, en la manga que a Trujillo había regalado un pariente
voluntario en la guerra de Cuba, hicieron café..., y al sacar Caín dos
habanos peseteros..., apareció la sorpresa de Abel. Momento solemne.
Caín no oía siquiera el canto del ruiseñor, que era su delicia, única
afición poética que se le conocía.

Todo era ojos. Debajo de un periódico, que era la primera cubierta,
apareció un frasco, como podía la momia de Sesostris, entre bandas de
paja, alambre, tela lacrada, sabio artificio de la ciencia misteriosa
de conservar los cuerpos santos incólumes; de guardar lo precioso de
las injurias del ambiente.

--¡El _benedictino_!--exclamó Caín en un tono religioso impropio de su
volterianismo. Y al incorporarse para admirar, quedó en cuclillas como
un idólatra ante un fetiche.

--El benedictino--repitió Abel, procurando aparecer modesto y sencillo
en aquel momento solemne en que bien sabía él que su amigo le veneraba
y admiraba.

Aquel frasco, más otro que quedaba en casa, eran joyas riquísimas y
raras, selección de lo selecto, fragmento de un tesoro único fabricado
por los ilustres Padres para un regalo de rey, con tales miramientos,
refinamientos y modos exquisitos, que bien se podía decir que aquel
líquido singular, tan escaso en el mundo, era néctar digno de los
dioses. Cómo había ido a parar aquel par de frascos casi divinos a
manos de Trujillo, era asunto de una historia que parecía novela y que
Caín conocía muy bien desde el día en que, después de oirla, exclamó:
¡Ver y creer! Catemos eso, y se verá si es paparrucha lo del mérito
extraordinario de esos botellines. Y aquel día también había sido el
primero de la única discordia duradera que separó por más de una semana
a los dos constantes amigos. Porque Abel, jamás enérgico, siempre de
cera, en aquella ocasión supo resistir y negó a Caín el placer de
saborear el néctar de aquellos frascos.

--Estos, amigo--había dicho--los guardo yo para en su día.--Y no había
querido jamás explicar qué día era aquél.

Caín, sin perdonar, que no sabía, llegó a olvidarse del benedictino.

Y habían pasado todos aquellos años, muchos, y el benedictino estaba
allí, en la copa reluciente, de modo misterioso que Caín, triunfante,
llevaba a los labios, relamiéndose _a priori_.

Pasó el solterón la lengua por los labios, volvió a oir el canto del
ruiseñor, y contento de la creación, de la amistad, por un momento,
exclamó:

--¡Excelente! ¡Eres un barbián! Excelentísimo señor benedictino,
¡bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos. ¡Excelente!

Abel bebió también. Mediaron el frasco.

Se alegraron; es decir, Abel, como Andrómaca, se alegró
entristeciéndose.

A Caín, la alegría le dió esta vez por adular como vil cortesano.

Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclamó:

--Lo que falta... lo beberemos mañana. El otro frasco... es tuyo; te lo
llevas a tu casa esta noche.

Faltaba algo; faltaba una explicación. Caín la pedía con los ojillos
burlones llenos de chispas.

A la luz de las primeras estrellas, al primer aliento de la brisa,
cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas, emprendieron la
vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, reveló su secreto,
diciendo:

--Estos frascos... este benedictino... regalo de rey...

--De rey...

--Este benedictino... lo guardaba yo...

--Para _su día_...

--Justo; su día... era el día de la boda de _la mayor_. Porque lo
natural era empezar por la primera. Era lo justo. Después... cuando ya
no me hacía ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los
noviazgos..., guardaba los frascos..., para la boda de _la segunda_.

Suspiró Abel.

Se puso muy serio Caín.

--Mi última esperanza era Nieves..., y a ésa por lo visto no la tira
el matrimonio. Sin embargo, he aguardado, aguardado..., pero ya es
ridículo..., ya...--Abel sacudió la cabeza y no pudo decir lo que
quería, que era: _lasciate ogni speranza_. En fin, ¿cómo ha de ser?--Ya
sabes; ahora mismo te llevas el otro frasco.

Y no hablaron más en todo el camino. La brisa les despejaba la cabeza
y los viejos meditaban. Abel tembló. Fué un escalofrío de la miseria
futura de sus hijas, cuando él muriera, cuando quedaran solas en el
mundo, sin saber más que bailar y apergaminarse. ¡Lo que le había
costado a él de sudores y trabajo el vestir a aquellas muchachas y
alimentarlas bien para presentarlas en el _mercado_ del matrimonio! Y
todo en balde. Ahora..., él mismo veía el triste papel que sus hijas
hacían ya en los bailes, en los paseos... Las veía en aquel momento
ridículas, feas por anticuadas y risibles..., y las amaba más, y las
tenía una lástima infinita desde la tumba en que él ya se contemplaba.

Caín pensaba en las pobres _Contenciosas_ también; y se decía que
Nieves, a pesar de todo, seguía gustándole, seguía haciéndole efecto...

Y pensaba además en llevarse el otro frasco; y se lo llevó
efectivamente.

                   *       *       *       *       *

Murió D. Abel Trujillo; al año siguiente falleció la viuda de Trujillo.
Las huérfanas se fueron a vivir con una tía, tan pobre como ellas, a
un barrio de los más humildes. Por algún tiempo desaparecieron del
_gran mundo_, tan chiquitín, de su pueblo. Lo notaron Caín y otros
pocos. Para la mayoría, como si las hubieran enterrado con su padre y
su madre. Don Joaquín al principio las visitaba a menudo. Poco a poco
fué dejándolo, sin saber por qué. Nieves se había dado _a la mística_,
y las demás no tenían gracia. Caín, que había lamentado mucho todas
aquellas catástrofes, y que había socorrido con la cortedad propia
de su peculio y de su egoísmo a las apuradas huérfanas, había ido
olvidándolas, no sin dejarlas antes en poder del sanísimo consejo de
que "se dejaran de bambollas... y cosieran para fuera". Caín se olvidó
de las chicas como de todo lo que le molestaba. Se había dedicado a
no envejecer, a conservar la virilidad y demostrar que la conservaba.
Parecía cada día menos viejo, y eso que había en él un renacimiento de
aventurero galante. Estaba encantado. ¿Quién piensa en la desgracia
ajena si quiere ser feliz y conservarse?

Las de Trujillo, de negro, muy pálidas, apiñadas alrededor de la tía
caduca, volvían a presentarse en las calles céntricas, en los paseos
no muy concurridos. Devoraban a los transeúntes con los ojos. Daban
codazos a la multitud hombruna. Nieves aprovechaba la moda de las
faldas ceñidas para lucir las líneas esculturales de su hermosa pierna.
Enseñaba el pie, las enaguas blanquísimas que resaltaban bajo la falda
negra. Sus ojos grandes, lascivos, bajo el manto recobraban fuerza,
expresión. Podía aparecer apetitosa a uno de esos gustos extraviados
que se enamoran de las ruinas de la mujer apasionada, de los estragos
del deseo contenido o mal satisfecho.

Murió la tía también. Nueva desaparición. A los pocos meses las de
Trujillo vuelven a las calles céntricas, de medio luto, acompañadas, a
distancia, de una criada más joven que ellas. Se las empieza a ver en
todas partes. No faltan jamás en las apreturas de las novenas famosas
y muy concurridas. Primero salen todas juntas, como antes. Después
empiezan a desperdigarse. A Nieves se la ve muchas veces sola con la
criada. Se la ve al obscurecer atravesar a menudo el paseo de los
hombres y de las artesanas.

Caín tropieza con ella varias tardes en una y otra calle solitaria. La
saluda de lejos. Un día le para ella. Se lo come con los ojos. Caín
se turba. Nota que Nieves _se ha parado_ también, ya no envejece y
se le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Está
alegre, coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus
desgracias. Parece contenta de su suerte. No habla más que de las
novedades del día, de los escándalos amorosos. Caín le suelta un piropo
como un pimiento, y ella le recibe como si fuera gloria. Una tarde,
a la oración, la ve de lejos, hablando en el postigo de una iglesia
de monjas con un capellán muy elegante, de quien Caín sospechaba
horrores. Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e
insinuante. "Aquel jamón debe de gustarles a más de cuatro que no están
para escoger mucho." Caín cada vez que encuentra a Nieves la detiene
ya sin escrúpulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueterías
escultóricas. Le mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que está
como nuevo; más sano y fresco que cuando ella era chica y él le daba
pellizcos.

--¿A ti yo? ¡Nunca! A tus hermanas, sí. No sé si tienes dura o blanda
la carne.--Nieves le pega con el pañuelo en los ojos y echa a correr
como una "locuela"..., enseñando los bajos blanquísimos, y el pie
primoroso.

Al día siguiente, también a la oración, se la encuentra en el portal de
su casa, de la casa del propio Caín.

--Le espero a usted hace una hora. Súbame usted a su cuarto. Le
necesito. Suben y le pide dinero; poco, pero ha de ser en el acto. Es
cuestión de honra. Es para arrojárselo a la cara a un miserable... que
no sabe ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Caín la consuela.
Le da el dinero que pide y Nieves se le arroja en los brazos,
sollozando y con un ataque de nervios no del todo fingido.

Una hora después, para explicarse lo sucedido, para matar los
remordimientos que le punzan, Caín reflexiona que él mismo debió de
trastornarse como ella, que, creyéndose más frío, menos joven de lo que
en rigor era todavía por dentro, no vió el peligro de aquel contacto.
"No hubo malicia por parte de ella ni por la mía. De la mía respondo.
Fué cosa de la naturaleza. Tal vez sería antigua inclinación mutua,
disparatada...; pero poderosa... latente."

                   *       *       *       *       *

Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se decía el
solterón empedernido:

--De todas maneras la chica... estaba ya perdida. ¡Oh, es claro! En
este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fué lo otro.
Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse,
y pedirme algo _que la arrancara el pensamiento_..., y... ¡diablo
de casualidad! ¡Ocurrírsele cogerme la llave de la _biblioteca_...,
y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de
benedictino!...

¡Oh! sí; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias,
para que tengan más pimienta, más picardía... Bebió ella. ¡Cómo se
puso! Bebí yo... ¿qué remedio? obligado.

"¡Quién le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de
benedictino le había guardado su padre años y años para el día que
casara su hija!... ¡No fué mala boda!" Y el último pensamiento de
Caín al dormirse ya no fué para la _menor_ de las _Contenciosas_ ni
para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fué
para los socios viejos del Casino que le llamaban _platónico_; "¡él,
_platónico_!"



                               LA RONCA


Juana González era _otra dama joven_ en la compañía de Petra Serrano,
pero además era _otra_ doncella de Petra, aunque de más categoría que
la que oficialmente desempeñaba el cargo. Más que deberes taxativamente
estipulados, obligaba a Juana, en ciertos servicios que tocaban en
domésticos, su cariño, su gratitud hacia Petra, su protectora, y la que
la había hecho feliz casándola con Pepe Noval, un segundo galán cómico,
muy pálido, muy triste en el siglo, y muy alegre, ocurrente y gracioso
en las tablas.

Noval había trabajado años y años en provincias sin honra ni provecho,
y cuando se vió, como en un asilo, en la famosa compañía de la corte,
a que daba el tono y el crédito Petra Serrano, se creyó feliz cuanto
cabía, sin ver que iba a serlo mucho más al enamorarse de Juana,
conseguir su mano y encontrar, más que su media naranja, su medio
piñón; porque el grupo de marido y mujer, humildes, modestos, siempre
muy unidos, callados, menudillo él, delgada y no de mucho bulto ella,
no podía compararse a cosa tan grande, en su género, como la naranja.
En todas partes se les veía juntos, procurando ocupar entre los dos el
lugar que apenas bastaría para una persona de buen tamaño; y en todo
era lo mismo: comía cada cual media ración, hablaban entre los dos nada
más tanto como hablaría un solo taciturno; y en lo que cabía, cada
cual suplía los quehaceres del otro, llegado el caso. Así, Noval, sin
descender a pormenores ridículos, era algo criado de Petra también, por
seguir a su mujer.

El tiempo que Juana tenía que estar separada de su marido, procuraba
estar al lado de la Serrano. En el teatro, en el cuarto de la primera
dama, se veía casi siempre a su humilde compañera y casi criada, la
González. La última mano al tocado de Petra siempre la daba Juana; y
en cuanto no se la necesitaba iba a sentarse, casi acurrucada, en un
rincón de un diván, a oir y callar, a observar, sobre todo; que era
su pasión aprender en el mundo y en los libros todo lo que podía.
Leía mucho, juzgaba a su manera, sentía mucho y bien; pero de todas
esas gracias sólo sabía Pepe Noval, su marido, su confidente, único
ser del mundo ante el cual no le daba a ella mucha vergüenza ser
una mujer ingeniosa, instruida, elocuente y soñadora. A solas, en
casa, se lucían el uno ante el otro; porque también Noval tenía sus
habilidades: era un gran trágico y un gran cómico; pero delante del
público y de los compañeros no se atrevía a desenvolver sus facultades,
que eran extrañas, que chocaban con la rutina dominante. Profesaba
Noval, sin grandes teorías, una escuela de naturalidad escénica, de
sinceridad patética, de jovialidad artística, que exigía, para ser
apreciada, condiciones muy diferentes de las que existían en el gusto
y las costumbres del público, de los autores, de los demás cómicos y
de los críticos. Ni el marido de Juana tenía la pretensión de sacar a
relucir su arte recóndito, ni Juana mostraba interés en que la gente se
enterase de que ella era lista, ingeniosa, perspicaz, capaz de sentir
y ver mucho. Las pocas veces que Noval había ensayado representar a
su manera, separándose de la rutina, en que se le tenía por un galán
cómico muy aceptable, había recogido sendos desengaños: ni el público
ni los compañeros apreciaban ni entendían aquella clase de naturalidad
en lo cómico. Noval, sin odio ni hiel, se volvía a su concha, a su
humilde cáscara de actor de segunda fila. En casa se desquitaba
haciendo desternillarse de risa a su mujer, o aterrándola con el
Otelo de su invención y entristeciéndola con el Hamlet que él había
ideado. Ella también era mejor cómica en casa que en las tablas. En el
teatro y ante el mundo entero, menos ante su marido, a solas, tenía un
defecto que venía a hacer de ella una lisiada del arte, una sacerdotisa
_irregular_ de Talía. Era el caso que, en cuanto tenía que hablar a
varias personas que se dignaban callar para escucharla, a Juana se le
ponía una telilla en la garganta y la voz le salía, como por un cendal,
velada, tenue; una voz de modestia histérica, de un timbre singular,
que tenía una especie de gracia inexplicable para muy pocos, y que
el público en general sólo apreciaba en rarísimas ocasiones. A veces
el papel, en determinados momentos, se amoldaba al defecto fonético
de la González, y en la sala había un rumor de sorpresa, de agrado,
que el público no se quería confesar, y que despertaba leve murmullo
de vergonzante admiración. Pasaba aquella ráfaga, que daba a Juana
más pena que alegría, y todo volvía a su estado; la González seguía
siendo una discreta actriz de las más modestas, excelente amiga, nada
envidiosa, servicial, agradecida, pero casi, casi _imposibilitada_ para
medrar y llamar la atención de veras. Juana por sí, por sus pobres
habilidades de la escena, no sentía aquel desvío, aquel menosprecio
compasivo; pero en cuanto al desdén con que se miraba el arte de su
marido, era otra cosa. En silencio, sin decírselo a él siquiera, la
González sentía como una espina la ceguera del público, que, por
rutina, era injusto con Noval; por no ser lince.

                   *       *       *       *       *

Una noche entró en el cuarto de la Serrano el crítico a quien Juana, a
sus solas, consideraba como el único que sabía comprender y sentir lo
bueno y mirar su oficio con toda la honradez escrupulosa que requiere.
Era D. Ramón Baluarte, que frisaba en los cuarenta y cinco, uno de
los pocos ídolos literarios a quien Juana tributaba culto secreto,
tan secreto, que ni siquiera sabía de él su marido. Juana había
descubierto en Baluarte la absoluta sinceridad literaria, que consiste
en identificar nuestra moralidad con nuestra pluma, gracia suprema
que supone el verdadero dominio del arte, cuando éste es reflexivo,
o un candor primitivo, que sólo tuvo la poesía cuando todavía no
era cosa de literatura. No escandalizar jamás, no mentir jamás, no
engañarse ni engañar a los demás, tenía que ser el lema de aquella
sinceridad literaria que tan pocos consiguen y que los más ni siquiera
procuran. Baluarte, con tales condiciones, que Juana había adivinado a
fuerza de admiración, tenía pocos amigos verdaderos, aunque sí muchos
admiradores, no pocos envidiosos e infinitos partidarios, por temor a
su imparcialidad terrible. Aquella imparcialidad había sido negada,
combatida, hasta vituperada, pero se había ido imponiendo; en el
fondo, todos creían en ella y la acataban de grado o por fuerza: ésta
era la gran ventaja de Baluarte; otros le habían superado en ciencia,
en habilidad de estilo, en amenidad y original inventiva; pero los
juicios de don Ramón continuaban siendo los definitivos. Aparentemente
se le hacía poco caso; no era académico, ni figuraba en la lista de
eminencias que suelen tener estereotipadas los periódicos, y, a pesar
de todo, su voto era el de más calidad para todos.

Iba poco a los teatros, y rara vez entraba en los saloncillos y en los
cuartos de los cómicos. No le gustaban cierta clase de intimidades,
que haría dificilísima su tarea infalible de justiciero. Todo esto
encantaba a Juana, que le oía como a un oráculo, que devoraba sus
artículos... y que nunca había hablado con él, de miedo, por no
encontrar nada digno de que lo oyera aquel señor. Baluarte, que
visitaba a la Serrano más que a otros artistas, porque era una de
las pocas _eminencias_ del teatro, a quien tenía en mucho y a quien
elogiaba con la conciencia tranquila, Baluarte jamás se había fijado
en aquella joven que oía, siempre callada, desde un rincón del cuarto,
ocupando el menor espacio posible.

La noche de que se trata, D. Ramón entró muy alegre, más decidor que
otras veces, y apretó con efusión la mano que Petra, radiante de
expresión y alegría, le tendió en busca de una enhorabuena que iba a
estimar mucho más que todos los regalos que tenía esparcidos sobre las
mesas de la sala contigua.

--Muy bien, Petrica, muy bien; de veras bien. Se ha querido usted lucir
en su beneficio. Eso es naturalidad, fuerza, frescura, gracia, vida;
muy bien.

No dijo más Baluarte. Pero bastante era. Petra no veía su imagen en el
espejo, de puro orgullo; de orgullo no, de vanidad, casi convertida
de vicio en virtud por el agradecimiento. No había que esperar más
elogios; D. Ramón no se repetía; pero la Serrano se puso a rumiar
despacio lo que había oído.

A poco rato, D. Ramón añadió:

--¡Ah! Pero entendámonos; no es usted sola quien está de enhorabuena:
he visto ahí un muchacho, uno pequeño, muy modesto, el que tiene con
usted aquella escena incidental de la limosna...

--Pepito, Pepe Noval...

--No sé cómo se llama. Ha estado admirable. Me ha hecho ver todo un
teatro como debía haberlo y no lo hay... El chico tal vez no sabrá lo
que hizo..., pero estuvo de veras inspirado. Se le aplaudió, pero fué
poco. ¡Oh! Cosa soberbia. Como no le echen a perder con elogios tontos
y malos ejemplos, ese chico tal vez sea una maravilla...

Petra, a quien la alegría deslumbraba de modo que la hacía buena y no
la dejaba sentir la envidia, se volvió sonriente hacia el rincón de
Juana, que estaba como la grana, con la mirada extática, fija en D.
Ramón Baluarte.

--Ya lo oyes, Juana; y cuenta que el señor Baluarte no adula.

--¿Esta señorita?...

--Esta señora es la esposa de Pepito Noval, a quien usted tan
justamente elogia.

Don Ramón se puso algo encarnado, temeroso de que se creyera en un
ardid suyo para halagar vanidades. Miró a Juana, y dijo con voz algo
seca:

--He dicho la pura verdad.

Juana sintió mucho, después, no haber podido dar las gracias.

Pero, amigo, la ronquera ordinaria se había convertido en afonía.

No le salía la voz de la garganta. Pensó, de puro agradecida y
entusiasmada, algo así como aquello de "Hágase en mí según tu
palabra"; pero decir, no dijo nada. Se inclinó, se puso pálida, saludó
muy a lo zurdo; por poco se cae del diván... Murmuró no se sabe qué
gorjeos roncos...; pero lo que se llama hablar, ni pizca. ¡_Su_ D.
Ramón, el de sus idolatrías solitarias de lectora, admirando a su Pepe,
a su marido de su alma! ¿Había felicidad mayor posible? No, no la había.

Baluarte, en noches posteriores, reparó varias veces en un joven que
entre bastidores le saludaba y sonreía, como adorándole: era Pepe
Noval, a quien su mujer se lo había contado todo. El chico sintió
el mismo placer que su esposa, más el incomunicable del amor propio
satisfecho; pero tampoco dió las gracias al crítico, porque le pareció
una impertinencia. ¡Buena falta le hace a Baluarte, pensaba él, mi
agradecimiento! Además, le tenía miedo. Saludarle, adorarle al paso,
bien; pero hablarle, ¡quiá!

                   *       *       *       *       *

Murió Pepe Noval de viruelas, y su viuda se retiró del teatro, creyendo
que para lo poco que habría de vivir, faltándole Pepe, le bastaba con
sus mezquinos ahorrillos. Pero no fué así; la vida, aunque tristísima,
se prolongaba; el hambre venía, y hubo que volver al trabajo. Pero
¡cuán otra volvió! El dolor, la tristeza, la soledad, habían impreso
en el rostro, en los gestos, en el ademán, y hasta en toda la figura
de aquella mujer, la solemne pátina de la pena moral, invencible, como
fatal, trágica; sus atractivos de modesta y taciturna, se mezclaban
ahora en graciosa armonía con este reflejo exterior y melancólico de
las amarguras de su alma. Parecía, además, como que todo su talento
se había trasladado a la acción; parecía también que había heredado
la habilidad recóndita de su marido. La voz era la misma de siempre.
Por eso el público, que al verla ahora al lado de Petra Serrano otra
vez se fijó más, y desde luego, en Juana González, empezó a llamarla y
aun a alabarla con este apodo: _La Ronca_. _La Ronca_ fué en adelante
para público, actores y críticos. Aquella voz velada, en los momentos
de pasión concentrada, como pudorosa, era de efecto mágico; en las
circunstancias ordinarias constituía un defecto que tenía cierta
gracia, pero un defecto. A la pobre le faltaba el _pito_, decían los
compañeros en la jerga brutal de bastidores.

Don Ramón Baluarte fué desde luego el principal mantenedor del gran
mérito que había mostrado Juana en su segunda época. Ella se lo
agradeció como él no podía sospechar: en el corazón de la sentimental y
noble viuda, la gratitud al hombre admirado, que había sabido admirar
a su vez al pobre Noval, al adorado esposo perdido, tal gratitud, fué
en adelante una especie de monumento que ella conservaba, y al pie del
cual velaba, consagrándole al recuerdo del cómico ya olvidado por el
mundo. Juana, en secreto, pagaba a Baluarte el bien que le había hecho
leyendo mucho sus obras, pensando sobre ellas, llorando sobre ellas,
viviendo según el espíritu de una especie de _evangelismo_ estético,
que se desprendía, como un aroma, de las doctrinas y de las frases del
crítico artista, del crítico apóstol. Se hablaron, se trataron; fueron
amigos. La Serrano los miraba y se sonreía; estaba enterada; conocía
el entusiasmo de Juana por Baluarte; un entusiasmo que, en su opinión,
iba mucho más lejos de lo que sospechaba Juana misma... Si al principio
los triunfos de la González la alarmaron un poco, ella, que también
progresaba, que también aprendía, no tardó mucho en tranquilizarse; y
de aquí que, si la envidia había nacido en su alma, se había secado con
un desinfectante prodigioso: el amor propio, la vanidad satisfecha;
Juana, pensaba Petra, siempre tendrá la irremediable inferioridad
de la voz, siempre será _La Ronca_; el capricho, el alambicamiento
podrán encontrar gracia a ratos en ese defecto..., pero es una placa
resquebrajada, suena mal, no me igualará nunca.

En tanto, la González procuraba aprender, progresar; quería subir mucho
en el arte, para desagraviar en su persona a su marido olvidado; seguía
las huellas de su ejemplo; ponía en práctica las doctrinas ocultas de
Pepe, y además se esmeraba en seguir los consejos de Baluarte, de su
ídolo estético; y por agradarle a él lo hacía todo; y hasta que llegaba
la hora de su juicio, no venía para Juana el momento de la recompensa
que merecían sus esfuerzos y su talento. En esta vida llegó a sentirse
hasta feliz, con un poco de remordimiento. En su alma juntaba el amor
del muerto, el amor del arte y el amor del maestro amigo. Verle casi
todas las noches, oirle de tarde en tarde una frase de elogio, de
animación, ¡qué dicha!

                   *       *       *       *       *

Una noche se trataba con toda solemnidad en el saloncillo de la
Serrano la ardua cuestión de quiénes debían ser los pocos artistas del
teatro Español a quien el Gobierno había de designar para representar
dignamente nuestra escena en una especie de certamen teatral que
celebraba una gran corte extranjera. Había que escoger con mucho
cuidado; no habían de ir más que las eminencias que fuera de España
pudieran parecerlo también. Baluarte era el designado por el ministro
de Fomento para la elección, aunque oficialmente la cosa parecía
encargada a una Comisión de varios. En realidad, Baluarte era el
árbitro. De esto se trataba; en otra compañía ya había escogido; ahora
había que escoger en la de Petra.

Se había convenido ya, es claro, en que iría al certamen, exposición
o lo que fuese, Petra Serrano. Baluarte, en pocas palabras, dió a
entender la sinceridad con que proclamaba, el sólido mérito de la
actriz ilustre. Después, no con tanta facilidad, se decidió que
la acompañara Fernando, galán joven que a su lado se había hecho
eminente de veras. En el saloncillo estaban las principales partes
de la compañía, Baluarte y otros dos o tres literatos, íntimos de
la _casa_. Hubo un momento de silencio embarazoso. En el rincón de
siempre, de antaño, Juana González, como en capilla, con la frente
humillada, ardiendo de ansiedad, esperaba una sentencia en palabras o
en una preterición dolorosa. "¡Baluarte no se acordaba de ella!" Los
ojos de Petra brillaban con el sublime y satánico esplendor del egoísmo
en el paroxismo. Pero callaba. Un infame, un envidioso, un _cómico_
envidioso, se atrevió a decir:

--Y... ¿no va _La Ronca_?

Baluarte, sin miedo, tranquilo, sin vacilar, como si en el mundo no
hubiera más que una balanza y una espada, y no hubiera corazones, ni
amor propio, ni nervios de artista, dijo al punto, con el tono más
natural y sencillo:

--¿Quién, Juanita? No; Juana ya sabe dónde llega su mérito. Su talento
es grande, pero... no es a propósito para el empeño de que se trata. No
puede ir más que lo primero de lo primero.

Y sonriendo, añadió:

--Esa voz que a mí me encanta muchas veces..., en arte, en puro arte,
en arte de exposición, de rivalidad, la perjudica. Lo absoluto es lo
absoluto.

No se habló más. El silencio se hizo insoportable, y se disolvió la
reunión. Todos comprendieron que allí, con la apariencia más tranquila,
había pasado algo grave.

Quedaron solos Petra y Baluarte. Juana había desaparecido. La Serrano,
radiante, llena de gratitud por aquel triunfo, que sólo se podía deber
a un Baluarte, le dijo, por ver si le hacía feliz también halagando su
vanidad:

--¡Buena la ha hecho usted! Estos _sacerdotes_ de la crítica son
implacables. Pero criatura, ¿usted no sabe que le ha dado un golpe
mortal a la pobre Juana, ¿No sabe usted... que ese desaire... la mata?

Y volviéndose al crítico con ojos de pasión, y tocándole casi el rostro
con el suyo, añadió con misterio:

--¿Usted no sabe, no ha comprendido que Juana está enamorada...,
loca..., perdida por su Baluarte, por su ídolo; que todas las noches
duerme con un libro de usted entre sus manos; que le adora?

                   *       *       *       *       *

Al día siguiente se supo que _La Ronca_ había salido de Madrid, dejando
la compañía, dejándolo todo. No se la volvió a ver en un teatro hasta
que años después el hambre la echó otra vez a los de provincias, como
echa al lobo a poblado en el invierno.

Don Ramón Baluarte era un hombre que había nacido para el amor, y
envejecía soltero, porque nunca le había amado una mujer como él quería
ser amado. El corazón le dijo entonces que la mujer que le amaba como
él quería era _La Ronca_, la de la fuga. ¡A buena hora!

Y decía suspirando el crítico al acostarse:

--¡El demonio del _sacerdocio_!



                            LA ROSA DE ORO


Una vez era un papa que a los ochenta años tenía la tez como una
virgen rubia de veinte, los ojos azules y dulces con toda la juventud
del amor eterno, y las manos pequeñas, de afiladísimos dedos, de uñas
sonrosadas, como las de un niño en estatua de Paros, esculpida por
un escultor griego. Estas manos, que jamás habían intervenido en un
pecado, las juntaba por hábito en cuanto se distraía, uniéndolas por
las palmas, y acercándolas al pecho como santo bizantino. Como un santo
bizantino en pintura, llevaba la vida este papa esmaltada en oro,
pues el mundo que le rodeaba era materia preciosa para él, por ser
obra de Dios. El tiempo y el espacio parecíanle sagrados, y como eran
hieráticas sus humildes actitudes y posturas, lo eran los actos suyos
de cada día, movidos siempre por regla invariable de piadosa humildad,
de pureza trasparente. Aborrecía el pecado por lo que tenía de mancha,
de profanación de la santidad de lo creado. Sus virtudes eran pulcritud.

Cuando supo que le habían elegido para sucesor de San Pedro, se
desmayó. Se desmayó en el jardín de su palacio de obispo, en una
diócesis italiana, entre ciudad y aldea, en cuyas campiñas todo
hablaba de Cristo y de Virgilio.

Como si fuera pecado suyo, de orgullo, tenía una especie de
remordimiento el ver su humildad sincera elevada al honor más alto.
"¿Qué habrán visto en mí, se decía? ¿Con qué engaño les habrá atraído
mi vanidad para hacerles poner en mí los ojos?" Y sólo pensando que
el verdadero pecado estaría en suponer engañados a los que le habían
escogido, se decidía, por obediencia y fe, a no considerarse indigno de
la supremacía.

Para este papa no había parientes, ni amigos, ni grandes de la
tierra, ni intrigas palatinas, ni seducción del poder; gobernaba con
la justicia como con una luz, como con una fuente: hacía justicia
iluminándolo todo, lavándolo todo. No había de haber manchas, no había
de haber obscuridades.

Comía legumbres y fruta: bebía agua con azúcar y un poco de canela.
Pero amaba el oro. Amaba el oro por lo que se parecía al sol: por sus
reflejos, por su pureza. El oro le parecía la imagen de la virtud.
Perseguía terriblemente la simonía, la avaricia del clero, más que por
el pecado, que por sí mismas eran, porque el oro guardado en monedas,
escondido, se les robaba a los santos del altar, al _Sacramento_, a los
vasos sagrados, a los ornamentos y a las vestiduras de los ministros
del Señor. El oro era el color de la Iglesia. En cálices, patenas,
custodias, incensarios, casullas, capas pluviales, mitras, paños del
altar, y mantos de la Virgen, y molduras del tabernáculo, y aureolas
de los santos, debían emplearse los resplandores del metal precioso; y
el usarlo para vender y comprar cosas profanas, miserias y vicios de
los hombres, le parecía terrible profanación, un robo al culto.

El papa era, sin saberlo, porque entonces no se llamaban así, un
socialista más, un soñador utopista que no quería que hubiese dinero:
sus bienes, sus servicios, los hombres debían cambiarlos por caridad y
sin moneda.

La moneda debía fundirse, llevarse en arroyo ardiente de oro líquido
a los pies del Padre Santo, para que éste lo distribuyera entre todos
los obispos del mundo, que lo emplearían en dorar el culto, en iluminar
con sus rayos amarillos el templo y sus imágenes y sus ministros.
"Dad el oro a la Iglesia y quedaos con la caridad", predicaba. Y el
santo bizantino que comía legumbres y bebía agua con canela, atraía a
sus manos puras, sin pecado, toda la riqueza que podía, no por medios
prohibidos, sino por la persuasión, por la solicitud en procurar las
donaciones piadosas, cobrando los derechos de la Iglesia sin usura ni
simonía, pero sin mengua, sin perdonar nada; porque la ambición oculta
del Pontífice era acabar con el dinero y convertirlo en cosa sagrada.

Y porque no se dijera que quería el oro para sí, sólo para su Iglesia,
repartía los objetos preciosos que hacía fabricar, a los cuatro
vientos de la cristiandad, regalando a los príncipes, a las iglesias
y monasterios, y a las damas ilustres por su piedad y alcurnia,
riquísimas preseas, que él bendecía, y cuya confección había presidido
como artista enamorado del vil metal, en cuanto material de las artes.

Al comenzar el año, enviaba a los altos dignatarios, a los príncipes
ilustres, sombreros y capas de honor; cuando nombraba un cardenal, le
regalaba el correspondiente anillo de oro puro y bien macizo; mas su
mayor delicia, en punto a esta liberalidad, consistía en bendecir,
antes de las Pascuas, el domingo de _Lætare_, el domingo de las
_Rosas_, las de oro, cuajadas de piedras ricas, que, montadas en tallos
de oro también, dirigía con sendas embajadas, a las reinas y otras
damas ilustres, a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.
Tampoco de los guerreros cristianos se olvidaba, y el buen pastor
enviaba a los ilustres caudillos de la fe, estandartes bordados, que
ostentaban, con riquísimos destellos de oro, las armas de la Iglesia y
las del papa, la efigie de algún santo.

La única pena que tenía el papa, a veces, al desprenderse de estas
riquezas, de tantas joyas, era el considerar que acaso, acaso, iban a
parar a manos indignas, a hombres y mujeres cuyo contacto mancharía la
pureza del oro.

¡Las rosas de oro, sobre todo! Cada vez que se separaba de una de estas
maravillas del arte florentino, suspiraba, pensando que las grandezas
de la cuna, el oro de la cuna, no siempre servían para inspirar a los
corazones femeniles la pureza del oro.

"¡En fin, la diplomacia...!" exclamaba el papa, volviendo a suspirar, y
despidiéndose con una mirada larga y triste del amarillo foco de luz,
sol con manchas de topacios y esmeraldas que imitaban un rocío.

Y a sus solas, con cierta comezón en la conciencia, se decía, dando
vueltas en su lecho de anacoreta:

"¡En rigor, el oro tal vez debiera ser nada más para el _Santísimo
Sacramento_!"

                   *       *       *       *       *

Una tarde de abril se paseaba el papa, como solía siempre que hacía
bueno, por _su jardín_ del Vaticano, un rincón de verdura que él había
escogido, apoyado en el brazo de su familiar predilecto, un joven
a quien prefería, sólo porque en muchos años de trato no le había
encontrado idea ni acción pecaminosa, al menos en materia grave. Iba
ya a retirarse, porque sentía frío, cuando se le acercó el jardinero,
anciano que se le parecía, con un ramo de florecillas en la mano. Era
la ofrenda de cada día.

El jardinero, de las flores que daba la estación, que daba el día,
presentaba al Padre Santo las más frescas y alegres cada tarde que
bajaba a _su jardín_ el amo querido y venerado. Después el papa
depositaba las flores en su capilla, ante una imagen de la Virgen.

--Tarde te presentas hoy, Bernardino--dijo el Pontífice al tomar las
flores.

--¡Señor, temía la presencia de Vuestra Santidad... porque... tal vez
he pecado!

--¿Qué es ello?

--Que por débil, ante lágrimas y súplicas, contra las órdenes que
tengo..., he permitido que entrase en los jardines una extranjera, una
joven que, escondida, de rodillas, detrás de aquellos árboles, espía al
Padre Santo, le contempla, y yo creo que le adora, llorando en silencio.

--¡Una mujer aquí!

--Pidióme el secreto, pero no quiero dos pecados; confieso el primero;
descargo mi conciencia... Allí está, detrás de aquella espesura... es
hermosa, de unos veinte años; viste el traje de las Oblatas, que creo
que la han acogido, y viene de muy lejos... de Alemania creo...

--Pero, ¿qué quiere esa niña? ¿No sabe que hay modo de verme y
hablarme... de otra manera?

--Sí; pero es el caso... que no se atreve. Dice que a Vuestra Santidad
la recomienda en un pergamino, que guarda en el pecho, nada menos que
la santa matrona romana que toda la ciudad venera; mas la niña no se
atreve con vuestra presencia, y segura de su irremediable cobardía,
dice que enviará a Vuestra Santidad, por tercera persona, un sagrado
objeto que se os ha de entregar. Beatísimo Padre, sin falta. "Yo me
vuelvo a mi tierra--me dijo--sin osar mirarle cara a cara, sin osar
hablarle, ni oirle..., sin implorar mi perdón... Pero lo que es de
lejos..., a hurtadillas..., no quisiera morir sin verle. Su presencia
lejana sería una bendición para mi espíritu." Y desde allí mira la
Santidad de vuestra persona.

Y el jardinero se puso de rodillas, implorando el perdón de su
imprudencia.

No le vió siquiera el papa, que, volviéndose a Esteban, su familiar, le
dijo: "Vé, acércate con suavidad y buen talante a esa pobre criatura;
haz que salga de su escondite y que venga a verme y a hablarme. Por
ella y por quien la recomienda, me interesa la aventura."

A poco, una doncella rubia y pálida, disfrazando mal su hermosura con
el traje triste y obscuro que le vistieran las Oblatas, estaba a los
pies del Pontífice, empeñada en besarle los pies y limpiarle el polvo
de las sandalias, con el oro de sus cabellos, que parecían como ola
dorada por el sol que se ponía.

Sin aludir a la imprudencia inocente de la emboscada, por no turbarla
más que estaba, el papa dijo con suavísima voz, entrando desde luego en
materia:

--Levántate, pobre niña, y dime qué es lo que me traes de tu Alemania,
que estando en tus manos, puede ser tan sagrado como cuentas.

--Señor, traigo una _rosa de oro_.

                   *       *       *       *       *

María Blumengold, en la capilla del papa, ante la Virgen, de rodillas,
sin levantar la mirada del pavimento, confesaba aquella misma tarde, ya
casi de noche, la historia de su pecado al Sumo Pontífice, que la oía
arrimado al altar, sonriendo, y con las manos, unidas por las palmas,
apretadas al pecho.

En la iglesia de San Mauricio y de Santa María Magdalena, en Hall,
guardábase, como un tesoro que era, una _rosa de oro_ (_gemacht vonn
golde_, dice un antiguo código), regalo de León X (_Herr Leo... der
zehnde Babst dess nahamens_...). Jamás había visto María aquella joya,
pues en su idea éralo, y digna de la Santísima Virgen.

Vivía ella, humilde aldeana, en los alrededores de Hall, y tenía
un novio sin más defecto que quererla demasiado y de manera que el
cura del lugar aseguraba ser idolatría; y aun los padres de María
se quejaban de lo mismo. María, al verle embebecido contemplándola,
besándola el delantal en cuanto ella se distraía, de rodillas a veces
y con las manos en cruz, o como las tenía casi siempre el mismo papa,
sentía grandes remordimientos y grandes delicias. ¡Qué no hubiera dado
ella porque su novio no la adorase así! Pero imposible corregirle. ¿Qué
castigo se le podía aplicar, como no fuera abandonarle? Y esto no podía
ser. Se hubiera muerto. Pero el cura y los padres llegaron a ver tan
loco de amor al muchacho, que barruntaron un peligro en el exceso de su
cariño, y el cura acabó por notar una herejía. Todos ellos se opusieron
a la boda; negósele a María permiso para hablar con su adorador; y por
ser ella obediente, él, despechado, huyó del pueblo, aborreciendo a los
que le impedían arrodillarse delante de su ídolo, y jurando profanarlo
todo, puesto que no se le permitía a su corazón el culto de sus amores.
Pasó a Bohemia[2], donde la casualidad le hizo tropezar con otros
aldeanos, como él, furiosos contra la Iglesia, los cuales, por causas
mezcladas de religión y política, se sublevaban contra las autoridades
y eran perseguidos y se vengaban cómo y cuándo podían. Pasaron años. A
María le faltó su madre, y su padre enfermo, desvalido, vivía de lo que
su hija ganaba vendiendo leche y legumbres, lavando ropa, hilando de
noche. Y una tarde, cuando el hambre y la pena le arrancaban lágrimas,
en el huerto contiguo a su choza, junto al pozo, donde en otro tiempo
mejor tenían sus citas, se le apareció su Guillermo, que así se llamaba
el amante. Venía fugitivo; le perseguían; para una guerra sin cuartel
le esperaban allá lejos, muy lejos; pero había hecho un voto, un voto
a la imagen que él adoraba, que era ella, su María; herido en campaña,
próximo a morir, había jurado presentarse a su novia, desafiando todos
los peligros, si la vida no se le escapaba en aquel trance. Y había de
venir con una rica ofrenda. Y allí estaba por un momento, para huir
otra vez, para salvar la vida y volver un día vencedor a buscar a su
amada y hacerla suya, pesare a quien pesare. La ofrenda es ésta, dijo,
mostrando una caja de metal, larga y estrecha.

--No abras la caja hasta que yo me ausente, y tenla siempre oculta. No
me preguntes cómo gané ese tesoro; es mío, es tuyo. Tú lo mereces todo,
yo... bien merecí ganarlo por el esfuerzo de mi valor y por la fuerza
con que te quiero. Huyó Guillermo; María abrió la caja al otro día,
a solas en su alcoba, y vió dentro... una _rosa de oro_ con piedras
preciosas en los pétalos, como gotas de rocío, y con tallo de oro
macizo también. Una piedra de aquéllas estaba casi desprendida de la
hoja sobre que brillaba; un golpe muy pequeño la haría caer. El padre
de la infeliz lavandera nada supo. María no acertaba a explicarse, ni
la procedencia, ni el valor de aquel tesoro, ni lo que debía hacer
con él para obrar en conciencia. ¿Sería un robo? Le pareció pecado
pensar de su amante tal cosa. Pasó tiempo, y un día recibió la joven
una carta que le entregó un viajero. Guillermo le decía en ella que
tardaría en volver, que iba cada vez más lejos, huyendo de enemigos
vencedores y de la miseria, a buscar fortuna. Que si en tanto, añadía,
ella carecía de algo, si la necesidad la apuraba, vendiera las piedras
de la rosa, que le darían bastante para vivir... "Pero si la necesidad
no te rinde, no la toques; guárdala como te la di, por ser ofrenda de
mi amor." Y el hambre, sí, apuraba; el padre se moría, la miseria
precipitaba la desgracia; iba a quedarse sola en el mundo. Trabajaba
más y más la pobre María, hasta consumirse, hasta matar el sueño; pero
no tocaba a la flor. La piedra preciosa que se meneaba sobre el pétalo
de oro al menor choque, parecía invitarla a desgajarla por completo, y
a utilizarla para dar caldo al padre, y un lecho y un abrigo... Pero
María no tocaba a la rosa más que para besarla. El oro, las piedras
ricas, allí no eran riquezas, no eran más que una señal del amor.
Y en los días de más angustia, de más hambre, pasó por la aldea un
peregrino, el cual entregó a la niña otro pliego. Venía de Jerusalén,
donde había muerto penitente el infeliz Guillermo, que, acosado por
mil desgracias, horrorizado por su crimen, confesaba a su amada que
aquella _rosa de oro_ era el fruto de un horrible sacrilegio. Un ladrón
la había robado a la iglesia de San Mauricio, de Hall; y él, Guillermo,
que encontró a ese ladrón cuando iba por el mundo buscando una ofrenda
para su ídolo humano, para ella, había adquirido la rosa de manos del
infame a cambio de salvarle la vida. Y terminaba Guillermo pidiendo a
su amada que para librarle del infierno, que por tanto amarla a ella
había merecido, cumpliera la promesa que él desde Jerusalén hacía al
Señor agraviado: había de ir María hasta Roma y a pie, en peregrinación
austera, a dejar la _rosa de oro_ en poder del Padre Santo para que
otra vez la bendijera, si estaba profanada, y la restituyera, si lo
creía justo, a la iglesia de San Mauricio y de Santa María Magdalena.

--Mientras viviera mi padre enfermo, la peregrinación era imposible.
Yo no podía abandonarle. Para la _rosa de oro_ hice, en tanto, en mi
propia alcoba, una especie de altarito oculto tras una cortina. Por
no profanar con mi presencia aquel santuario, procuré que mi alma
y mi cuerpo fuesen cada día menos indignos de vivir allí; cada día
más puros, más semejantes a lo santo. Un día en que la miseria era
horrible, los dolores de mi enfermo intolerables, un _físico_, un
sabio, brujo, o no sé qué, llegó a mi puerta, reconoció la enfermedad
y me ofreció un remedio para mi triste padre, para aliviarle los
dolores y dejarle casi sano. ¡Con qué no compraría yo la salud, o por
lo menos el reposo de aquel anciano querido, que fijos los ojos en mí,
sin habla, me pedía con tanto derecho consuelos, ayuda, como los que
tantas veces le había debido yo en mi niñez! La medicina era cara, muy
cara; como que, según decía el médico extranjero, se hacía con oro y
con mezclas de materias sutiles y delicadas, que escaseaban tanto en el
mundo, que valían como piedras preciosas.

"--Yo no doy de balde mis drogas, decía, a solas él y yo. O lo pagas a
su precio, y no tendrás con qué..., o lo pagas con tus labios, que te
haré la caridad de estimar como el oro y las piedras finas." Dejar a mi
padre morir padeciendo infinito, imposible... Me acordé de la piedra
que por sí sola se desprendía de la _rosa de oro_... Me acordé de mi
virtud..., de mi pureza, que también se me antojaba cosa de Dios, y
bien agarrada a mi alma, piedra preciosa que no se desprendía... Me
acordé de mi madre, de Guillermo que había muerto, tal vez condenado,
sin gozar del beso que el diabólico médico me pedía...

--Y... ¿qué hiciste?--preguntó el papa inclinando la cabeza sobre María
Blumengold.--Ya no sonreía Su Santidad; le temblaban los labios. La
ansiedad se le asomaba a los dulces ojos azules. ¿Qué hiciste?... ¿Un
sacrilegio?

--Le di un beso al demonio.

--Sí... sería el demonio.

Hubo un silencio. El papa volvió la mirada a la Virgen del altar,
suspirando, y murmuró algo en latín. María lloraba; pero como si con
su confesión se hubiese librado de un peso la purísima frente, ahora
miraba al papa cara a cara, humilde, pero sin miedo.

--Un beso--dijo el sucesor de Pedro--. Pero... ¿qué es... un beso?
¡Habla claro!

--Nada más que un beso.

--Entonces... no era el diablo.

El papa dió a besar su mano a María, la bendijo, y al despedirla, habló
así:

--Mañana irá a las Oblatas mi querido Sebastián a recoger la _rosa de
oro_... y a llevarte el viático necesario para que vuelvas a tu tierra.
Y... ¿vive tu padre? ¿Le curó aquel _físico_?

--Vive mi padre, pero impedido. Durante mi ausencia le cuida una
vecina, pues hoy ya no exige su enfermedad que yo le asista sin cesar
como antes.

--Bueno. Pensaremos también en tu padre.

Al día siguiente el papa tenía en su poder la _rosa de oro_ de la
iglesia de San Mauricio y Santa María Magdalena, de Hall, y María
Blumengold volvía a su tierra con una abundante limosna del Pontífice.

                   *       *       *       *       *

Cuando llegó la Pascua de aquel año, la diplomacia se puso en
movimiento, a fin de que la _rosa de oro_ fuera esta vez para una
famosa reina de Occidente, de quien se sabía que era una Mesalina
devota, fanática, capaz de quemar a todos sus vasallos por herejes, si
se oponían a sus caprichos amorosos o a los mandatos del obispo que la
confesaba.

Por penuria del tesoro pontificio o por piadosa malicia del papa, aquel
año no se había fabricado rosa alguna del metal precioso. El apuro
era grande; el rey de Occidente, poderoso, se daba por desairado, por
injuriado, si su esposa no obtenía el regalo del Pontífice. ¿Qué hacer?

El papa, muy asustado, confesó que tenía una _rosa de oro_, antigua, de
origen misterioso. La reina devota y lúbrica contó con ella.

Pero llegó el domingo de _Lætare_ y no se bendijo rosa alguna.
Porque aquella noche el papa lo había pensado mejor, y sucediera lo
que Dios fuera servido, se negaba a regalar la _rosa de oro_ que
María Blumengold había guardado, como santo depósito, a una Mesalina
hipócrita, devota y fanática, que no se libraría del infierno por
tostar a los herejes de su reino.

Lo que hizo el papa fué despertar muy temprano, y al ser de día,
despachar en secreto al familiar predilecto, camino de Hall, con el
encargo, no de restituir a la iglesia de San Mauricio la rica presea
mística, sino con el de buscar por los alrededores de la ciudad la
choza humilde de María y entregarle, de parte del Sumo Pontífice, la
_rosa de oro_.

Y el papa, a solas, si el remordimiento quería asaltarle, se decía,
sacudiendo la cabeza:

--"Dama por dama, para Dios y para mí es mujer más ilustre María,
la acogida de las Oblatas, que esa reina de Occidente. Por esta vez
perdone la diplomacia."

Ya saben los habitantes de Hall por qué les falta la _rosa de oro_,
regalo de León X a la iglesia de San Mauricio y de Santa María
Magdalena.

                                  FIN


                              NOTAS:

[2] En esta alusión a los Husitas hay un anacronismo voluntario, como
en lo que atrás queda, referente a Santa Francisca Romana. Además,
en mi Papa ideal hay rasgos de Martín V y otros de Eugenio VI, ambos
anteriores a León X.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Señor y los demás son Cuentos" ***

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